sábado, 14 de diciembre de 2024

Red head stories

La niña pelirroja de brazos biónicos dormía profundamente y soñaba. Grandes cantidades de comida dulce y conejitos cantores llenaban su mente. Todo era felicidad, especialmente porque en ese mundo onírico ella estaba libre de todo rastro biónico. Sus manos eran suyas, cálidas y suaves, no el frío metal sensible solo gracias a descargas eléctricas sutiles y complejas vibraciones que apenas percibía en los receptores de sus muñones. De repente, en medio de su sueño, apareció una figura. Un hombre gordo, con un sombrero de ranchero, surgió de las sombras junto a ella. La figura le habló con voz ronca: —Bonito sueño... La niña volteó para verlo con más detalle. Su aspecto era grotesco: bigote espeso, pecho y brazos cubiertos por pesadas cadenas y anillos, y ese olor... un hedor inconfundible e intenso, mezcla de sudor acumulado durante semanas. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre se abalanzó sobre ella, sujetándola con una fuerza asfixiante. Se acercó demasiado, su rostro a centímetros del de la niña, y con un aliento fétido que la hizo estremecer, le susurró: —Te espero en Cascabelito, niña miada... Despertó de golpe, jadeante y con náuseas, el sudor frío recorriéndole la espalda. Sin perder tiempo, extendió su pulgar y meñique en forma de teléfono improvisado y marcó a la penitenciaría de San Cascabelito. —¿Sí? Penitenciaría de San Cascabelito —respondió una voz extrañamente monótona. —¿El prisionero 57863 está en su celda con los inhibidores activos? —preguntó, intentando mantener la calma. Hubo un silencio incómodo. Luego, una risa baja y siniestra resonó al otro lado de la línea, antes de que la voz recuperara su tono impasible: —Sí... el prisionero está en su celda. La niña colgó, aún temblorosa. Sus pensamientos se enredaban. No podía permitir que ese monstruo estuviera libre, ni que siguiera atormentando a las personas de aquel pueblo. Decidida, se levantó, se ajustó las prótesis y partió volando hacia San Cascabelito, con el firme propósito de acabar con el terror que ese hombre representaba. Al llegar a San Cascabelito, la calma de la madrugada era palpable. Todo parecía en orden; las casas, el ayuntamiento y la capilla permanecían intactos, proyectando sombras largas bajo la luz tenue de las farolas. La niña descendió en silencio, sus propulsores apagándose con un leve zumbido. No esperaba una bienvenida cálida, mucho menos a esas horas. Solo quería verificar que todo estuviera bien y marcharse. Avanzó hacia la plaza principal, un lugar que guardaba memorias imborrables de su última visita. Allí, hacía años, había derrotado al Patrón, un tirano telequinético, usando una onda anti-TK que desgarró tanto su cuerpo como su reinado. Aún podía verse el rastro de aquella batalla: grietas en el suelo, paredes chamuscadas y, en el centro, la estatua que el pueblo había erigido en su honor. Era una réplica a tamaño real de ella misma, alzando su brazo biónico en señal de victoria. El escultor le había dado una expresión más alegre de la que ella solía mostrar, pero no le importaba. Se acercó, casi con nostalgia, y leyó la placa al pie de la estatua. **"Dedicada a la salvadora de San Cascabelito y a aquellos que cayeron defendiéndola."** Sin embargo, el texto ya no era ese. Las palabras habían sido reemplazadas. Ahora leía: **"Esta escuincla miada se atrevió a perturbar nuestra paz y ridiculizó al querido Patrón."** Frunció el ceño, incrédula, pero antes de poder procesar el mensaje, un sonido metálico resonó a su espalda. **Creek.** Giró instintivamente hacia la estatua. Algo estaba mal. La figura había cambiado de pose: ahora estaba inclinada hacia adelante, alzando el trasero de forma grotesca, y la expresión del rostro era ridícula, casi tonta. —¿Qué... qué es esto? —murmuró, dando un paso hacia atrás, sus sistemas biónicos encendiendo un zumbido leve, listos para actuar. El ruido volvió, esta vez un crujido seco y amenazante. Su mirada se dirigió rápidamente hacia el pedestal. La estatua ya no estaba allí. El espacio estaba vacío, solo quedaba el eco de su desaparición. El corazón de la niña se aceleró. Activó sus sensores y escaneó el área, pero no había señales claras. Un viento frío atravesó la plaza, llevando consigo el olor metálico del ambiente y un leve susurro, casi imperceptible: —El Patrón nunca muere. De repente, la niña sintió un golpe que apenas pudo prever. **¡CLANK!** El sonido metálico retumbó en el aire, y antes de que pudiera reaccionar, otro golpe la alcanzó, pero esta vez logró detenerlo con su brazo biónico. La estatua, de alguna manera animada, la atacaba con una fuerza sorprendente, despojando el monumento de su carácter decorativo y convirtiéndolo en una amenaza real. Con rapidez, esquivó un par de golpes más, saltando ágilmente hacia un lado. Aprovechó el momento, se preparó y lanzó un puñetazo certero. La estatua fue golpeada con tal fuerza que cayó dramáticamente al suelo, con el mentón chocando contra el piso y el trasero aún alzado, como si fuera parte de una parodia grotesca. Entonces, una risa profunda y resonante llenó el aire, la misma risa que recordaba perfectamente: **el Patrón.** La niña se tensó, confundida y alerta. ¿Cómo era posible? Aunque en algún momento había sospechado que el Patrón pudiera tener algún poder más allá de lo que mostraba, sabía que las restricciones de la cárcel de San Cascabelito eran férreas. Poseía un generador de campo anti-TK, los guardias cargaban pulsadores antimateria telequinética, y las celdas estaban diseñadas para contener incluso a los prisioneros más poderosos. Era impensable que alguien pudiera escapar, mucho menos el Patrón. Pero ahí estaba la risa, burlona, desde cada rincón del pueblo. El sonido hizo eco, resonando en las paredes de los edificios vacíos, aumentando la tensión en el aire. La estatua, ahora restaurada, se incorporó de manera inhumana. Su rostro se deformó en una mueca que reflejaba una extraña vitalidad. Con una voz chillona y artificial, proclamó con exageración: **"Presentando al maravilloso, esplendoroso, majestuoso y guapísimo Patrón de San Cascabelito, ¡Don Eulalio García Solórez!"** La plaza se llenó de un coro de voces robóticas y burlonas: **"¡Yaay! ¡Wooo!"** Entonces, de la nada, apareció en medio de la plaza un hombre flaco, de aspecto peculiar. Su cabellera le llegaba a la cintura, lacia y cuidadosamente peinada, mientras que un mostacho espeso cubría su labio superior. Su nariz, bulbosa y prominente, lo hacía inconfundible. Era, sin duda, una versión de su antiguo enemigo, el Patrón, pero algo era diferente. Vestía un atuendo sencillo: pantalón de mezclilla, botas de cuero, y una camisa a cuadros. No llevaba sombrero ni joyas, lo que parecía un detalle intencional para destacar su "nueva humildad". Su aspecto estaba limpio, casi impecable, pero su mirada denotaba un odio profundo y frío, dirigido directamente hacia la niña que, ahora completamente en guardia, no podía dejar de preguntarse cómo podía ser esto posible. La niña no se movió. Sus sensores detectaban una energía extraña, pero no alcanzaba a entender qué estaba pasando. ¿Cómo había logrado liberarse? ¿Cómo había recuperado sus poderes en un lugar con tantas restricciones? La incertidumbre la invadió, pero su entrenamiento le exigía permanecer calmada. El Patrón estaba de vuelta, y ella sería la única en enfrentarlo. El Patrón habló finalmente, con una calma desconcertante que hacía hervir la tensión en el aire. —Tengo que agradecerte, niña. Fueron años de encierro, comiendo basura insípida. Al principio, me llenaba de odio, pero luego... algo cambió. Empecé a enflacar, y me di cuenta de algo importante —dijo, con una cadencia casi hipnótica, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de satisfacción y locura contenida. La niña permanecía inmóvil, analizándolo, cada palabra suya encendiendo alertas en su mente. —Si bien esos trastos evitaban que usara mi don para escapar, descubrí algo curioso: mi gordura... me estaba robando poder. —El Patrón esbozó una sonrisa torcida—. Creo que, inconscientemente, gastaba más energía en evitar que el colesterol me tapara las arterias o que el azúcar me volviera diabético. Pero cuando adelgacé, todo cambió. Dio un paso hacia adelante, sus botas resonando contra las piedras de la plaza. —¿Sabes lo que sentí al darme cuenta de que podía partir ese cuchitril y a todos dentro de él, con un simple gesto? —preguntó, haciendo una pausa dramática antes de responderse—. Nada. Porque, ¿de qué servía? Me volverían a atrapar, me encerrarían en un lugar peor... El Patrón rió con suavidad, un sonido que erizó los pelos de la niña. —Tus palabras, niña. Tus malditas palabras sobre "hacer algo más" me calaron hondo. Dolía admitirlo, pero tenías razón. Así que decidí probar un enfoque diferente. Refiné mi don, poco a poco. Su mirada se ensombreció mientras relataba, su tono volviéndose casi casual, como si narrara una anécdota cualquiera. —Primero, fue convencer a los que preparaban esa bazofia que llamaban comida a hacerme algo más decente. No fui obvio, claro. No pedí faisán desde el primer día, sería ridículo. Empecé con una pizca de sal aquí, una especia allá. Cada mejora era un pequeño triunfo. Luego seguí con los guardias, los psicólogos, los administrativos... hasta llegar al director. La niña apretó los puños, sintiendo la gravedad de lo que estaba escuchando. —Sabía todo de ellos. Había hurgado en sus mentes, tejido hilos invisibles hasta que hacían lo que yo quería sin darse cuenta. Y un día, hace un año, todos ellos... sufrieron un infarto. Pero lo divertido —dijo, con una sonrisa que helaba la sangre— es que seguían moviéndose, yendo a casa, estando con sus familias. Los convertí en mis títeres perfectos. La niña tragó saliva, manteniendo su guardia en alto mientras él continuaba. —Cuando los reuní a todos en el patio, apagué las restricciones. Fue... abrumador. Por primera vez, sentí todas las mentes de San Cascabelito: las de los perros, los gatos, incluso las de las iguanas. Fue hermoso. Pero otra vez, esperé. Refiné mi control hasta que me desaté. El Patrón chasqueó los dedos, y el suelo bajo sus pies tembló ligeramente. —Fue un espectáculo —dijo con satisfacción. De repente, los edificios alrededor comenzaron a desmoronarse como castillos de arena. La plaza quedó desnuda, revelando una enorme mansión, imponente y grotesca, que había estado oculta bajo los escombros del pueblo. —Sí, niña. Vine y acabé con cada hombre, mujer y niño. Traidores todos ellos. No movieron un dedo por liberarme, por enfrentar a la cárcel que me tuvo encerrado tantos años. ¿Y ellos? Felices, gastándose todo mi haber como si yo estuviera muerto. La niña sintió un nudo en el estómago. El monstruo frente a ella no solo había sobrevivido, sino que había evolucionado. Y ahora, estaba listo para reclamar su trono perdido. La niña sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo no cuadraba, y cuando revisó nuevamente su sistema, lo confirmó: no había señales biométricas en todo San Cascabelito, excepto las suyas y las del Patrón. La idea la inquietó profundamente, pero intentó mantenerse firme. —¿Lo ves? —dijo el Patrón, su voz cargada de una malicia tranquila—. Ya no hay nadie que me traicionó. Solo quedas tú, mi pequeña pesadilla. La niña había escuchado suficiente. Sin más preámbulos, extendió sus manos, y de sus palmas surgieron dos ondas de energía violeta: ráfagas anti-TK. Las lanzó con precisión, y las ondas golpearon al Patrón como olas rompientes. Este rugió de dolor, pero, para su sorpresa, no cayó. En su lugar, comenzó a reír, esa misma risa llena de arrogancia que la niña recordaba de años atrás, cuando el Patrón era un corpulento déspota en su trono. —Buen intento, escuincla —dijo, con un brillo peligroso en los ojos—, pero ese truco ya no funciona igual. El cabello del Patrón se elevó como si estuviera suspendido por hilos invisibles, y su cuerpo comenzó a flotar. La plaza tembló bajo sus pies, mientras una onda púrpura surgió de él y se lanzó contra la niña. Esta resistió, retrocediendo unos pasos, pero no se detuvo. Avanzó hacia el Patrón con determinación, golpeándolo varias veces. Sin embargo, sus puñetazos chocaron contra un campo de fuerza invisible que rodeaba al hombre. —¿Eso es todo lo que tienes? —se burló el Patrón mientras movía su mano, inmovilizando a la niña con su telequinesis. Por un momento, el silencio reinó. Pero la niña no se rendiría tan fácilmente. Con un esfuerzo titánico, rompió el agarre telequinético y se lanzó hacia el Patrón, aferrándose a él con fuerza. Desde sus brazos biónicos, descargó un choque eléctrico masivo que hizo que el Patrón la empujara lejos, tambaleándose unos metros. —¡Ay, condenada chiquilla! —gruñó, llevándose una mano al pecho, como si todavía sintiera el zumbido del choque—. ¿Toques otra vez? La niña no perdió tiempo. Sus ojos emitieron dos rayos láser que impactaron directamente contra el Patrón. Este levantó una mano, y con una facilidad alarmante, dispersó los rayos como si estuviera apartando gotas de agua de una manguera. —¡Ah, canija! —murmuró, con una sonrisa torcida. Entonces, abrió sus ojos de par en par, y una onda expansiva de fuerza salió de él, derribando a la niña. Ella se levantó rápidamente, pero el Patrón ya estaba moviendo su mano. La estatua, que había permanecido inerte hasta ese momento, cobró vida nuevamente. Antes de que pudiera reaccionar, los brazos y piernas de la estatua la envolvieron en un abrazo metálico, inmovilizándola por completo. —Ya estuvo bueno, chamaca —declaró el Patrón, su tono lleno de una mezcla de triunfo y fastidio—. Es hora de que aprendas tu lugar. El agarre de la estatua era férreo. La niña intentaba moverse, pero sus extremidades estaban atrapadas y cada intento por liberarse era inútil. El Patrón se acercó con una calma casi teatral, sus botas resonando en el suelo destrozado de la plaza. —Ah, ah, no esta vez, chamaca —dijo con una sonrisa sardónica—. He bloqueado tus armas. Puedes intentarlo, pero ni un rayo ni un proyectil van a salir. Si lograste atacarme antes fue solo porque no me había dado cuenta. El brillo que había comenzado a encenderse en los ojos de la niña se apagó de inmediato. —Tienes algo, ¿eh? Un laminado o lo que sea que te protege de las energías mentales. Por eso no pude entrar en tu cabezota aquella vez. Aunque, hablando claro, en aquel entonces yo era muy débil. Si me comparo con lo que soy ahora… —El Patrón chasqueó los dedos, y el sonido reverberó como un trueno apagado. De los escombros, comenzaron a levantarse los cuerpos de los mil quinientos habitantes de San Cascabelito. Demacrados, rotos, sin vida, pero mantenidos en pie por la pura fuerza telequinética del Patrón. —¿Ves? —dijo, extendiendo los brazos como un maestro de ceremonias—. Esto sí es un ejército leal. Cada hombre, cada mujer, cada niño, luchará hasta convertirse en polvo. ¡Y sin miedo! La niña intentó gritarle una maldición, pero la estatua que la aprisionaba movió su mano derecha y le tapó la boca. —Ah, ¿qué querías decir? No importa. —El Patrón continuó, su tono rebosante de satisfacción—. Porque, pequeña, ¿sabías que controlando un cuerpo a profundidad este puede parecer vivo por pura inercia? Hizo un ademán con su mano, y un pequeño cuerpo se acercó tambaleándose. Era una niña, cubierta de polvo pero intacta. Su voz inicial, gutural y áspera, comenzó a suavizarse como si alguien estuviera afinando un instrumento. Al final, habló con una dulzura aterradora, aunque carente de emoción. —Cómo queremos al Patrón. Fuimos malos con él, pero él nos perdonó rompiendo nuestros huesos y aplastando nuestros sueños. Ahora marcharemos a la capital y le arrancaremos la banda al pelele que la usa. El Patrón será el presidente. ¡Que viva el Patrón! —¡Que viva! —repitieron al unísono los cadáveres, sus voces ásperas y ahogadas. Gruesas lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la niña pelirroja. Sin embargo, sus ojos no mostraban tristeza; eran un fuego de pura furia. Mientras los cadáveres coreaban su lealtad al Patrón, la niña tomó una decisión en silencio. Si iba a detener a aquel monstruo, no importaría el costo. Si su vida era el precio, lo pagaría. Dentro de su núcleo comenzó a activarse el protocolo de sobrecalentamiento. Una bomba de plasma era lo único que podría asegurarse de desintegrar al Patrón y a su macabro ejército. El Patrón, mientras tanto, se acercó a ella con aire triunfante, inclinándose hasta quedar frente a frente. —¿Ahora sí? —dijo con una sonrisa de dientes amarillos—. Vamos a ver qué hay dentro de esa cabezota tuya. La niña no respondió, pero su mirada ardía con un odio tan intenso que incluso el Patrón se detuvo un segundo antes de proceder. Una noche cualquiera, la niña pelirroja de brazos biónicos estaba ocupada con su frenética planificación navideña: un traje temático desde las botas hasta la ropa interior, municiones de galletas de jengibre, galones de ponche de huevo y una lista de "donantes voluntarios" para sus alocadas festividades. Su imaginación volaba, visualizándose arrancando un pino gigante con sus propias manos para plantarlo en el centro de la ciudad, decorado con luces y arreglos coquetos. Pero cuando todo parecía listo, algo se interponía en su mente: semanas atrás, su pequeña amiga, una niña gárgola disfrazada de monja para uno de sus típicos cosplays excéntricos, le había entregado un viejo libro titulado *Un cuento de Navidad*. “No, recuerda lo que pasó la última vez que te excediste comiendo enchiladas”, dijo la gárgola mientras colocaba el libro sobre la mesa. En la pantalla frente a ellas, una grabación de circuito cerrado mostraba la puerta de un baño en su interior. La gárgola, vestida con el cosplay, sostenía un bote de antiácidos, mientras desde dentro del baño se escuchaban sonidos guturales, arañazos, rechinidos de metal y, de alguna manera, la grabación parecía heder profundamente. “Tuvimos que usar el equipo de descontaminación nuclear para limpiar ese baño, y creo que el inodoro mutó al punto de que cobró vida. Pero está demasiado traumatizado como para mostrarlo”. La niña pelirroja, visiblemente abochornada, respondió: “Vamos, eso es un poco exagerado”. “¿Ah, sí?”, replicó la gárgola mientras ponía otra cinta etiquetada como *36 latas de Red Bull*. El video mostraba a la pelirroja corriendo, gritando sin rumbo y completamente sin ropa. “Por suerte, tus protocolos desactivaron tus armas. Pero lo que le hiciste a la estatua de la alcaldía… todavía hay quejas de alienígenas. Aún creen que fueron ellos”. “Seh”, murmuró la pelirroja. “Recibí sus quejas”. “Pero la que más me preocupa es esta”, dijo la gárgola mostrando un video titulado *Navidad*. La cámara se movía erráticamente mostrando un bello decorado navideño: regalos esparcidos al azar y, sobre un majestuoso pino, la pelirroja vestida como Santa Claus, disparando rayos criogénicos hacia el cielo mientras villancicos sonaban. “Ugh”, suspiró la pelirroja. “*Sí, ugh*”, replicó la gárgola. “Debemos hacer algo al respecto. Cada año es lo mismo, cada vez hay más quejas y traumas. Así que he traído esto”, dijo mientras sacaba un libro antiguo con el título *Un cuento de Navidad* y lo colocaba sobre la mesa. “¿Eh?”, respondió la pelirroja. “Esto debería corregir tu problema decembrino en una noche. Manténlo en tu buró y ve a dormir”. “Ok, lo que sea”, dijo la pelirroja. Y así lo hizo. Semanas pasaron, y la niña se olvidó del libro hasta la noche del 24 de diciembre. La niña empezaba a transitar por su cambio navideño: tenía el traje listo, hasta su ropa interior hacía juego, municiones de galleta de jengibre, galones de ponche de huevo y las locaciones de los amables “donadores” de regalos. Se veía a sí misma arrancando un pino con sus manos y enterrándolo justo en el centro de la ciudad, lleno de luces y arreglitos coquetos. Dispuesta a dormir antes del frenesí, se recostó, pero el silencio reinaba hasta que, en el filo de la medianoche, un reloj de campanas comenzó a sonar. A la sexta campanada, despertó extrañada. Fue al baño y orinó. Al salir, ya era la novena campanada. Pensó: “Yo no tengo ese tipo de reloj, todo es digital aquí”. A la décima campanada, el silencio volvió. “Menos mal”, dijo la niña, pero pronto las campanadas se intensificaron, convirtiéndose en golpes. De repente, una gran cadena fantasmal atravesó la puerta, postrándose frente a ella. En el silencio subsecuente, apareció una niña fantasma diminuta pero hecha de metal cromado, sosteniendo una velita en un plato, delicada frente a la niña. “Hola”, dijo alegremente. “Se me ha permitido salir desde el fondo de tu mente para darte una advertencia”. “¿Eh?”, dijo la niña pelirroja. “Shh”, dijo la niña de cromo. “Esta noche te visitarán tres entes, cada uno reflejando una falta. Escúchalos y aprende tu lección”. “Pero…”, comenzó a decir la pelirroja. “¡Shh!”, dijo la niña de cromo con más severidad. “Mira mis cadenas. Estas me fueron impuestas para mostrarte cómo serán las tuyas si no corriges tu camino…”. “Ok, bye-bye”, dijo la niña de cromo desapareciendo abruptamente y dejando a la pelirroja en silencio. “No vuelvo a comer enchiladas”, murmuró la pelirroja, y se acostó a dormir. A la 1 de la madrugada, la velita que había dejado la niña de cromo comenzó a avivar su llama, más y más fuerte, hasta que el brillo despertó a la niña. “¿Eh?”, murmuró. Frente a ella estaba otra niña pelirroja, extremadamente dulce y con una expresión melancólica pero compasiva. Se parecía un poco a ella, pero con la enorme diferencia de que no había ni un solo vestigio biónico en su cuerpo. Era totalmente humana, y sus rasgos se delineaban bajo el camisón traslúcido que llevaba. “Saludos”, dijo con una voz cálida y reconfortante. “Yo soy tu Fantasma del Pasado. Ven conmigo y sumérgete en la nostalgia”. La pelirroja, tapándose, respondió: “Nope. Tengo locuras de Navidad que hacer mañana”. Y se arropó más. La niña cálida chasqueó sus dedos, y su brillo las envolvió. Ambas estaban frente a una ventana, en una casa de Ucrania. El clima era gélido, pero dentro de la casa estaba una familia: madre, padre y la niña cálida. “¿Recuerdas lo felices que éramos?”, dijo la niña cálida, mostrando escenas de la familia riendo, comiendo y alegrándose. “Sí”, respondió la pelirroja con frialdad. “Recuerdo eso. La transferencia neuronal fue idónea”. “Ah”, dijo la cálida, con ojos brillantes de alegría. “Entonces, ¿sientes esa calidez que te hace moderarte en tus—” “¡PASA A LO ÚLTIMO!”, cortó la pelirroja, abruptamente. “¿Qué?”, dijo la cálida. “Tú sabes bien qué”. La llama de la cálida se extendió, y una lágrima rodó por su mejilla. La casa, tras un estruendo, se incendió. No se veían los padres, solo una niña enterrada en los escombros mientras un bombero la rescataba. “¡Tenemos a una viva!”, gritaba, y el fuego se extinguió. La niña cálida, ahora lúgubre, y la pelirroja estaban de pie entre los escombros chamuscados. “¿Quién diría que los rebeldes rusos atacarían civiles?”, comentó la pelirroja mientras un espejito caía a sus pies. “Vete de aquí”, dijo con frialdad. “No me molestes más”. Y con dos dedos metálicos apagó la casi extinta llama de la velita, haciendo desaparecer todo y volviendo a su cuarto en completo silencio. **Capítulo 3: Un presente rugoso** El reloj digital daba las 2 de la mañana, beep beep sonó. Pero tras el silencio, algo curioso sucedió: del espejo, una sonrisa se reflejó, y este comenzó a estirarse, como un lago que se llena poco a poco. Del reflejo en el piso, algo salió tan rápido que fue un borrón, tronó sus dedos metálicos y la niña pelirroja, arropada en su cama, sintió un frío súbito. “Hummm”, dijo al sentir un dedo tocarla. “Ehhnm”, fijo de nuevo al sentir una palmada. “HEY”, dijo al ser pateada fuera de su cálida cama. “¿Qué?” se dijo, aún somnolienta. La pelirroja, en pijama, ya estaba medio despierta. “¡Arriba, corazón!” Frente a ella, escuchó un sonido y alzó su mirada. Su imagen reflejada la encontró. Era igual a ella, pero diferente. Sus ropas, más agresivas, con temática punk. Su cabello naranja no solo despeinado, sino completamente enmarañado. Sus ojos, en lugar de un tono violeta, eran morados e intensos, y en su boca, un negro carmín. Sus brazos biónicos tenían más púas de lo recomendable. “Soy tu caótico presente,” se anunció a sí misma, y una carcajada vino de ella. “Aja,” dijo la pelirroja, analizando el entorno. Estaban en un páramo helado, en medio de la nada. “¿Qué se supone que hacemos aquí?” dijo. “No hay nada, ni un solo recuerdo.” Un golpe seco impactó su mandíbula y le hizo dar un paso atrás. Con su sangre hirviente, su reflejo maltratado dejó hablar. “Te traje aquí para que recibas tu reprimenda y aprendas. Y si te refieres al público... no, no está ausente,” dijo su reflejo. La niña pelirroja se crispó. Una multitud de fantasmas les rodeaba. “¡Wooo!” decían y gritaban. “Todos y cada uno de ellos son tus víctimas. Han venido a ver tu trasero vapuleado, ¿no, gente?” “Wooo!” rugieron de nuevo. “¿Aprender la lección, eh?” dijo la pelirroja, muy bien, alistó sus defensas. “Ok,” dijo su reflejo, y golpeó de nuevo, pero esta vez, la niña pelirroja se cubrió. “Urk”, dijo, la fuerza del reflejo era abrumadora. “¿Tan fuerte es ella misma?” Apoyando el puño contra ella, disparó unos arcos eléctricos que impactaron en su reflejo, quien tras recibirlos de lleno, comenzó a reír, y se lanzó contra la pelirroja, dando una sucesión de golpes rápidos que rompieron sus defensas. Mientras recibía golpe tras golpe, pensaba: “Genial, me apalean y yo estoy en pijamas”. Entre golpe y golpe, vio a los fantasmas que les rodeaban y aplaudían. Algunos los reconoció: una niña pequeña con protuberancias en la cara, otro hombre con arañazos en zig zag, una mujer con sus extremidades distorsionadas. “Un momento,” dijo, mientras detenía en seco el puño de su doble, quien le golpeaba y le decía de qué maneras funestas sus víctimas fallecieron. La fuerza del golpe detenido creó una onda de choque que se escuchó como un aplauso. “Esas no son mis víctimas. Esa niña de allí sucumbió a la plaga Vkróg. Ese hombre fue eliminado por un oso geométrico. Y esa mujer fue infestada por gusanos de Magallanes. De hecho, NADIE aquí presente murió por mi mano, sino por los múltiples enemigos y fenómenos que enfrenté. Yo detuve esas amenazas. Si ellos murieron, fue por estas, no por mí.” *Clank, clank, clank*. Se escuchó mientras su reflejo aplaudía sarcásticamente. “Genial,” dijo. “¿Y qué tal todas esas veces que usas egoístamente tus capacidades? No puede existir un buffet de todo lo que puedas comer a 3 kilómetros de tu base. ¿La niña pelirroja tambalearía? Sentiría un duro golpe, pero sin contacto alguno. Fue directo a su ego. “¿Y qué tal las tiendas de colchones? La princesita debe tomar su siesta de la tarde en uno de estos, ¿qué? ¿Buscas sentir alguna risa bajo alguno?” Un dolor sordo sacudió a la pelirroja mientras las risas de los fantasmas eran omnipresentes. “Admitelo, te dieron una segunda oportunidad. Y la desperdiciaste. Podrías ser más, podrías hacer más, pero te distraes, comiendo, jugueteando... Este país ya debería estar bajo tu mando, pero no. No te enfocas.” Los fantasmas envolvieron al reflejo de la niña, creando un brumoso titán, una forma visible de 10 metros de alto precipitándose para aplastar a la niña. “Tengo mis motivos. Y todo lo hago por una razón,” dijo la niña en un tono áspero, y con un solo dedo, tocó el reflejo. Todo se rompió como un espejo gigante, dejando caer nieve, volviendo al cuarto de la niña, y dejando solo atrás una etiqueta de identificación con la palabra *presente*. Todo quedó en silencio de nuevo... Mejora enriquece y detalla La niña pelirroja salia del concieryo de la banda de rock suave bolitas. Luciendo su playera autografiada, estaba feliz radiante y volando sobre las inmediacionea de su base, cuando una rafaga de biento la empujo hacia el suelo. Ella apenas pudo maniobrar para un aterrizaje decente , frente a ella algo como una explosion se escucho, era el impacto de un hombre musculoso aterrizando, demasiado voluptuso en su pecho brazos enormes y musculados ad3mas de unas piernas pequeñad en propprcion pero formes como columnas, encima de todo esto, un rostro esculpido como un adonis y un peinado con un fleco demasiado grande al punto de ser pauperrimo. Vestia un traje de expandex blanco con botas calzoncillo capa y guntes verdes adems de un cinturon un a hebolla enorme que decia en letras de oro UBER. La nin̈a pelirroja con brazos bionicos quedo expentante Y uberman dijo Antes de acabar contigo. Creo es justo que sepas orque lo hare. Eres unq amenaza ompredecible y no amparada por el gobierno elegido democraticamente por el pueblo de este hermoso pais Una lagrima bako de sus perfectas mejillas Asi que, continuo uberman, estoy aqui para preventivamente acabar gontigo, cierra los ojos pequejña, sera rapido. La niña solo lo sintio, el empuje y v3locidad de uberman eran abrumadores. Mientras su ia integrada decicampi dw fuerza personal, a 78 por ciento. Y era arrastrada por la inercia del golpe, sua brazos bionicos empezaron a disparar rafaga tras rafaga de proyectiles que explotaban al impacto de ultraman, pero todo se veia como un inofensivo espectaculo de luces, su escaneo ya estaba eb marcha. Solo necesita hacer tiempo, Ultraman se abalanzo dando otro golpe que esta vez la niña esquivo, disparando un rayo de pladma desde su brazo derecho ahora un cañon, que si bien holpeo al fornido heroe, fue como si le apuntaran connla liz de una lonterma. El ultimo golpe de uberman apenas la rozo. Campo de fuerzq al 65 por ciento, Que?? Debe ser una broma exclamo la niña Mientras uberman dice. Debo admitir que te mueves bien, y eres resistente, pocos han resiatido el poder de mos iber puños. Lucecillas brillaron en los pies de uberman, una explosion lo emvolvio gracias a lad microminas drjadas por la niña, vamos..vamos..decia esta cuando ubetman aparecia ileso y sacudiendoae el polvo, una caracteristica se cargo en la vision de la niña era preliminar pero dejo un jilillo de preocupacion en ella. Densidad 80 por ciento. Va a ser dificil atravezar eso, oh bien entonces, Ubtman vio de repente los ojos de la niña brillar al punto se ensombrecer el resto de su cuerpo, y 10 hologramas identicos a ella se prwcipitaron sobre el, y empezaron a golpeatlo a una velocidad frenetica. Aunque los golpes resonavan no producian mad que un leve enrokecimiwnto en l piel del heroe, incluso le recordaron a como sus hetmanos le hacian pasar un rato molesto, dandile palmaditas insignificantes pwro exasperantes hasta que todo termonaba en ellos huyendo cuando el se levantaba. Exasperante murmuro. Y de 10 movimientos certeros cada holograma cayo, quevrandoae y desapareciendo.. Uh oh, dijo la niña. Quien en un rapido movimiwnto disparo la enerhia concentrada en sus ojos. Un grueso laser violeta impacto a uberman, pero como si de agua a presion se tratara. El empezo a avanzar hasta que con uno de sus brazos tomo a la niña de su camisa y la levanto, cin el otro le abofeteo apagando su potente laser. Justo en ese momenyo con la niña aturdida el comunicador de ubwr man sono UBERMAN,QUE ESTAS HACIENDO??? ESANIÑA ESTA CATALOGADA Y RWGISTRADA COMO AGENTE EXTERNO, CESA Y DESIATE AHORA MISMO. QUE? Dijo uberman, si ustedes no pwrciben a este amenaza como lo que es, ese no es mi problema. Pero YO si hare algo al respecto. UBERMAN, DESISTE ES UNA ORDEN, NO PODEMOS GARANTIZAR TU SEGURIDAD, ELLA ES UNA AGENTE ESPECIALIZADA EN AMRNAZAD SUPERNATURALES. SIS METODOS SON POCO ORTODOXOS Y ESTA FUERA DE TU ALCANCE. que has dicho? Respondio indignafo, puedo afrontar llamaradas solares como la brisa matutina. Y te atreves a mencionar MI SEGURIDAD? como dije. Si ustedes no piensan proceder en contra de esta catastrofe andante. YO SI.ycorto la comunicacion. La niña ya recuperaba puso sus brazos sobre el bazo de ubetman descargando un enorme choque elevtroco que le hizo soltrla como si d3 un mero chizpazo le hibiera tocado. La niña escucjo un ping, el analisis esta listo Todos los stats marcaban entre el 80 y 89 por ciento. Es un monstruo penso, en eso noto algo que le hizo enfurecer, su preciada camisa habia sido rasgada. Con furia le grito a uberman HEY. ESTA CAMISA ES EDICION ESPECIAL, SOLO COMPRE 3 Y 2 YA ESTAN PROMETIDAS Tonterias dusurro uberman La niña afino sua brazos mas artodinamicamente y arremetio hacia ultraman, eaquivo apenas sus 2 enoemes brazos, y logro subirse a la cara de ubetman, viendolo directamente a los ojos, QUE? fue ño ultimo que alcanzo a decir tras un destello sus brazos cayrron y se quedo de pie, inmovil. La niña pelirroja se bajo y se fue de alli. Pensando en que tal vez pueda llegar al cpbciwrto y alcanzar unad yltimas playeras. 30 minutos despues uberman esta rodedo de policias y agentes Al parecer dijo uno Alcanzo a su cerebro via globo ocular badicamente lo lobotomizo. Maldito arrogante dijo oteo agente, se recupwrara? Si, oir fortuna fuemuy cwrtwro. Aun si le hubiera arrancado la cabeza, se calificaria como defenzq propia minimo. Señor? Nos llego un mensaje extraño Que? Un recibo por una playera del grupo bolitas. Maldita sea, mandale un paquete de coñeccion , y nuestras sisculpas oficiales, eato pudo terminar muy mal. La cara d3 uberman totalmente sin exprwsion se aleja mienyras un tiempo despuea la niña da un chillido de emocion al abror el paquete de coleccionista de bolitas, inventa lo que trae. La niña pelirroja flotaba en el aire con gracia, dejando atrás el estadio donde *Bolitas*, la banda de rock suave más famosa del momento, acababa de dar un concierto inolvidable. En su pecho lucía con orgullo una playera autografiada por todos los miembros del grupo. Su sonrisa no cabía en su rostro: estaba radiante, como si nada pudiera arruinarle la noche. Sin embargo, mientras planeaba hacia su base, una ráfaga de viento inesperada la empujó con fuerza hacia el suelo. Con reflejos ágiles, logró maniobrar para aterrizar sin demasiados problemas. Un estruendo resonó en el lugar. Frente a ella, una figura impactaba el pavimento, dejando grietas a su alrededor. La niña, aún recuperándose, observó atónita al hombre que había descendido. Era un coloso de músculos: brazos inmensos, un pecho voluminoso y unas piernas notablemente pequeñas pero sólidas como columnas. Su rostro, esculpido como un Adonis, parecía sacado de una estatua clásica, aunque su flequillo absurdamente grande le daba un toque casi caricaturesco. Vestía un traje de spandex blanco con botas, guantes, calzoncillos y capa verdes. Su cinturón ostentaba una hebilla dorada con la inscripción *UBER*. La niña, con sus brazos biónicos tensándose, no pudo evitar quedarse expectante. Algo en la postura del hombre, en su mirada, indicaba que no estaba allí para dialogar. —Antes de acabar contigo, creo que es justo que sepas por qué lo haré —dijo el hombre con voz grave y solemne—. Eres una amenaza impredecible, no regulada por el gobierno democrático de este gran país. Una lágrima rodó por su mejilla perfectamente cincelada, como si realmente lamentara lo que estaba a punto de hacer. —Así que estoy aquí para eliminarte preventivamente. Cierra los ojos, pequeña. Será rápido. Sin esperar respuesta, se lanzó contra ella. La niña apenas tuvo tiempo de activar su campo de fuerza, pero el impacto fue brutal. La inercia del golpe la arrastró varios metros mientras su sistema interno alertaba: **campo de fuerza al 78%**. Sus brazos biónicos comenzaron a disparar ráfagas de proyectiles explosivos hacia Uberman. Las detonaciones iluminaban el lugar, pero no parecían hacerle ningún daño. Su cuerpo denso absorbía los impactos como si fueran un simple espectáculo de luces. Mientras tanto, su sistema de análisis recopilaba datos. Solo necesitaba ganar tiempo. Uberman no se detenía: lanzó otro golpe devastador, pero esta vez ella lo esquivó, transformando su brazo derecho en un cañón que disparó un potente rayo de plasma. El impacto dio de lleno en el pecho del héroe, pero fue como si le apuntaran con una linterna. —¡¿Qué demonios?! Esto tiene que ser una broma… —dijo la niña mientras el campo de fuerza descendía al 65%. Uberman se permitió una leve sonrisa, como si disfrutara del desafío. —Debo admitir que te mueves bien. Pocos han resistido el poder de mis *Uber Puños*. La niña no respondió. Sus ojos brillaron intensamente y, de repente, diez hologramas idénticos a ella surgieron a su alrededor. Todos se lanzaron sobre Uberman, golpeándolo con una velocidad frenética. Aunque los golpes resonaban como martillazos, apenas lograban enrojecer su piel. Para él, era más molesto que peligroso. —Exasperante… —murmuró Uberman mientras derribaba a los hologramas uno por uno con movimientos precisos. Cada réplica se desvanecía en destellos hasta que no quedó ninguna. La niña, viendo sus esfuerzos frustrados, disparó un rayo violeta concentrado desde sus ojos. Uberman avanzó lentamente hacia ella, atravesando la energía como si fuera una ligera lluvia. Con un rápido movimiento, la atrapó por la camisa y apagó su ataque con una bofetada bien calculada. Justo en ese momento, su comunicador se activó. —¡UBERMAN! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? ESA NIÑA ESTÁ REGISTRADA COMO AGENTE EXTERNO. ¡CESE Y DESISTA INMEDIATAMENTE! Uberman frunció el ceño. —¿Un agente externo? Es una amenaza. No entiendo por qué no la catalogan como tal. —ES UNA AGENTE CONTRA AMENAZAS SOBRENATURALES. SUS MÉTODOS SON POCO ORTODOXOS, PERO ESTÁ FUERA DE TU ALCANCE. —¿Fuera de mi alcance? ¡Soy Uberman! Puedo soportar llamaradas solares como si fueran una brisa matutina. Con un gruñido, cortó la comunicación. Sin embargo, mientras discutía, la niña recuperaba el control. Sus brazos biónicos emitieron una descarga eléctrica que hizo que Uberman la soltara de inmediato, como si un mero chispazo lo hubiera tocado. Un ping resonó en el sistema de la niña. El análisis estaba listo. Todos los parámetros de Uberman marcaban entre el 80% y el 89%. —Es un monstruo… —murmuró. Pero algo más llamó su atención. Su preciada playera autografiada tenía un desgarrón. La furia se apoderó de ella. —¡HEY! Esa playera es edición especial. ¡Solo compré tres y dos ya están prometidas! —Tonterías… —respondió Uberman con indiferencia. La niña ajustó sus brazos para maximizar la aerodinámica y arremetió contra él. Esquivó sus enormes puños, trepó hasta su rostro y, mirándolo directamente a los ojos, desató un destello cegador que atravesó su globo ocular. Uberman quedó inmóvil, con los brazos caídos y la mirada vacía. La niña descendió con calma, recogió los restos de su camisa y se marchó, murmurando: —Más me vale alcanzar a comprar otra antes de que se agoten. *** Treinta minutos después, Uberman estaba rodeado de policías y agentes. —¿Se recuperará? —preguntó uno de los oficiales. —Sí, tuvo suerte. La descarga fue precisa. Incluso si lo hubiera decapitado, habría sido defensa propia. —Señor, llegó un mensaje extraño. —¿Qué mensaje? —Un recibo por una playera de *Bolitas*. —¡Maldición! Envíenle un paquete de colección con nuestras disculpas oficiales. Esto pudo terminar peor. Horas después, la niña abrió un paquete en su base. Dentro había una nueva playera firmada, un álbum exclusivo, una réplica de un instrumento y un pase VIP para el próximo concierto. —¡Bolitas para siempre! —gritó, abrazando sus nuevos tesoros mientras planeaba qué historia contaría la próxima vez. La niña pelirroja, con brazos biónicos que brillaban tenuemente bajo los últimos rayos de la tarde, recorría el cementerio con paso decidido. Eran las siete de la noche y las puertas ya estaban siendo cerradas, pero ella tenía una misión: eliminar las perturbaciones detectadas en el corazón del camposanto. El sol, agonizando en el horizonte, proyectaba sombras largas y fantasmales. Al llegar al centro del cementerio, la niña se detuvo frente a un mausoleo enorme. Su estructura, fría y lúgubre, estaba impecablemente conservada, pero su interior permanecía oculto por densas sombras que parecían tener vida propia. Sacó de su mochila varios sellos japoneses, varitas de incienso y una pequeña medalla desgastada, murmurando para sí misma: —Seguro solo son unos fantasmas juguetones… nada fuera de lo común. Encendió el incienso, colocó los sellos alrededor y comenzó a preparar el ritual, con la confianza que le daba la rutina de cientos de misiones similares. Sin embargo, justo cuando el silencio del cementerio parecía absoluto, un crujido seco y prolongado resonó desde el interior del mausoleo. La niña alzó la cabeza, sus ojos violetas brillando con un atisbo de duda. —¿Eh...? —murmuró, girándose hacia el origen del sonido. De repente, las varitas de incienso y los sellos se consumieron en un instante, dejando tras de sí una estela de humo que se disipó rápidamente. Entonces lo escuchó con claridad: un terrible crujir de huesos y un rechinar de dientes que se acercaba con pasos pesados y seguros. El miedo instintivo la hizo reaccionar. La niña giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas, sorteando tumbas, árboles y terrones de tierra que parecían moverse bajo sus pies como si estuvieran vivos. Mientras corría, su comunicador comenzó a chirriar. —¿Qué está pasando? —preguntó una voz al otro lado, aguda y llena de preocupación. Era la gargolita, su compañera en la vigilancia remota. —¡Es una Catrina! —gritó la niña entre jadeos—. ¡Sabes perfectamente que este tipo de espectro requiere un protocolo especial de contención! —Entendido, enviaré el equipo. Si puedes comunicarte, significa que aún no ha aislado el perímetro. —Eso espero —respondió ella, su voz temblorosa pero firme—. Me fui antes de que pudiera notar mi presencia... Las palabras se le cortaron de golpe. Una extraña debilidad se apoderó de ella, y por el rabillo del ojo vio cómo hilos de luz descendían del cielo, trazando líneas luminosas alrededor del cementerio. Eran como fuegos artificiales que, al tocar el suelo, formaron una cúpula de energía brillante que selló el perímetro. La niña, jadeante, alzó la mirada hacia el cielo, sus piernas temblando bajo el peso del cansancio. Antes de que las luces terminaran de caer, murmuró: —Aguantaré mientras pueda… Preparad el satélite con la carga bendecida. Si no me reporto al amanecer… purificad todo. El comunicador emitió un chasquido seco y se apagó. Ella quedó sola, rodeada de sombras danzantes, mientras el sonido de pasos firmes y el rechinar de dientes se hacía cada vez más cercano. Todo el cementerio se transformó de manera inquietante. Las lápidas se movieron, formando un círculo perfecto como si fueran el público en un coliseo. Una luz intensa, fría y deslumbrante, se proyectó en el centro, como si la luna se hubiera convertido en un reflector colosal. La niña, aún aturdida por los cambios, se dio cuenta de que ahora estaba en el borde de aquel círculo. Era como si el reacomodo del terreno la hubiera dejado allí, inmóvil, mientras la realidad a su alrededor se distorsionaba. En el centro de la explanada, una figura apareció. Vestida con elegancia, fumaba lentamente un cigarro sostenido por un largo portacigarros que parecía una vara. Su enorme sombrero de ala ancha, decorado con flores marchitas, proyectaba una sombra que ocultaba casi por completo su rostro. De las lápidas comenzaron a emanar sonidos de guitarras y voces, entonando una canción melancólica: *"No sé qué tienen, las flores del camposanto, que cuando las mueve el viento, Llorona, parece que están llorando..."* La figura alzó un dedo, pálido como la cera de una vela. Con ese simple gesto, la música se convirtió en un murmullo distante, apenas un eco de lo que había sido. Mientras tanto, la IA asistente de la niña transmitía datos con desesperación, enviando alertas constantes. Cada espectro de luz analizado mostraba lo mismo: una forma monstruosa y aterradora. Los reportes se sucedían sin cesar, todos marcados con un único mensaje: **"Nivel 10 de amenaza. Protocolo: sobrevivir usando cualquier medio disponible. Debilidades: ninguna."** La figura, tras una lenta bocanada de humo, habló: —¿Qué haces aquí, niña? La pelirroja titubeó solo un segundo, pero respondió con voz firme: —Perturbas este lugar. Tu influencia es una anomalía que he venido a corregir. Un silencio denso cayó sobre el cementerio, durando lo que parecieron años. Luego, las risas estallaron. No solo eran risas humanas; las tumbas mismas reían, con voces de niños, ancianos, mujeres, hombres e incluso animales que parecían burlarse de su desafío. La figura hizo un ademán, y la risa cesó de golpe, dejando solo la música de fondo. —Todo camposanto, cementerio, tumba y nicho me pertenecen. Nadie, ni nada, puede negarme lo que es mío —dijo con una voz que parecía retumbar desde la tierra misma. —Error —interrumpió la niña con firmeza—. Sé tus intenciones. He notado cómo las tumbas comienzan a brotar, cómo este cementerio se expande más allá de sus límites. Quieres terraformar el planeta entero y convertirlo en un cementerio global. La figura dejó entrever una sonrisa macabra, demasiado amplia para ser humana, aunque aún oculta tras las sombras del sombrero. —Los muertos necesitan su espacio —respondió, como si eso bastara para justificar su plan. —Ajá —replicó la niña con sarcasmo—. No me engañas. Sabes tan bien como yo que han muerto más humanos de los que se podrían representar en lápidas. Y una vez que completes tu obra, los alzarás de nuevo. Extinguirás toda la vida con fuerza bruta. La figura inclinó ligeramente la cabeza, como reconociendo la verdad en las palabras de la niña. —Bien informada estás, chiquilla. Los pesares de los caídos aguardan respuestas. Solo hay una forma de ponerles fin: el silencio eterno. —¡ABSURDO! —gritó la niña, dando un paso al frente—. No puedes negar la vida. No permitiremos que rompas el ciclo. La figura avanzó un poco más, revelando un rostro cadavérico bajo el sombrero, con ojos oscuros y vacíos. —¿Y qué hay de aquellos que sufren? —preguntó, su voz quebrándose por un instante—. Aquellos que no ven, no piensan, no sienten más que dolor y vacío... La niña, sin vacilar, levantó uno de sus brazos biónicos. Los servomotores siseaban y destellaban pequeñas chispas de electricidad mientras lo alzaba como un símbolo de resistencia. —Tiempo —dijo, con determinación en su voz—. Eso es lo que necesitamos. Tiempo para innovar, para conquistar toda debilidad. —Ja —exhaló el espectro con burla—. Meros esfuerzos para retrasar lo inevitable. —No creas que marcharemos mansos hacia la nada —respondió la niña. Su brazo biónico emitió un chasquido metálico al activarse por completo. Una voz mecánica resonó: **"Armamento en línea."** La figura, revelándose por completo, era un esqueleto vestido con ropas de gala y un lujoso vestido lleno de encajes. De entre las sombras sacó una guadaña que brilló con un fulgor siniestro bajo la luz de la luna. Con una voz que parecía el eco de mil almas condenadas, exclamó: —Venga, pues. Ambas se lanzaron como fuerzas imparables, y los golpes resonaron en el aire. Los puños de metal de la niña chocaron contra la guadaña en repetidas ocasiones, generando chispas que iluminaban momentáneamente sus rostros en la penumbra del cementerio. El combate era feroz, pero preciso, como si cada movimiento fuera una danza ensayada durante siglos. Finalmente, sus armas se trabaron en un cruce que las obligó a quedar frente a frente. La niña, con el sudor perlándole la frente, clavó sus ojos biónicos en las cuencas vacías de la catrina. Esta última, con gusanos retorciéndose en su mandíbula y tierra cayendo entre sus dientes, habló con un tono tan profundo como una tumba recién abierta: —Esta vida, que siempre se crispa en mi presencia... sería más fácil si simplemente se rindiera y muriera. La niña apretó los dientes, su voz resonó firme como un trueno: —**¡HOY NO!** Se separaron con un empuje violento, y un relámpago iluminó la noche, proyectando sus sombras sobre las lápidas circundantes. La catrina permanecía impávida, pero algo en ella había cambiado. Una chispa de incredulidad se reflejaba en las cuencas de su cráneo. **Ella lo entendía.** Los mortales habían creado máquinas, jugado con los elementos, mezclado la electricidad, el metal, el agua y el aire de formas ingeniosas. Habían inventado artefactos para desafiar la naturaleza: prender el fuego, domar el trueno, ignorar la ventisca. Todos eran intentos de imponer su voluntad sobre el mundo. Pero esta niña... esta criatura mitad carne, mitad máquina... resistía lo que no debía resistirse. La guadaña que debería haberla partido en dos, que debería haber reducido su cuerpo a cenizas y convertir sus restos en títere para el último danzón de la humanidad, **no funcionaba.** Y entonces, la vio. Sutil, detrás de la niña, apareció una figura. Una mujer etérea, de piel blanca como la leche y un brillo que no cegaba, sino que susurraba esperanza. Su presencia no era intimidante, sino una manifestación de algo eterno, algo imposible de apagar. El cabello de la niña parecía arder como llamas vivas. Sus ojos biónicos, brillando sobrenaturalmente, destellaban con un fuego que no podía ser explicado por la ingeniería ni la ciencia. Aunque parcialmente mecánica, su presencia exudaba vida, una vida tan intensa como la de un recién nacido llorando por primera vez. La catrina dio un paso atrás. Su voz, antes imponente, ahora sonaba cargada de incredulidad y, por primera vez, de temor. —**Tú...** La niña no respondió. Se limitó a mantenerse firme, mientras su cuerpo, mitad humano, mitad máquina, parecía convertirse en un faro de luz en medio de la oscuridad. —**¡TÚ!** —repitió la catrina, con un tono que oscilaba entre la ira y la desesperación. La figura detrás de la niña permaneció en silencio, pero su mera presencia parecía darle fuerza. La catrina entendió que no se enfrentaba a una simple humana, ni siquiera a un experimento mecánico. Enfrentaba algo que desafiaba su naturaleza, algo que resonaba más allá de la muerte misma. La batalla no era solo contra una niña; era contra el concepto de la vida que se niega a rendirse. Y en esa noche oscura, la muerte por primera vez pareció vulnerable. La catrina se tambaleaba, agotada. Frente a ella, la niña flotaba, iluminando el entorno con un fulgor celestial. Sus ojos, ahora completamente violetas, la miraban con una mezcla de compasión y resolución. La voz que salió de la niña no era suya, sino una que resonaba como un coro divino: —**No permitiré que trunques a mis retoños. Respetarás su existencia. Tu tiempo llegará, pero ni un segundo antes, ni un segundo después.** La catrina rechinó los dientes y apretó el mango de su guadaña, llamas surgiendo en sus cuencas vacías. —**¡Me niego!** Con un rugido, saltó hacia la niña y lanzó un corte con toda su fuerza. Sin embargo, su guadaña se detuvo en seco, sostenida entre las dos palmas mecánicas de la niña. El sonido metálico del choque resonó mientras la niña, con una voz como el trueno, declaró: —**La vida siempre encuentra un camino.** Y con un chasquido ensordecedor, la guadaña se partió en dos. El sonido del metal quebrándose separó a ambas. La catrina cayó de rodillas, debilitada, mientras la niña descendía lentamente al suelo, brillando menos, pero aún imponente. Sus sistemas, aunque funcionales, mostraban señales de advertencia, y el peso de la batalla la hacía jadear. La catrina, debilitada pero aún feroz, se lanzó de nuevo. —**Hoy he fallado, pero tú serás mi compensación.** Con una mano ósea, tocó el costado de la niña. Un frío desgarrador la atravesó, extendiéndose desde ese punto. La niña se apartó rápidamente, pero era tarde. En su visión biónica, un mensaje de alerta apareció: **Peligro. Desconexión de sistemas en la zona X-347.** En el diagrama de su cuerpo, una mancha negra crecía, entumeciendo su costado. La niña apretó los dientes mientras el sudor frío recorría su frente. Miró a la catrina, quien reía descontroladamente, sus huesos desencajándose de la risa macabra. —**Eso era todo...** —pensó la niña mientras sus sistemas comenzaban a apagarse uno por uno, como una computadora desconectada. El sonido de su muñeca la devolvió a la realidad: **Beep, beep.** Eran las 6 a.m. La niña sonrió débilmente, su cuerpo cediendo. —**Al menos me iré con un boom.** De repente, un rayo láser santificado cayó del cielo, incinerando todo a su paso. El impacto fue devastador, y el cementerio quedó reducido a un terreno plano de un kilómetro de diámetro. —**¿Estás bien? ¡Responde! Ya casi llego.** La niña abrió los ojos. Estaba ilesa. La corrupción necrotizante había desaparecido, y todos sus sistemas funcionaban normalmente. —**¿Eh...?** —murmuró. Una gárgola aterrizó cerca de ella. Miró a su alrededor: no quedaba nada del cementerio. El terreno estaba completamente liso. —**Eres dura, niña.** —dijo la gárgola, pero de pronto se detuvo al mirarla. —**¿Qué?** —preguntó la niña, confundida. Se acercó al reflejo del helicóptero de donde había bajado la gárgola. Su expresión se transformó en asombro: estaba completamente desnuda, y lo más impactante era que no tenía ni un solo cabello. Estaba calva, completamente lampiña. —**Aw...** —dijo, intentando procesar lo ocurrido. La gárgola rápidamente la cubrió con una chaqueta, y ambas subieron al helicóptero. Mientras se alejaban, la niña miró el terreno desolado por última vez, reflexionando sobre la batalla que acababa de librar y el precio que había pagado. El pueblo se alzaba lleno de vida desde la distancia. Su bullicio era inconfundible: risas, voces de comerciantes ofreciendo mercancías, ladridos de perros y el esporádico maullido de gatos vagabundos. En el centro de la plaza, una figura colosal dominaba la escena. Sentado como un rey en su trono, sostenía tarros descomunales de cerveza, mientras mujeres delgadas orbitaban a su alrededor como polillas hipnotizadas por la luz de una llama. A lo lejos, la silueta de una niña pelirroja emergió en el cielo. Sus brazos biónicos relucían bajo el sol, ajustando finamente el enfoque de su sistema F3. Con un rugido metálico, las turbinas en sus extremidades cobraron vida, impulsándola hacia el pueblo. Su llegada era inconfundible; el zumbido de los motores resonaba como un presagio. A medida que se aproximaba, el pueblo, antes tan animado, pareció retraerse, como una flor cerrándose al anochecer. Cuando sus pies tocaron tierra en las inmediaciones, el bullicio se había desvanecido. Solo quedaba un silencio sombrío y opresivo. Aunque sus ojos apenas percibían movimiento, sus sensores no la engañaban. Detectaba formas humanas ocultas entre las sombras, camufladas con una destreza inquietante. Pero para ella, eran tan evidentes como insectos en un lienzo inmaculado. Sin detenerse, avanzó por las calles desiertas. Al principio, solo el susurro del viento acompañaba sus pasos, pero pronto empezaron a surgir murmullos. Estos se transformaron en susurros nerviosos, para finalmente explotar en órdenes gritadas. Un batallón emergió de las sombras, rodeándola. Eran figuras delgadas, vestidas con ropa sencilla, pero empuñaban metralletas con determinación. Una emboscada clara, pero mal calculada. La niña se detuvo, serena, y sus labios apenas se torcieron en un gesto de disgusto. De sus brazos biónicos emergieron antenas finas y pulsantes, un diseño tan letal como elegante. Un instante después, el aire se saturó de microondas invisibles pero devastadoras. Las armas de sus atacantes comenzaron a sobrecalentarse, quemando las manos que las sostenían. Los gritos de dolor y desesperación se multiplicaron mientras los cargadores explotaban en chispas y esquirlas inofensivas. En cuestión de segundos, las metralletas yacían en el suelo, inutilizadas, y los atacantes, desarmados, retrocedían entre gemidos de miedo. Ella no buscaba causar bajas; aquel ataque había sido una advertencia calculada, precisa. No estaba allí para perder el tiempo con simples esbirros. Su objetivo era el hombre colosal que se deleitaba como un rey en la plaza. Él era la razón de su visita. Sin detenerse, la niña avanzó, decidida, mientras los ecos de su disuasión aún resonaban en el aire caliente del pueblo desolado. Al llegar a la plaza, la figura colosal seguía allí, imponente como una montaña. Ahora solo, parecía aún más intimidante bajo la luz tenue del atardecer. Vestía botas de piel de serpiente que crujían al moverse, un pantalón de mezclilla que tensaba bajo su corpulencia, una camisa a cuadros remangada que apenas contenía su torso macizo, y un sombrero amplio que junto a unos lentes oscuros ocultaban la mayor parte de su rostro. Un mostacho espeso y una barba tupida, semejante a escarpias, asomaban bajo la sombra del ala del sombrero. Su pecho era un espectáculo de opulencia: gruesas cadenas de oro puro descansaban sobre él, adornadas con medallas que iban desde simples placas hasta auténticas obras de arte que representaban cruces y santos. En sus brazos, tan gruesos y peludos como troncos, se enrollaban esclavas de oro que parecían serpientes vivas, mientras sus dedos, gruesos como salchichas, estaban cubiertos por anillos con gemas brillando en colores intensos. La niña lo enfrentó con una calma contenida, pero él fue el primero en hablar. Su voz resonó como un trueno, grave y autoritaria: —¿Qué haces aquí, escuincla? Ella sostuvo su mirada, sin amedrentarse, y respondió con determinación: —He venido para someterte y cerrar tu centro de operaciones. Has comerciado y vendido veneno por demasiado tiempo. El hombre lanzó una carcajada que resonó como un terremoto, haciendo vibrar las ventanas de los edificios cercanos. Su risa, profunda y burlona, dejó entrever una dentadura cubierta de oro, un símbolo más de su desmedida riqueza. —¿Sabes cuántos equipos, escuadrones y cazadores han mandado a por mí? —dijo, señalando con uno de sus dedos gruesos y enjoyados hacia un pozo cercano. Su gesto era lento, deliberado, casi teatral. La niña siguió la dirección de su dedo y se encontró con una fosa o, más bien, una letrina que exhalaba un hedor nauseabundo, mezcla de desechos humanos y muerte. —¿Sabes dónde terminan? —añadió con una sonrisa cínica. Ella apretó los dientes, sintiendo una furia silenciosa arder en su interior. —Allí terminaron hombres y mujeres leales que dieron su vida por su nación —replicó con firmeza, conteniendo el temblor en su voz—. Héroes que debieron caer con honores, no en esa fosa decadente. El hombre no mostró arrepentimiento alguno; al contrario, pareció disfrutar del dolor que sus palabras provocaban. —Así es —confirmó con un tono casi solemne, como si fuera un juramento—. Allí termina todo aquel que se atreve a ir en mi contra. Su voz, cargada de desprecio y amenaza, era un eco de su poder absoluto. Pero la niña no retrocedió. Su mirada de fuego prometía que no sería como los demás. No habría clemencia ni retirada. Allí, en esa plaza, el enfrentamiento era inevitable. Con una risa llena de desprecio, el hombre continuó, su voz impregnada de sorna y arrogancia: —¿Y ahora, tras quedarse sin tropas, mandan a una chiquilla de calzones miados y con leche todavía escurriéndole de la boca a enfrentarse a mí? Su respiración se tornaba más pesada, como si la furia contenida lo inflamase desde dentro. —¿¡A mí!? ¿Que yo soy *el Patrón*? ¡El cabrón más grande y canijo de todo el norte! —rugió, golpeándose el pecho con tal fuerza que las cadenas de oro tintinearon como campanas de advertencia—. Si a esas vamos, escuincla, una vez que te pisotee, me voy con mi gente a la meritita capital a quitar al pelele que ocupa la silla. ¡Esa ciudad será mía también! El eco de su risa resonaba en la plaza, llenándola con un aire denso de amenaza y poder. La niña pelirroja permanecía inmóvil, observándolo en silencio. Sus sensores ya lo habían escaneado y, aunque los datos eran desconcertantes, su rostro no delataba nada. Sabía que el enfrentamiento no sería sencillo. El análisis revelaba que más del 80% de su cuerpo era tejido denso, casi impenetrable, algo más allá de lo natural. Sin embargo, eso no explicaba cómo había logrado someter tanto territorio. Había algo oculto, algo que aún no podía identificar. El Patrón, notando su quietud, alzó una ceja bajo el ala del sombrero y sonrió con burla. —¿Y bien? ¿A qué esperas? —tronó, abriendo los brazos en un gesto de falsa invitación—. Como eres una nenita, te voy a permitir dar el primer golpazo. Pero que sea bien dado, ¿eh? Porque después de eso, no me voy a contener. No quiero que luego andes chillando. La tensión en el aire era casi palpable. La niña permanecía impasible, sus ojos fijos en su objetivo. Su mente, sin embargo, trabajaba a toda velocidad. Cada palabra del Patrón, cada gesto exagerado, cada risa burlona eran piezas de un rompecabezas que debía resolver antes de que él desatara su furia. Si iba a golpear primero, tenía que asegurarse de que fuera con la precisión y fuerza necesarias para equilibrar la balanza. Sin un solo parpadeo, la niña ajustó sus brazos biónicos, las turbinas zumbando suavemente como una advertencia. Ella no buscaba protagonismo, ni palabras, solo resultados. La primera jugada sería suya, y no pensaba desaprovecharla. La niña pelirroja extendió su brazo derecho, y de las uniones mecánicas emergieron dos discos que comenzaron a girar a toda velocidad, emitiendo un zumbido agudo. El Patrón la observaba con una sonrisa condescendiente, como si disfrutara de un espectáculo infantil. Pero antes de que pudiera soltar algún comentario burlón, la niña desapareció en un suspiro. De repente, estaba frente a él, tan cerca que podía oler el ligero aroma metálico que emanaban sus brazos biónicos. —¡POW! —exclamó la niña, y los discos de su brazo chocaron como el martillo de un revólver. Un chispazo brillante iluminó brevemente la escena, y el impacto cayó directo en el centro del corpulento ombligo del Patrón. El golpe fue devastador; el aire escapó de sus pulmones con un sonido gutural. —¡Ayyy, hija de la re… fumfuña! —gruñó, tambaleándose mientras apretaba los dientes. Su rostro, aunque desfigurado por el dolor, comenzó a cambiar. El ardor en su abdomen encendió una rabia que parecía provenir de lo más profundo de su ser. Dio un paso atrás, sus botas resonando contra el suelo polvoriento, y como si fuese un resorte, lanzó un puñetazo con su brazo derecho. Fue un golpe instintivo, feroz y rápido, sin dejar espacio para la reacción. La niña pelirroja salió disparada, cruzada de brazos para amortiguar el impacto mientras era arrastrada varios metros. Aterrizó con fuerza, pero al instante se reincorporó. Había sentido el golpe, pesado como un martillo hidráulico, pero sabía que podía manejarlo. Jadeando, el Patrón habló, con un tono que mezclaba admiración y desafío: —¡Ah, pa’ manita pesada que te cargas, chamaca! Pero ya viste que yo también tengo con qué. La niña, confundida, frunció el ceño. Claro, había sido un buen golpe, pero nada que justificara tanto alarde. Fue entonces cuando lo notó: tres hendiduras en forma de anillo marcadas en su brazo izquierdo. Se detuvo un segundo para procesarlo. Nunca antes algo había logrado abollar el metal de sus prótesis. Ese pensamiento fue interrumpido abruptamente por un malestar en su abdomen. Una sensación extraña, como un espasmo, ascendió desde su estómago hasta su garganta, obligándola a regurgitar un poco de bilis. —¿Qué…? —murmuró, desconcertada. El Patrón estalló en una carcajada, más estruendosa y burlesca que nunca. —¡Ahí está! —gritó, señalándola con un dedo enjoyado—. El rebote, chamaca. Más vale maña que fuerza. La niña lo miró, ahora con una mezcla de incredulidad y desdén. Algo en ese hombre era más peligroso de lo que había anticipado. No solo era fuerte; jugaba con reglas distintas, y estaba dispuesta a descubrirlas, aunque tuviera que arrancarle cada secreto con sus propias manos. El Patrón, con una sonrisa torcida, recogió una roca del suelo, sosteniéndola en su mano gruesa y peluda. —Pues mira, chamaca, como te vas a morir, te voy a enseñar cómo es mi truco —dijo, golpeando la roca con un dedo enjoyado. Un leve sonido resonó al impacto, pero lo que vino después fue impresionante: una onda de choque invisible recorrió la piedra, haciéndola vibrar. —El primer trancazo —continuó el Patrón, mientras la piedra comenzaba a fracturarse— es el mero conecte. Ese genera una onda que rebota en lo golpeado, y el segundo golpe... La roca estalló en fragmentos y se desmoronó como arena. —… atraviesa cualquier cosa —concluyó, soltando una risa grave que resonó en la plaza. Sin perder tiempo, comenzó a correr hacia la niña con sorprendente agilidad para alguien de su tamaño, sus botas retumbando contra el suelo como tambores de guerra. La niña, con sus brazos levantados y listos, apuntó directamente hacia él. —Ok —dijo con calma, mientras una ráfaga de proyectiles salía disparada de sus brazos biónicos. Las balas impactaron al Patrón, perforando su ropa y dejando marcas visibles en su piel. Pero él no se detuvo. Con cada paso, parecía ganar más fuerza, su figura imponente avanzando como una locomotora. Cuando finalmente lo tuvo frente a ella, el Patrón lanzó su peso completo en un intento por embestirla. La niña reaccionó al instante, colocando sus brazos al frente para absorber la embestida. La colisión fue brutal: el impacto resonó en toda la plaza, pero la niña logró detenerlo, utilizando su fuerza mecánica para desequilibrarlo. Aprovechando la inercia del Patrón, giró su cuerpo con precisión y lo redirigió hacia un poste cercano. El gigante ranchero, incapaz de frenar, se estrelló contra él con tal fuerza que el poste se dobló y cayó al suelo, levantando una nube de polvo. —¡Huuurrrgh! —gruñó el Patrón, su voz ronca y llena de frustración. Desde el suelo, el hombre levantó la mirada hacia la niña, que lo observaba con firmeza, preparándose para el siguiente asalto. Aunque su cuerpo parecía indestructible, el Patrón no era invencible. La niña lo sabía, y ahora tenía claro que solo necesitaba encontrar el punto exacto donde golpear. —Ejeje —rió el Patrón, mientras se levantaba del suelo, sacudiéndose el polvo de su ropa con desdén—. Buena esa, decías. La niña pelirroja, que observaba atentamente al gigante, notó que las heridas superficiales que le habían dejado los proyectiles no eran más que una acumulación de sudor, grasa y vello en su piel, como si toda su suciedad actuara como una armadura improvisada. "Ping", sonó un aviso de su asistente. —Campo de fuerza al 88 por ciento —indicó la pantalla. La niña frunció el ceño, confundida. —¿Qué? —murmuró para sí misma. El impacto del golpe había sido fuerte, pero ¿cómo es que había dañado su campo de fuerza? El pensamiento le dio un vuelco en el estómago. Si había sido tan grave el impacto que había mermado su campo de fuerza, eso significaba que cada interacción con él, por dura que fuera, acabaría siendo mutuamente dañina. El Patrón, ahora erguido y con una sonrisa de triunfo, no perdió tiempo: —¿Ya te diste cuenta? —preguntó, saboreando su ventaja—. Toda la fuerza que yo haga, va a rebotar. Soy tan fornido que hasta cuando resistes me duele a ti. Es como pegarle a un burro con la mano. Te va a doler más a ti que a mí. La niña lo miró con intensidad. Comprendió que estaba ante un ser cuya brutalidad no solo era física, sino que también jugaba con las leyes de la resistencia. Cada golpe suyo sería más peligroso para ella que para él. Pero no estaba dispuesta a rendirse. Su mente comenzaba a trabajar rápidamente, evaluando nuevas estrategias mientras el Patrón se acercaba con una mirada desafiante. La niña pelirroja comenzó a vibrar intensamente, sus brazos en guardia chispeaban con energía mientras desaparecía de la vista como un destello fugaz. El Patrón, desconcertado, giraba la cabeza buscando cualquier señal de su oponente. De repente, una onda de choque impactó directamente en su mentón. —¿Qué... qué demonios? —exclamó, tambaleándose. Otro golpe lo alcanzó en el hombro. —¡Ayy, carajo! —gruñó, llevándose una mano al lugar del impacto. Los golpes continuaron cayendo sin descanso en diferentes partes de su cuerpo. Cada impacto venía acompañado de un estallido sónico, como un látigo que rasgaba el aire: **bom, bom, bom, bom**. Gruñendo entre dientes, el Patrón extendió sus brazos y, usando su instinto, logró atrapar a la niña pelirroja justo frente a su estómago. —¡Te tengo, escuincla! —vociferó. Pero al instante notó que sujetarla era como intentar atrapar un colibrí. Sus manos temblaban, incapaces de cerrarse por completo. La vibración de la niña repelía incluso sus huesos, impidiéndole ejercer fuerza alguna. La niña, recargando ambos brazos con un brillo cegador, separó tres discos de sus extremidades. Los discos giraron y se precipitaron hacia el núcleo de sus puños, amplificando su fuerza. —¡Esto es por todos los que hiciste caer! —gritó. Con un movimiento explosivo, sus puños vibrantes impactaron directamente en el estómago del Patrón. El golpe generó una onda de choque tan potente que resonó como un trueno en todo el pueblo. El impacto obligó al Patrón a soltarla, pero su propio abdomen, rebotando con la fuerza del golpe, alcanzó a golpear accidentalmente a la niña, lanzándola varios metros hacia atrás. Entonces, ocurrió lo inesperado. El Patrón dejó escapar un sonoro y grotesco eructo. —¡Burrrrp! —el sonido reverberó como una burla involuntaria. El hedor del eructo, profundo y nauseabundo, golpeó a la niña con tal intensidad que la noqueó por un par de segundos en pleno vuelo. Al recuperar la conciencia, giró en el aire y aterrizó con gracia, aunque visiblemente molesta. —¡Qué asquerosidad! —exclamó, llevándose una mano a la nariz y frunciendo el ceño con furia mientras observaba al Patrón tambalearse, jadeante, pero todavía de pie. —Ejeje... —rió el Patrón, recuperando el aliento y sacudiéndose—. ¡Eso estuvo interesante, chamaca! Pero todavía te falta para tumbarme. La niña apretó los puños. Ahora no solo estaba decidida a vencerlo, sino que el asco y la humillación la habían enfurecido aún más. El Patrón afilaba su sonrisa con la misma paciencia con la que deslizaba la cuerda entre sus dedos callosos. El brillo aceitoso de su sudor hacía que sus movimientos se vieran aún más desquiciados bajo la luz tenue. —Ya me estoy aburriendo, niña —murmuró mientras anudaba con precisión cada giro de la cuerda. —No estoy acostumbrado a que quienes me retan vivan tanto. Con un movimiento teatral, sacó una cuerda gruesa de su bolsillo derecho y comenzó a trabajar en ella, retorciéndola como si estuviera en medio de un ritual. —Podría usar a alguien como tú... —dijo, mientras balanceaba la cuerda para medir su peso. —No te voy a ofrecer viejas… a menos que seas de esas. La niña interrumpió bruscamente, su voz cargada de furia y orgullo: —¡OCHO AÑOS! El Patrón apenas hizo una pausa, mostrando una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Sí, sí, como decía... —prosiguió con un tono burlón—. ¿Qué tal dinero? Podrías comprarte muchos dulces, lechita… y pañalitos. —Rió profundamente, su voz resonando como un trueno. —Solo trabaja para mí y tendrás respeto y miedo. Eres muy joven aún, pero cuando yo me haga viejo y me retire a mi rancho, tú podrías quedarte como la patronita... No, ¡LA PELIRROJA MACABRA! ¿Qué te parece ese título? La niña no respondió. Sus ojos se clavaron en el machete que el hombre colgaba de su cinturón. Ella no veía un adversario, sino un obstáculo. Extendió su brazo izquierdo, y de él emergió una navaja unida a una cadena de cuchillas que comenzó a girar con furia, envuelta en un campo de electricidad chispeante. El Patrón fingió sorpresa y se encogió de hombros. —Bueno, pues… Yo solo decía. La cuerda comenzó a balancearse de sus manos, un movimiento engañosamente casual, como si el hombre estuviera jugando con una serpiente adiestrada. La niña arremetió con precisión, descargando golpes y barridos con su arma, pero el Patrón esquivaba cada ataque con agilidad sorprendente para su tamaño. La cuerda se deslizaba por el aire en direcciones inesperadas, como si tuviera vida propia. A veces pasaba cerca de la niña; otras, regresaba a las manos del hombre desde ángulos imposibles. Finalmente, la navaja logró impactar en el Patrón, pero no como ella esperaba. En lugar de cortarlo, la cadena se enredó en la capa de sudor, grasa y vello que lo cubría como una armadura natural. La sierra quedó atascada, y con un crujido metálico, la hoja cedió, enviando la cadena volando hacia atrás. El Patrón estalló en carcajadas. —Eso no sirve —dijo con desdén, empujando a la niña hacia atrás con la fuerza de una ola. —Necesitas un filo de verdad. Con un movimiento deliberado, sacó un largo machete de obsidiana que brillaba como la noche misma. —Este machete… —dijo, levantándolo para que la luz acariciara su filo— era la daga de un dios azteca. Ya no tiene poder real, pero corta re bonito. La niña frunció el ceño, evaluando rápidamente la situación. Sabía que la obsidiana era traicionera, un filo tan afilado que cualquier tajada sería devastadora. Sin embargo, no podía retroceder. Entonces, ocurrió algo inesperado. Al dar un paso hacia atrás para ajustar su postura, su pie tropezó con algo. Miró hacia abajo y vio la cuerda. El Patrón había usado sus movimientos previos para tender una trampa. La cuerda estaba por todas partes, rodeándola, limitando su espacio de maniobra. El hombre sonrió ampliamente, como un depredador que había acorralado a su presa. —¿Ya viste? —dijo, con una sonrisa cruel. —Ya mero acabamos. La niña apretó los dientes, sabiendo que el tiempo se acababa. Cada movimiento ahora era crítico, y escapar de esa trampa sería el primer paso para revertir la balanza. Aquí tienes una versión mejorada y afinada del fragmento: --- La niña pelirroja estaba acorralada. Si intentaba volar las cuerdas, estas la atraparían; si optaba por cortarlas con algún filo o láser, le daría al patrón la oportunidad perfecta para atacarla. No quería arriesgarse a comprobar si el machete de obsidiana podía atravesar sus defensas. Para empeorar las cosas, el patrón parecía moverse entre las cuerdas con la agilidad de una araña obesa y grotesca, pero letal. Sin embargo, algo no cuadraba. Las habilidades físicas del patrón desafiaban la lógica. Aunque su alta densidad explicaba su resistencia, su velocidad, fuerza y destreza eran imposibles para un ser humano normal. La niña evaluó rápidamente: ¿era un alienígena, un mago o algún tipo de metahumano? No parecía encajar del todo en ninguna categoría; había algo inexplicable en él. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el patrón, aprovechando las cuerdas tensadas, comenzó a impulsarse velozmente hacia ella. Primero se balanceó de un lado al otro, luego se lanzó directo, machete en mano. La niña calculó su trayectoria y logró esquivar el corte, pero el patrón tensó una cuerda y la usó como látigo, golpeándola en la espalda con un chasquido que la lanzó hacia un lado. Resistiendo el dolor, la niña maniobró para evitar enredarse en las cuerdas. Entonces, la lluvia comenzó a caer. El patrón rio a carcajadas mientras le gritaba: —¡Con la reata mojada soy mucho más rápido! Y lo demostró. Su velocidad y precisión aumentaron, obligando a la niña a esquivar cortes que terminaban en latigazos de las cuerdas. Jadeante, la pelirroja alzó la vista hacia el cielo, contemplando la tormenta que rugía con truenos y relámpagos. De pronto, tuvo una idea. Convirtiendo su brazo en un cañón sónico, disparó hacia el suelo y logró apartar las cuerdas lo suficiente para impulsarse hacia arriba, sobre el amasijo de nudos. El patrón, viendo su oportunidad, se lanzó tras ella, listo para darle el golpe final. Justo entonces, un rayo descendió del cielo y alcanzó el brazo derecho de la niña, cargándolo de energía. Con un rugido, la niña descargó toda la electricidad acumulada directamente contra el patrón. El impacto iluminó la plaza entera, dibujando sus siluetas en el centro de un resplandor cegador. El patrón soltó un alarido y cayó sobre su enredo de cuerdas, las cuales, tensadas por el impacto, formaron una improvisada hamaca que evitó que se estrellara contra el suelo. La plaza quedó en silencio por un momento, salvo por el ruido de la lluvia. Las cuerdas, ahora enredadas y tensas, ya no eran una amenaza. Sin embargo, el patrón se levantó lentamente de la "hamaca", su rostro rojo de furia y su respiración pesada. Miró a la niña con una mezcla de rabia y desprecio. —¡Condenada chiquilla meada...! —escupió con voz áspera, mientras apretaba el machete con fuerza. El patrón estaba requemado, la piel ennegrecida en algunos puntos, el vello chamuscado y emitiendo un hedor metálico mezclado con grasa quemada. Tosió, primero con fuerza y luego más leve, como si estuviera reorganizándose. La niña notó algo fugaz en ese instante: una grieta en su postura. Por un breve momento, la monstruosa figura que tenía frente a ella parecía menos sólida, más vulnerable. **"¿Podría ser esto...?"** pensó, mientras analizaba cada movimiento. El patrón levantó la cabeza y su mirada recobró la intensidad. Ese instante de aparente debilidad desapareció tan rápido como había llegado. Su presencia volvía a dominar la escena, como un titán imposible de abatir. La historia del patrón no era solo una colección de rumores, sino un retrato oscuro de la brutalidad personificada. No había surgido al poder con alianzas o promesas vacías; su ascenso fue el resultado de una crueldad calculada y una inteligencia instintiva que parecía casi sobrenatural. Desde las sombras, poco a poco, tomó control de cada aspecto del territorio que ahora gobernaba como si fuese su reino. Su mayor fortaleza era su capacidad para detectar cualquier amenaza antes de que pudiera germinar. No se sabía cómo lo hacía, pero quienes intentaban traicionarlo nunca llegaban a actuar. Solo una mirada suya bastaba para que sus seguidores se congelaran en pánico, conscientes de que cualquier signo de deslealtad significaría su fin. Y cuando alguien lo desafiaba, no había negociación ni palabras: el patrón lo ejecutaba él mismo. Cuentan que aplastaba los cráneos de sus víctimas con una sola mano, y lo hacía de tal forma que el sonido resonaba como un eco de advertencia para el resto. Pero había algo aún más desconcertante. Nunca utilizaba teléfonos ni dispositivos electrónicos. Todas sus órdenes eran entregadas por mensajeros. Lo que hacía únicos a esos emisarios era que hablaban con su voz, repitiendo sus palabras exactas como si el patrón estuviera poseyendo su cuerpo. Hubo incluso un incidente ampliamente conocido: una niña de apenas tres años, que no podía formar oraciones coherentes, recitó instrucciones detalladas para coordinar una operación compleja. Y una vez cumplida su tarea, como todos los mensajeros del patrón, quedó atrapada en un estado de amnesia total, incapaz de recordar siquiera su propio nombre. Era imposible no asociar sus habilidades con algo más allá de lo humano. Cada vez que se intentaba construir un perfil lógico sobre él, los hechos parecían contradecirse. Su inmensa densidad física no debería permitirle la agilidad que demostraba. Su resistencia desafiaba las leyes biológicas. Incluso su capacidad para manipular a otros era inexplicable en términos convencionales. La niña pelirroja comenzó a conectar las piezas, ajustando cada posibilidad. Si estaba en lo cierto, había una vulnerabilidad en el patrón, algo que ella podría aprovechar. Pero si se equivocaba, si realmente existía un componente místico o una fuerza que lo hacía invencible... la batalla estaba perdida antes de comenzar. Apretó los puños, y la energía en sus guantes chispeó con intensidad. No había margen para errores. El patrón comenzó a moverse nuevamente, sacudiéndose los restos de quemaduras como si no fuesen más que polvo en su piel. —Te lo advertí, niña —gruñó, con un tono bajo que parecía retumbar desde las profundidades de la tierra—. Esto acaba aquí. Ella lo miró con determinación. Si su teoría era correcta, esta sería su última oportunidad. El pueblo se alzaba lleno de vida desde la distancia. Su bullicio era inconfundible: risas, voces de comerciantes ofreciendo mercancías, ladridos de perros y el esporádico maullido de gatos vagabundos. En el centro de la plaza, una figura colosal dominaba la escena. Sentado como un rey en su trono, sostenía tarros descomunales de cerveza, mientras mujeres delgadas orbitaban a su alrededor como polillas hipnotizadas por la luz de una llama. A lo lejos, la silueta de una niña pelirroja emergió en el cielo. Sus brazos biónicos relucían bajo el sol, ajustando finamente el enfoque de su sistema F3. Con un rugido metálico, las turbinas en sus extremidades cobraron vida, impulsándola hacia el pueblo. Su llegada era inconfundible; el zumbido de los motores resonaba como un presagio. A medida que se aproximaba, el pueblo, antes tan animado, pareció retraerse, como una flor cerrándose al anochecer. Cuando sus pies tocaron tierra en las inmediaciones, el bullicio se había desvanecido. Solo quedaba un silencio sombrío y opresivo. Aunque sus ojos apenas percibían movimiento, sus sensores no la engañaban. Detectaba formas humanas ocultas entre las sombras, camufladas con una destreza inquietante. Pero para ella, eran tan evidentes como insectos en un lienzo inmaculado. Sin detenerse, avanzó por las calles desiertas. Al principio, solo el susurro del viento acompañaba sus pasos, pero pronto empezaron a surgir murmullos. Estos se transformaron en susurros nerviosos, para finalmente explotar en órdenes gritadas. Un batallón emergió de las sombras, rodeándola. Eran figuras delgadas, vestidas con ropa sencilla, pero empuñaban metralletas con determinación. Una emboscada clara, pero mal calculada. La niña se detuvo, serena, y sus labios apenas se torcieron en un gesto de disgusto. De sus brazos biónicos emergieron antenas finas y pulsantes, un diseño tan letal como elegante. Un instante después, el aire se saturó de microondas invisibles pero devastadoras. Las armas de sus atacantes comenzaron a sobrecalentarse, quemando las manos que las sostenían. Los gritos de dolor y desesperación se multiplicaron mientras los cargadores explotaban en chispas y esquirlas inofensivas. En cuestión de segundos, las metralletas yacían en el suelo, inutilizadas, y los atacantes, desarmados, retrocedían entre gemidos de miedo. Ella no buscaba causar bajas; aquel ataque había sido una advertencia calculada, precisa. No estaba allí para perder el tiempo con simples esbirros. Su objetivo era el hombre colosal que se deleitaba como un rey en la plaza. Él era la razón de su visita. Sin detenerse, la niña avanzó, decidida, mientras los ecos de su disuasión aún resonaban en el aire caliente del pueblo desolado. Al llegar a la plaza, la figura colosal seguía allí, imponente como una montaña. Ahora solo, parecía aún más intimidante bajo la luz tenue del atardecer. Vestía botas de piel de serpiente que crujían al moverse, un pantalón de mezclilla que tensaba bajo su corpulencia, una camisa a cuadros remangada que apenas contenía su torso macizo, y un sombrero amplio que junto a unos lentes oscuros ocultaban la mayor parte de su rostro. Un mostacho espeso y una barba tupida, semejante a escarpias, asomaban bajo la sombra del ala del sombrero. Su pecho era un espectáculo de opulencia: gruesas cadenas de oro puro descansaban sobre él, adornadas con medallas que iban desde simples placas hasta auténticas obras de arte que representaban cruces y santos. En sus brazos, tan gruesos y peludos como troncos, se enrollaban esclavas de oro que parecían serpientes vivas, mientras sus dedos, gruesos como salchichas, estaban cubiertos por anillos con gemas brillando en colores intensos. La niña lo enfrentó con una calma contenida, pero él fue el primero en hablar. Su voz resonó como un trueno, grave y autoritaria: —¿Qué haces aquí, escuincla? Ella sostuvo su mirada, sin amedrentarse, y respondió con determinación: —He venido para someterte y cerrar tu centro de operaciones. Has comerciado y vendido veneno por demasiado tiempo. El hombre lanzó una carcajada que resonó como un terremoto, haciendo vibrar las ventanas de los edificios cercanos. Su risa, profunda y burlona, dejó entrever una dentadura cubierta de oro, un símbolo más de su desmedida riqueza. —¿Sabes cuántos equipos, escuadrones y cazadores han mandado a por mí? —dijo, señalando con uno de sus dedos gruesos y enjoyados hacia un pozo cercano. Su gesto era lento, deliberado, casi teatral. La niña siguió la dirección de su dedo y se encontró con una fosa o, más bien, una letrina que exhalaba un hedor nauseabundo, mezcla de desechos humanos y muerte. —¿Sabes dónde terminan? —añadió con una sonrisa cínica. Ella apretó los dientes, sintiendo una furia silenciosa arder en su interior. —Allí terminaron hombres y mujeres leales que dieron su vida por su nación —replicó con firmeza, conteniendo el temblor en su voz—. Héroes que debieron caer con honores, no en esa fosa decadente. El hombre no mostró arrepentimiento alguno; al contrario, pareció disfrutar del dolor que sus palabras provocaban. —Así es —confirmó con un tono casi solemne, como si fuera un juramento—. Allí termina todo aquel que se atreve a ir en mi contra. Su voz, cargada de desprecio y amenaza, era un eco de su poder absoluto. Pero la niña no retrocedió. Su mirada de fuego prometía que no sería como los demás. No habría clemencia ni retirada. Allí, en esa plaza, el enfrentamiento era inevitable. Con una risa llena de desprecio, el hombre continuó, su voz impregnada de sorna y arrogancia: —¿Y ahora, tras quedarse sin tropas, mandan a una chiquilla de calzones miados y con leche todavía escurriéndole de la boca a enfrentarse a mí? Su respiración se tornaba más pesada, como si la furia contenida lo inflamase desde dentro. —¿¡A mí!? ¿Que yo soy *el Patrón*? ¡El cabrón más grande y canijo de todo el norte! —rugió, golpeándose el pecho con tal fuerza que las cadenas de oro tintinearon como campanas de advertencia—. Si a esas vamos, escuincla, una vez que te pisotee, me voy con mi gente a la meritita capital a quitar al pelele que ocupa la silla. ¡Esa ciudad será mía también! El eco de su risa resonaba en la plaza, llenándola con un aire denso de amenaza y poder. La niña pelirroja permanecía inmóvil, observándolo en silencio. Sus sensores ya lo habían escaneado y, aunque los datos eran desconcertantes, su rostro no delataba nada. Sabía que el enfrentamiento no sería sencillo. El análisis revelaba que más del 80% de su cuerpo era tejido denso, casi impenetrable, algo más allá de lo natural. Sin embargo, eso no explicaba cómo había logrado someter tanto territorio. Había algo oculto, algo que aún no podía identificar. El Patrón, notando su quietud, alzó una ceja bajo el ala del sombrero y sonrió con burla. —¿Y bien? ¿A qué esperas? —tronó, abriendo los brazos en un gesto de falsa invitación—. Como eres una nenita, te voy a permitir dar el primer golpazo. Pero que sea bien dado, ¿eh? Porque después de eso, no me voy a contener. No quiero que luego andes chillando. La tensión en el aire era casi palpable. La niña permanecía impasible, sus ojos fijos en su objetivo. Su mente, sin embargo, trabajaba a toda velocidad. Cada palabra del Patrón, cada gesto exagerado, cada risa burlona eran piezas de un rompecabezas que debía resolver antes de que él desatara su furia. Si iba a golpear primero, tenía que asegurarse de que fuera con la precisión y fuerza necesarias para equilibrar la balanza. Sin un solo parpadeo, la niña ajustó sus brazos biónicos, las turbinas zumbando suavemente como una advertencia. Ella no buscaba protagonismo, ni palabras, solo resultados. La primera jugada sería suya, y no pensaba desaprovecharla. La niña pelirroja extendió su brazo derecho, y de las uniones mecánicas emergieron dos discos que comenzaron a girar a toda velocidad, emitiendo un zumbido agudo. El Patrón la observaba con una sonrisa condescendiente, como si disfrutara de un espectáculo infantil. Pero antes de que pudiera soltar algún comentario burlón, la niña desapareció en un suspiro. De repente, estaba frente a él, tan cerca que podía oler el ligero aroma metálico que emanaban sus brazos biónicos. —¡POW! —exclamó la niña, y los discos de su brazo chocaron como el martillo de un revólver. Un chispazo brillante iluminó brevemente la escena, y el impacto cayó directo en el centro del corpulento ombligo del Patrón. El golpe fue devastador; el aire escapó de sus pulmones con un sonido gutural. —¡Ayyy, hija de la re… fumfuña! —gruñó, tambaleándose mientras apretaba los dientes. Su rostro, aunque desfigurado por el dolor, comenzó a cambiar. El ardor en su abdomen encendió una rabia que parecía provenir de lo más profundo de su ser. Dio un paso atrás, sus botas resonando contra el suelo polvoriento, y como si fuese un resorte, lanzó un puñetazo con su brazo derecho. Fue un golpe instintivo, feroz y rápido, sin dejar espacio para la reacción. La niña pelirroja salió disparada, cruzada de brazos para amortiguar el impacto mientras era arrastrada varios metros. Aterrizó con fuerza, pero al instante se reincorporó. Había sentido el golpe, pesado como un martillo hidráulico, pero sabía que podía manejarlo. Jadeando, el Patrón habló, con un tono que mezclaba admiración y desafío: —¡Ah, pa’ manita pesada que te cargas, chamaca! Pero ya viste que yo también tengo con qué. La niña, confundida, frunció el ceño. Claro, había sido un buen golpe, pero nada que justificara tanto alarde. Fue entonces cuando lo notó: tres hendiduras en forma de anillo marcadas en su brazo izquierdo. Se detuvo un segundo para procesarlo. Nunca antes algo había logrado abollar el metal de sus prótesis. Ese pensamiento fue interrumpido abruptamente por un malestar en su abdomen. Una sensación extraña, como un espasmo, ascendió desde su estómago hasta su garganta, obligándola a regurgitar un poco de bilis. —¿Qué…? —murmuró, desconcertada. El Patrón estalló en una carcajada, más estruendosa y burlesca que nunca. —¡Ahí está! —gritó, señalándola con un dedo enjoyado—. El rebote, chamaca. Más vale maña que fuerza. La niña lo miró, ahora con una mezcla de incredulidad y desdén. Algo en ese hombre era más peligroso de lo que había anticipado. No solo era fuerte; jugaba con reglas distintas, y estaba dispuesta a descubrirlas, aunque tuviera que arrancarle cada secreto con sus propias manos. El Patrón, con una sonrisa torcida, recogió una roca del suelo, sosteniéndola en su mano gruesa y peluda. —Pues mira, chamaca, como te vas a morir, te voy a enseñar cómo es mi truco —dijo, golpeando la roca con un dedo enjoyado. Un leve sonido resonó al impacto, pero lo que vino después fue impresionante: una onda de choque invisible recorrió la piedra, haciéndola vibrar. —El primer trancazo —continuó el Patrón, mientras la piedra comenzaba a fracturarse— es el mero conecte. Ese genera una onda que rebota en lo golpeado, y el segundo golpe... La roca estalló en fragmentos y se desmoronó como arena. —… atraviesa cualquier cosa —concluyó, soltando una risa grave que resonó en la plaza. Sin perder tiempo, comenzó a correr hacia la niña con sorprendente agilidad para alguien de su tamaño, sus botas retumbando contra el suelo como tambores de guerra. La niña, con sus brazos levantados y listos, apuntó directamente hacia él. —Ok —dijo con calma, mientras una ráfaga de proyectiles salía disparada de sus brazos biónicos. Las balas impactaron al Patrón, perforando su ropa y dejando marcas visibles en su piel. Pero él no se detuvo. Con cada paso, parecía ganar más fuerza, su figura imponente avanzando como una locomotora. Cuando finalmente lo tuvo frente a ella, el Patrón lanzó su peso completo en un intento por embestirla. La niña reaccionó al instante, colocando sus brazos al frente para absorber la embestida. La colisión fue brutal: el impacto resonó en toda la plaza, pero la niña logró detenerlo, utilizando su fuerza mecánica para desequilibrarlo. Aprovechando la inercia del Patrón, giró su cuerpo con precisión y lo redirigió hacia un poste cercano. El gigante ranchero, incapaz de frenar, se estrelló contra él con tal fuerza que el poste se dobló y cayó al suelo, levantando una nube de polvo. —¡Huuurrrgh! —gruñó el Patrón, su voz ronca y llena de frustración. Desde el suelo, el hombre levantó la mirada hacia la niña, que lo observaba con firmeza, preparándose para el siguiente asalto. Aunque su cuerpo parecía indestructible, el Patrón no era invencible. La niña lo sabía, y ahora tenía claro que solo necesitaba encontrar el punto exacto donde golpear. —Ejeje —rió el Patrón, mientras se levantaba del suelo, sacudiéndose el polvo de su ropa con desdén—. Buena esa, decías. La niña pelirroja, que observaba atentamente al gigante, notó que las heridas superficiales que le habían dejado los proyectiles no eran más que una acumulación de sudor, grasa y vello en su piel, como si toda su suciedad actuara como una armadura improvisada. "Ping", sonó un aviso de su asistente. —Campo de fuerza al 88 por ciento —indicó la pantalla. La niña frunció el ceño, confundida. —¿Qué? —murmuró para sí misma. El impacto del golpe había sido fuerte, pero ¿cómo es que había dañado su campo de fuerza? El pensamiento le dio un vuelco en el estómago. Si había sido tan grave el impacto que había mermado su campo de fuerza, eso significaba que cada interacción con él, por dura que fuera, acabaría siendo mutuamente dañina. El Patrón, ahora erguido y con una sonrisa de triunfo, no perdió tiempo: —¿Ya te diste cuenta? —preguntó, saboreando su ventaja—. Toda la fuerza que yo haga, va a rebotar. Soy tan fornido que hasta cuando resistes me duele a ti. Es como pegarle a un burro con la mano. Te va a doler más a ti que a mí. La niña lo miró con intensidad. Comprendió que estaba ante un ser cuya brutalidad no solo era física, sino que también jugaba con las leyes de la resistencia. Cada golpe suyo sería más peligroso para ella que para él. Pero no estaba dispuesta a rendirse. Su mente comenzaba a trabajar rápidamente, evaluando nuevas estrategias mientras el Patrón se acercaba con una mirada desafiante. La niña pelirroja comenzó a vibrar intensamente, sus brazos en guardia chispeaban con energía mientras desaparecía de la vista como un destello fugaz. El Patrón, desconcertado, giraba la cabeza buscando cualquier señal de su oponente. De repente, una onda de choque impactó directamente en su mentón. —¿Qué... qué demonios? —exclamó, tambaleándose. Otro golpe lo alcanzó en el hombro. —¡Ayy, carajo! —gruñó, llevándose una mano al lugar del impacto. Los golpes continuaron cayendo sin descanso en diferentes partes de su cuerpo. Cada impacto venía acompañado de un estallido sónico, como un látigo que rasgaba el aire: **bom, bom, bom, bom**. Gruñendo entre dientes, el Patrón extendió sus brazos y, usando su instinto, logró atrapar a la niña pelirroja justo frente a su estómago. —¡Te tengo, escuincla! —vociferó. Pero al instante notó que sujetarla era como intentar atrapar un colibrí. Sus manos temblaban, incapaces de cerrarse por completo. La vibración de la niña repelía incluso sus huesos, impidiéndole ejercer fuerza alguna. La niña, recargando ambos brazos con un brillo cegador, separó tres discos de sus extremidades. Los discos giraron y se precipitaron hacia el núcleo de sus puños, amplificando su fuerza. —¡Esto es por todos los que hiciste caer! —gritó. Con un movimiento explosivo, sus puños vibrantes impactaron directamente en el estómago del Patrón. El golpe generó una onda de choque tan potente que resonó como un trueno en todo el pueblo. El impacto obligó al Patrón a soltarla, pero su propio abdomen, rebotando con la fuerza del golpe, alcanzó a golpear accidentalmente a la niña, lanzándola varios metros hacia atrás. Entonces, ocurrió lo inesperado. El Patrón dejó escapar un sonoro y grotesco eructo. —¡Burrrrp! —el sonido reverberó como una burla involuntaria. El hedor del eructo, profundo y nauseabundo, golpeó a la niña con tal intensidad que la noqueó por un par de segundos en pleno vuelo. Al recuperar la conciencia, giró en el aire y aterrizó con gracia, aunque visiblemente molesta. —¡Qué asquerosidad! —exclamó, llevándose una mano a la nariz y frunciendo el ceño con furia mientras observaba al Patrón tambalearse, jadeante, pero todavía de pie. —Ejeje... —rió el Patrón, recuperando el aliento y sacudiéndose—. ¡Eso estuvo interesante, chamaca! Pero todavía te falta para tumbarme. La niña apretó los puños. Ahora no solo estaba decidida a vencerlo, sino que el asco y la humillación la habían enfurecido aún más. El Patrón afilaba su sonrisa con la misma paciencia con la que deslizaba la cuerda entre sus dedos callosos. El brillo aceitoso de su sudor hacía que sus movimientos se vieran aún más desquiciados bajo la luz tenue. —Ya me estoy aburriendo, niña —murmuró mientras anudaba con precisión cada giro de la cuerda. —No estoy acostumbrado a que quienes me retan vivan tanto. Con un movimiento teatral, sacó una cuerda gruesa de su bolsillo derecho y comenzó a trabajar en ella, retorciéndola como si estuviera en medio de un ritual. —Podría usar a alguien como tú... —dijo, mientras balanceaba la cuerda para medir su peso. —No te voy a ofrecer viejas… a menos que seas de esas. La niña interrumpió bruscamente, su voz cargada de furia y orgullo: —¡OCHO AÑOS! El Patrón apenas hizo una pausa, mostrando una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Sí, sí, como decía... —prosiguió con un tono burlón—. ¿Qué tal dinero? Podrías comprarte muchos dulces, lechita… y pañalitos. —Rió profundamente, su voz resonando como un trueno. —Solo trabaja para mí y tendrás respeto y miedo. Eres muy joven aún, pero cuando yo me haga viejo y me retire a mi rancho, tú podrías quedarte como la patronita... No, ¡LA PELIRROJA MACABRA! ¿Qué te parece ese título? La niña no respondió. Sus ojos se clavaron en el machete que el hombre colgaba de su cinturón. Ella no veía un adversario, sino un obstáculo. Extendió su brazo izquierdo, y de él emergió una navaja unida a una cadena de cuchillas que comenzó a girar con furia, envuelta en un campo de electricidad chispeante. El Patrón fingió sorpresa y se encogió de hombros. —Bueno, pues… Yo solo decía. La cuerda comenzó a balancearse de sus manos, un movimiento engañosamente casual, como si el hombre estuviera jugando con una serpiente adiestrada. La niña arremetió con precisión, descargando golpes y barridos con su arma, pero el Patrón esquivaba cada ataque con agilidad sorprendente para su tamaño. La cuerda se deslizaba por el aire en direcciones inesperadas, como si tuviera vida propia. A veces pasaba cerca de la niña; otras, regresaba a las manos del hombre desde ángulos imposibles. Finalmente, la navaja logró impactar en el Patrón, pero no como ella esperaba. En lugar de cortarlo, la cadena se enredó en la capa de sudor, grasa y vello que lo cubría como una armadura natural. La sierra quedó atascada, y con un crujido metálico, la hoja cedió, enviando la cadena volando hacia atrás. El Patrón estalló en carcajadas. —Eso no sirve —dijo con desdén, empujando a la niña hacia atrás con la fuerza de una ola. —Necesitas un filo de verdad. Con un movimiento deliberado, sacó un largo machete de obsidiana que brillaba como la noche misma. —Este machete… —dijo, levantándolo para que la luz acariciara su filo— era la daga de un dios azteca. Ya no tiene poder real, pero corta re bonito. La niña frunció el ceño, evaluando rápidamente la situación. Sabía que la obsidiana era traicionera, un filo tan afilado que cualquier tajada sería devastadora. Sin embargo, no podía retroceder. Entonces, ocurrió algo inesperado. Al dar un paso hacia atrás para ajustar su postura, su pie tropezó con algo. Miró hacia abajo y vio la cuerda. El Patrón había usado sus movimientos previos para tender una trampa. La cuerda estaba por todas partes, rodeándola, limitando su espacio de maniobra. El hombre sonrió ampliamente, como un depredador que había acorralado a su presa. —¿Ya viste? —dijo, con una sonrisa cruel. —Ya mero acabamos. La niña apretó los dientes, sabiendo que el tiempo se acababa. Cada movimiento ahora era crítico, y escapar de esa trampa sería el primer paso para revertir la balanza. Aquí tienes una versión mejorada y afinada del fragmento: --- La niña pelirroja estaba acorralada. Si intentaba volar las cuerdas, estas la atraparían; si optaba por cortarlas con algún filo o láser, le daría al patrón la oportunidad perfecta para atacarla. No quería arriesgarse a comprobar si el machete de obsidiana podía atravesar sus defensas. Para empeorar las cosas, el patrón parecía moverse entre las cuerdas con la agilidad de una araña obesa y grotesca, pero letal. Sin embargo, algo no cuadraba. Las habilidades físicas del patrón desafiaban la lógica. Aunque su alta densidad explicaba su resistencia, su velocidad, fuerza y destreza eran imposibles para un ser humano normal. La niña evaluó rápidamente: ¿era un alienígena, un mago o algún tipo de metahumano? No parecía encajar del todo en ninguna categoría; había algo inexplicable en él. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el patrón, aprovechando las cuerdas tensadas, comenzó a impulsarse velozmente hacia ella. Primero se balanceó de un lado al otro, luego se lanzó directo, machete en mano. La niña calculó su trayectoria y logró esquivar el corte, pero el patrón tensó una cuerda y la usó como látigo, golpeándola en la espalda con un chasquido que la lanzó hacia un lado. Resistiendo el dolor, la niña maniobró para evitar enredarse en las cuerdas. Entonces, la lluvia comenzó a caer. El patrón rio a carcajadas mientras le gritaba: —¡Con la reata mojada soy mucho más rápido! Y lo demostró. Su velocidad y precisión aumentaron, obligando a la niña a esquivar cortes que terminaban en latigazos de las cuerdas. Jadeante, la pelirroja alzó la vista hacia el cielo, contemplando la tormenta que rugía con truenos y relámpagos. De pronto, tuvo una idea. Convirtiendo su brazo en un cañón sónico, disparó hacia el suelo y logró apartar las cuerdas lo suficiente para impulsarse hacia arriba, sobre el amasijo de nudos. El patrón, viendo su oportunidad, se lanzó tras ella, listo para darle el golpe final. Justo entonces, un rayo descendió del cielo y alcanzó el brazo derecho de la niña, cargándolo de energía. Con un rugido, la niña descargó toda la electricidad acumulada directamente contra el patrón. El impacto iluminó la plaza entera, dibujando sus siluetas en el centro de un resplandor cegador. El patrón soltó un alarido y cayó sobre su enredo de cuerdas, las cuales, tensadas por el impacto, formaron una improvisada hamaca que evitó que se estrellara contra el suelo. La plaza quedó en silencio por un momento, salvo por el ruido de la lluvia. Las cuerdas, ahora enredadas y tensas, ya no eran una amenaza. Sin embargo, el patrón se levantó lentamente de la "hamaca", su rostro rojo de furia y su respiración pesada. Miró a la niña con una mezcla de rabia y desprecio. —¡Condenada chiquilla meada...! —escupió con voz áspera, mientras apretaba el machete con fuerza. El patrón estaba requemado, la piel ennegrecida en algunos puntos, el vello chamuscado y emitiendo un hedor metálico mezclado con grasa quemada. Tosió, primero con fuerza y luego más leve, como si estuviera reorganizándose. La niña notó algo fugaz en ese instante: una grieta en su postura. Por un breve momento, la monstruosa figura que tenía frente a ella parecía menos sólida, más vulnerable. **"¿Podría ser esto...?"** pensó, mientras analizaba cada movimiento. El patrón levantó la cabeza y su mirada recobró la intensidad. Ese instante de aparente debilidad desapareció tan rápido como había llegado. Su presencia volvía a dominar la escena, como un titán imposible de abatir. La historia del patrón no era solo una colección de rumores, sino un retrato oscuro de la brutalidad personificada. No había surgido al poder con alianzas o promesas vacías; su ascenso fue el resultado de una crueldad calculada y una inteligencia instintiva que parecía casi sobrenatural. Desde las sombras, poco a poco, tomó control de cada aspecto del territorio que ahora gobernaba como si fuese su reino. Su mayor fortaleza era su capacidad para detectar cualquier amenaza antes de que pudiera germinar. No se sabía cómo lo hacía, pero quienes intentaban traicionarlo nunca llegaban a actuar. Solo una mirada suya bastaba para que sus seguidores se congelaran en pánico, conscientes de que cualquier signo de deslealtad significaría su fin. Y cuando alguien lo desafiaba, no había negociación ni palabras: el patrón lo ejecutaba él mismo. Cuentan que aplastaba los cráneos de sus víctimas con una sola mano, y lo hacía de tal forma que el sonido resonaba como un eco de advertencia para el resto. Pero había algo aún más desconcertante. Nunca utilizaba teléfonos ni dispositivos electrónicos. Todas sus órdenes eran entregadas por mensajeros. Lo que hacía únicos a esos emisarios era que hablaban con su voz, repitiendo sus palabras exactas como si el patrón estuviera poseyendo su cuerpo. Hubo incluso un incidente ampliamente conocido: una niña de apenas tres años, que no podía formar oraciones coherentes, recitó instrucciones detalladas para coordinar una operación compleja. Y una vez cumplida su tarea, como todos los mensajeros del patrón, quedó atrapada en un estado de amnesia total, incapaz de recordar siquiera su propio nombre. Era imposible no asociar sus habilidades con algo más allá de lo humano. Cada vez que se intentaba construir un perfil lógico sobre él, los hechos parecían contradecirse. Su inmensa densidad física no debería permitirle la agilidad que demostraba. Su resistencia desafiaba las leyes biológicas. Incluso su capacidad para manipular a otros era inexplicable en términos convencionales. La niña pelirroja comenzó a conectar las piezas, ajustando cada posibilidad. Si estaba en lo cierto, había una vulnerabilidad en el patrón, algo que ella podría aprovechar. Pero si se equivocaba, si realmente existía un componente místico o una fuerza que lo hacía invencible... la batalla estaba perdida antes de comenzar. Apretó los puños, y la energía en sus guantes chispeó con intensidad. No había margen para errores. El patrón comenzó a moverse nuevamente, sacudiéndose los restos de quemaduras como si no fuesen más que polvo en su piel. —Te lo advertí, niña —gruñó, con un tono bajo que parecía retumbar desde las profundidades de la tierra—. Esto acaba aquí. Ella lo miró con determinación. Si su teoría era correcta, esta sería su última oportunidad. La niña corrió hacia el patrón con una precisión calculada. Apuntó directamente a la muñeca que sostenía el machete, propinándole cuatro golpes contundentes en rápida sucesión. El machete salió volando, girando en el aire antes de incrustarse en el suelo con un sonido metálico. —¡Argh, canija escuincla! —gritó el patrón, su rostro enrojecido por la furia y el dolor. Sin embargo, justo cuando la niña iba a descargar un tercer golpe en su abdomen, el patrón, con una velocidad que no debería poseer, lanzó su otra mano y la atrapó en pleno movimiento. —¡Urgh! —la niña apenas pudo emitir un quejido, sintiendo cómo el agarre del hombre la aplastaba. Podía ver cómo su campo de fuerza personal, normalmente brillante y robusto, estaba disminuyendo a un ritmo alarmante. La barrera energética chisporroteaba y palidecía, y pronto se desvanecería por completo. El patrón dejó escapar una carcajada sádica que resonó en la plaza vacía. —¡Al fin! Al fin te atrapé, condenada babosita. ¿Sabes? Si te hubieras rendido desde el principio, esto habría terminado rápido. Si hubieras aceptado mi oferta, habrías tenido un futuro brillante. ¡Pero no! Tenías que ponerte difícil, ¿verdad? —dijo, mientras apretaba aún más su agarre, disfrutando de la agonía reflejada en el rostro de la niña. La mirada de la niña se tornó intensa, enfocándose en un único objetivo. Su concentración era absoluta, mientras su mente trabajaba rápidamente en ejecutar un plan que podría cambiar el rumbo de la batalla. El patrón continuó, sin darse cuenta de lo que ocurría: —Ahora, por haberme hecho quedar como un tarado frente a los míos, te voy a usar de ejemplo. Te voy a quebrar, escuincla, y después voy a mandar a mis doctores e ingenieros para que te tuneen como debe ser. Una buena lavada de coco, un par de sapes bien dados, y te convertirás en una chamaca obediente. ¡Te voy a poner a barrer, trapear y hasta lamerme el fundillo, pa' que aprendas y nunca vuelvan a mandar a otra contra mí! La niña cerró los ojos. Sentía cómo su energía interna se acumulaba en un único punto, concentrándose en el disco empotrado en su frente. Este era un truco complicado, uno que exigía toda su capacidad mental y física. El patrón, al ver su aparente pasividad, soltó otra carcajada. —¿Qué pasa, chamaca? ¿Ya te dormiste? ¡Ja! Seguro estás toda cagada y miada. No importa. Ahora mismo voy a taladrarte la mente, y cuando termine, esa cabecita estará tan limpia como mi machete. Entonces, algo cambió. —¿Eh? —el patrón frunció el ceño, esforzándose más en su intento por invadir la mente de la niña. —¿Qué rayos...? —gruñó, haciendo más fuerza, pero sin éxito. Los ojos de la niña se abrieron de golpe, brillando con un intenso resplandor violeta que iluminó el área a su alrededor. Desde el disco en su frente resonó una voz mecánica: —**ONDA ANTI-PSIÓNICA DESPLEGADA.** Una onda expansiva de energía violeta salió disparada del disco, propagándose en todas direcciones con un zumbido ensordecedor. El patrón gritó, llevándose las manos a la cabeza mientras su cuerpo convulsionaba. —¡Aaagh! ¡¿Qué diablos es esto?! El impacto lo obligó a soltar a la niña, quien cayó al suelo con agilidad, aterrizando ilesa. Miró al patrón, ahora tambaleándose, con las manos aún presionadas contra sus sienes. —Te dije que no era tan fácil, viejo baboso —murmuró, su voz cargada de determinación. El espectáculo era aterrador. Aquel titán, antaño imponente e invencible, ahora parecía un mero cascarón de lo que fue. Su figura, que antes desafiaba toda lógica, tambaleaba. Sus bigotes, siempre escarpados y orgullosos, se habían alaciado, como si la derrota los hubiera alcanzado. El peso de sus joyas, antes insignificante, ahora se manifestó con brutalidad, cayendo al suelo como gotas de lluvia de cien kilos, resonando con fuerza. —¡Aaaaooooo! —gritó el patrón, cayendo de rodillas. La gravedad, siempre paciente, reclamaba lo que era suyo. Su físico, una vez símbolo de poder y opulencia, ahora no podía sostenerlo. La niña lo miró desde una distancia prudente, con una sonrisa que apenas se asomaba en su rostro empapado. —Difícil, ¿eh? —dijo con un tono burlón—. Es complicado moverse ahora que tus poderes psiónicos están apagados, ¿verdad? —¿Qué... qué me hiciste? —gruñó el patrón, su voz sofocada por la humillación. La niña rio suavemente, pero con dureza. —¿Cómo crees que podías hacer todo lo que hacías? —dijo mientras lo rodeaba—. Con ese porcentaje de grasa corporal, hace años que el simple esfuerzo de moverte te habría matado. Pero claro, es más fácil engordar que ejercitar músculo, ¿verdad? El patrón rugió, furioso. Con un último intento desesperado, se lanzó hacia ella. Pero su cuerpo, traicionado por la simple realidad, no respondió. Perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Su propio peso lo sometía, dejándolo inmóvil. —Naciste con una capacidad telequinética mínima, —continuó la niña, inclinándose ligeramente hacia él—. Eso fue suficiente para que prosperaras. Para que engañaras a todos. Pero no para siempre. El patrón jadeaba, incapaz de replicar. —Central, ¿me copian? —la niña activó un comunicador en su muñeca—. Necesito transporte de carga y anuladores telequinéticos. El objetivo está neutralizado, pero si recupera sus poderes será un problema. Treinta minutos después, el pueblo celebraba un carnaval improvisado. Las joyas confiscadas al patrón aseguraban un futuro para la comunidad. Mientras tanto, el patrón, contenido en una caja especial, era transportado con grilletes, arneses, y un casco que bloqueaba cualquier conexión con sus habilidades psiónicas. En su celda del Área Especial de Cascabelita, el patrón pasaba los días comiendo comida insípida, que le sabía a cartón. Pero lo peor no era la monotonía, sino el garabato. En la pared de su celda, un pequeño papel colgaba. Había sido dibujado por el mismo patrón en un momento de rabia. Representaba a una niña pelirroja, tosca, con líneas apresuradas y ojos que parecían burla. Cada día, el patrón contemplaba su propio dibujo con una intensidad casi sobrenatural. Su odio era agudo, letal, un veneno que lo consumía por dentro. Pasaba horas mirándolo, esperando. Planeando. Algún día, ese garabato sería el símbolo de su venganza. --- **Epílogo** En el centro del pueblo de San Cascabelito, ahora prospero y lleno de vida, se alzaba una estatua de bronce. Representaba a una niña pelirroja con brazos biónicos, su mirada fija hacia el horizonte. Era un símbolo de esperanza y un recordatorio para quienes osaran intentar recrear el reinado de terror del patrón. En la base de la estatua, una placa relucía bajo el sol: **"En honor a la niñita y aquellos que dieron la vida para defender al pueblo de San Cascabelito."** El pueblo, unido por la tragedia y la victoria, seguía adelante, pero jamás olvidaría los sacrificios que aseguraron su libertad. En el mundo real, el cielo se había teñido de un gris pesado. La lluvia comenzó a caer en pequeñas gotas, pero cada una emitía un sonido peculiar, como el tintineo de un cascabel al tocar el suelo, las piedras o los cuerpos inertes que yacían esparcidos. La estatua que había retenido a la niña se desplomó, inmóvil, convirtiéndose en un pedazo de mármol sin vida. Los cadáveres animados por el Patrón cayeron como muñecos desarticulados, sin rastro de la fuerza telequinética que los sostenía. El propio Patrón, tendido en el suelo con los brazos extendidos y la mirada fija en el cielo, estaba vivo pero completamente ausente, como si su mente hubiera sido despojada de todo pensamiento o conciencia. La niña, ahora libre y de pie, observó el panorama. Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de cansancio. Una corriente de vapor violeta salió de su boca en un sonoro eructo, disipándose rápidamente en el aire cargado de humedad. Parecía ser lo último que quedaba del rastro del Patrón dentro de su mente. Miró a su alrededor, y aunque la lluvia mojaba su rostro, ocultando las lágrimas que corrían por sus mejillas, sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y furia contenida. Todo el horror que había presenciado y el esfuerzo por mantener su propia cordura la dejaron exhausta. —Central... —murmuró con una voz quebrada—. Envien un equipo de limpieza médica a Cascabelitos. Su voz, aunque débil, era clara y firme. Luego permaneció en silencio, inmóvil bajo la tormenta. Las gotas golpeaban con fuerza, creando una sinfonía casi surrealista, mientras ella simplemente observaba el cielo, dejando que la lluvia rugiera y lavara los rastros de sangre, polvo y tragedia. Las instrucciones eran claras y precisas: usar lubricante santificado en los brazos biónicos y beber únicamente agua bendita durante una semana antes de emprender esta misión. Además, se había recomendado "portarse bien", aunque esa sugerencia parecía más una ironía que una norma, dado lo ambiguo que resultaba en estos tiempos. Portarse bien... ¿qué significaba realmente? La niña pelirroja, con su semblante serio, se detuvo un momento a reflexionar, pero rápidamente sacudió la cabeza, despejando esos pensamientos. Filosofar no era lo suyo; para ella, lo único que importaba eran los hechos concretos. La entrada al lugar no parecía nada especial: un valle insignificante en medio de un desierto. Sin embargo, encontrarlo sin las coordenadas habría sido imposible. Estaba tan hábilmente camuflado que sus coordenadas no eran estáticas; cambiaban sutilmente según la posición del sol, como si aquel lugar quisiera permanecer escondido incluso de los ojos más atentos. Era exactamente las tres de la tarde cuando la niña llegó al punto designado. Se detuvo unos instantes y miró hacia el túnel natural que se extendía frente a ella, como una cicatriz abierta en la roca. Sin dudarlo, avanzó hacia él. El túnel la condujo a un pequeño claro donde la hierba comenzaba a abrirse paso entre la tierra seca, tímida pero persistente. Continuó caminando y observó cómo la vegetación cambiaba: la hierba daba paso a flores silvestres y arbustos nativos, los cuales florecían únicamente durante la temporada de lluvias, aunque, curiosamente, esta no era una de esas épocas. El aire estaba impregnado de un aroma fresco y desconocido, que la hacía sentirse fuera del tiempo y el espacio. Al final del claro, frente a una entrada natural tallada en la piedra, se encontraba una figura majestuosa. Medía al menos dos metros y medio de altura y estaba equipada con dos alas imponentes que parecían hechas de luz sólida. En una de sus manos, sostenía una espada envuelta en llamas vivas, y su rostro brillaba con tal intensidad que cualquier intento de descifrar sus facciones era inútil. Era como mirar directamente al sol. La figura la observó en silencio, pero su presencia no necesitaba palabras. La niña pelirroja, cuyos brazos biónicos relucían tenuemente bajo la luz del crepúsculo, sabía que cualquier acción hostil, incluso involuntaria, sería castigada de inmediato. Permaneció quieta, con la mirada firme, pero con una ligera sensación de vulnerabilidad ante el poder absoluto que emanaba de aquel ser. Después de lo que pareció una eternidad, el ser dio un paso al costado y levantó su espada en llamas, señalando el interior de la entrada con un gesto solemne. La niña asintió levemente y avanzó. A medida que se alejaba del ser, sintió algo extraño: una voz femenina resonó en su mente, suave y casi burlona, susurrándole: —Lástima por esas ropas tan bonitas... Giró la cabeza rápidamente, pero cuando lo hizo, ya estaba demasiado adentrada en el camino para distinguir a la figura luminosa. Era como si nunca hubiera estado allí. Frente a ella se extendía un vasto jardín, tan impresionante que parecía sacado de un sueño. Miles de plantas y flores de colores inimaginables se mezclaban con la vegetación local, creando una sinfonía de vida. Animales de todo tipo descansaban en completa armonía, moviéndose con calma entre los árboles y arbustos. Podía escuchar el suave murmullo de un arroyo cercano, el trino de aves desconocidas y el susurro del viento acariciando las hojas. Cada detalle parecía vibrar con una energía pura y serena, como si este lugar existiera al margen de la realidad misma. La niña avanzó, cautivada y alerta, consciente de que acababa de entrar en un territorio sagrado, donde las reglas del mundo exterior no aplicaban. Mientras contemplaba el majestuoso recinto, un extraño escalofrío recorrió su piel, acompañado de una sensación viscosa y gelatinosa que la incomodó de inmediato. Bajó la mirada, y sus ojos se abrieron de par en par al ver cómo su ropa comenzaba a derretirse lentamente, transformándose en un líquido transparente que resbalaba por su cuerpo como si tuviera voluntad propia. —¿¡Qué!? —exclamó, dando un paso atrás mientras intentaba limpiar aquel fluido inútilmente. Pero no había nada que hacer. Sus botas, calcetas, shorts, camiseta y ropa interior continuaron desintegrándose ante sus ojos, hasta que, en cuestión de segundos, todo aquel líquido fue absorbido por la tierra bajo sus pies. El suelo lo bebió con avidez, como si fuera parte de un proceso natural e inevitable. Allí estaba ella, completamente desnuda bajo la luz cálida y etérea de aquel lugar. Su expresión se tensó mientras cruzaba los brazos en un gesto de incomodidad. —Genial... —murmuró con sarcasmo, frunciendo el ceño. Sin embargo, una sensación mucho más inquietante comenzó a recorrer su mente. Un sudor frío descendió por su espalda al recordar que el 53 por ciento de su cuerpo estaba compuesto por materiales biónicos y mejoras avanzadas, todas centradas en puntos vitales. Si los mismos elementos que habían derretido su ropa alcanzaban esas partes mecánicas… —No va a quedar mucho de mí —pensó con una mezcla de ansiedad y pragmatismo. Sin perder tiempo, pasó sus manos rápidamente sobre las uniones de su cuerpo, buscando cualquier anomalía o daño en las partes biónicas. Su respiración se entrecortó por la tensión, pero pronto se dio cuenta de que todo seguía funcionando con normalidad. Sus sistemas corrían perfectamente; los sensores no detectaban ningún tipo de amenaza ni desgaste. Cada componente seguía en su lugar, como si nada hubiera pasado. —Ah… ya entiendo —murmuró para sí misma, dejando escapar un suspiro de alivio mientras relajaba los hombros. Por fin comprendía la importancia del agua bendita y el aceite santificado en las instrucciones. Esas medidas no eran rituales vacíos; habían protegido lo esencial de ella. Ahora, más tranquila, comenzó a caminar de nuevo. Sus pies descalzos tocaron la hierba, y lo que inicialmente se sintió áspero y rústico, comenzó a transformarse. Era como si la tierra respondiera a su paso, apartando suavemente las hojas secas y espinas para dejarle un camino de pasto suave como terciopelo. La textura bajo sus pies era tan reconfortante que no pudo evitar sonreír ligeramente, casi olvidando su reciente incomodidad. De repente, un manantial cristalino brotó junto a ella, como si la tierra misma supiera que tenía sed. El agua emergió con tal fuerza y cercanía que casi llegó a rozar sus labios. Sorprendida, se inclinó hacia el flujo de agua, pero su instinto la hizo activar sus sensores antes de beber. Analizó el líquido, esperando alguna irregularidad, pero lo que encontró la dejó boquiabierta. Era perfecta. Contenía la proporción ideal de minerales y sales, estaba absolutamente libre de microorganismos, patógenos o impurezas. Ni siquiera había rastros de microplásticos o químicos habituales en cualquier otra fuente de agua. Aquella pureza era tan extraordinaria que incluso su sabor tenía un toque dulzón, casi celestial. —Wow… —susurró, maravillada, mientras bebía lentamente. Tan fascinada estaba con la perfección del manantial que no notó la figura imponente que se acercaba sigilosamente desde su derecha. Cuando sintió una cálida lengua áspera lamiendo su hombro, dio un respingo y giró rápidamente la cabeza. —¡Hey! —exclamó, llevándose la mano al hombro. Frente a ella, un león enorme, majestuoso y de melena dorada, la miraba con calma. Sus ojos brillaban con una inteligencia y serenidad inusuales. No había agresividad en su postura; su presencia era tan imponente como reconfortante. Su pelaje era tan limpio y suave que parecía de peluche, algo que invitaba al contacto. —Déjame adivinar... —dijo la niña con un destello de sarcasmo mientras lo observaba y extendía la mano para acariciarlo—. ¿Quieres que vaya en una aventura contra una reina de hielo o algo así? El león dejó escapar un profundo ronroneo, como si aprobara su comentario. Ella no pudo evitar sonreír y, sin pensarlo, lo abrazó. Su melena era cálida, y el contacto transmitía una paz que pocas veces había experimentado. El león comenzó a caminar junto a ella, como si fuera un compañero inseparable. A su paso, el paisaje seguía adaptándose con delicadeza. La tierra era suave bajo sus pies; ni una piedra o espina interrumpía su andar. Incluso el sol parecía ajustarse en el cielo para evitar molestarla con su luz. Todo en ese lugar parecía diseñado para cuidar de ella y ofrecerle consuelo. Finalmente, su marcha se detuvo al ver algo que rompía por completo la armonía del entorno. En la rama de un árbol cercano, un ave enorme se encontraba posada, una criatura monstruosa que no pertenecía a ese lugar. Su plumaje oscuro era desordenado y opaco, irradiando una energía hostil que contrastaba brutalmente con la pureza del jardín. Sus ojos, afilados y penetrantes, la miraban con una intensidad que la hizo detenerse en seco, mientras el león a su lado dejaba escapar un leve gruñido, como si también percibiera la amenaza latente. La niña se aclaró la garganta con una leve tos nerviosa antes de hacer un gesto con la mano al león, indicándole que se apartara. Este, obediente, se deslizó con agilidad hacia la hierba alta, desapareciendo entre sus hebras, mientras mantenía los ojos fijos en la niña. La bestia parecía saber que no era su momento de intervención. El ave, al notar el movimiento, giró su enorme cabeza, observando a la niña con una mirada penetrante. Su pico, afilado y voluminoso, reflejaba la luz del sol en ángulos que hacían que se viera aún más amenazante. La niña, con un esfuerzo por mantener la calma, respiró profundamente antes de recordar el discurso que había ensayado. Sin embargo, la tensión en el aire casi la asfixiaba. —Señor… bestia —dijo, aunque su voz tembló levemente al principio—. Estoy aquí para informarle que debe desalojar de inmediato el jardín primigenio para ser reubicado en el sector noroeste. Allí gozará de beneficios adaptados para su... actitud. El ave no movió ni un músculo, pero al notar la audacia de la niña, extendió de golpe sus enormes alas, creando una ráfaga de viento que agitó las hojas y las flores alrededor. Con un salto rápido, aterrizó frente a ella con un estrépito que hizo vibrar el suelo. Su figura imponente era tan grande como un dinosaurio, y su pico de tucán y zopilote brillaba con una amenaza palpable. Las garras curvadas, similares a ganchos de carnicero, se hundían en la tierra con fuerza, como si estuviera lista para destrozar cualquier cosa que se interpusiera. La criatura abrió su pico, emitiendo una voz áspera y grave, como el crujir de ramas secas bajo el peso de un gran animal: —¿Una de las hijas de Adán me exige que me vaya de aquí? ¿Un lugar que quedó vacante tras el desalojo de estos? La niña, sin titubear, levantó la cabeza con determinación, sintiendo la presión de la situación pero manteniendo la compostura. Había llegado hasta allí con un propósito, y no iba a dejar que un ser tan imponente la intimidara. —Bien —dijo con firmeza, aunque su voz sonaba como una suave vibración en el aire—. Usted se ha comido a los últimos tres mensajeros, y eso no le agrada a la administración, que, aunque admite estos… se recuperaron del todo y están bien. Este asunto se está volviendo tedioso. El ave no mostró sorpresa, pero la furia comenzó a arder en su mirada. Interrumpió a la niña con un tono burlón, su voz rasposa como el roce de la piel de un reptil: —¿Y por qué no envían a esos seres alados de fuego a por mí? La niña, un poco sorprendida por la pregunta, dejó escapar un suspiro con una leve sonrisa que rápidamente intentó disimular. La sensación de estar ganando terreno la hizo relajarse momentáneamente. —Bueno… primordialmente porque no quieren reducir todo esto a cenizas por su terquedad —respondió, sin ocultar un toque de ironía en sus palabras. Al darse cuenta de lo que había dicho, un leve rubor recorrió su rostro, y con una rápida acción, se tapó la boca, un gesto que no pasó desapercibido. Pero, al mirar al ave, la niña no pudo evitar preguntarse si, en realidad, había sido un desliz o si la criatura había comprendido la broma oculta en sus palabras. El ave, por su parte, permaneció quieta, observándola fijamente con una mirada intensa. Sus ojos eran profundos, casi insondables, y la niña sintió como si estuviera siendo medida, analizada, como un objeto en una balanza que espera ser juzgado. La criatura, a pesar de no mostrar una expresión clara, parecía examinar cada movimiento de la niña, como si cada palabra, cada gesto, tuviera un significado mayor que el de un simple intercambio verbal. La tensión aumentó, y por un momento, la niña sintió que el aire se volvía más denso, como si una presión invisible se estuviera acumulando a su alrededor. La criatura, al no recibir una respuesta inmediata, inclinó levemente su cabeza, como si esperara que la niña dijera algo más. Sin embargo, la niña mantuvo su compostura, sin ceder ante el desafío de su mirada. El silencio entre ellos se alargó, y cada segundo parecía ser una eternidad. El ave rugió con una furia que resonó por todo el jardín, extendiendo sus alas y lanzándose contra la niña con sus enormes garras afiladas como cuchillas. La niña, preparada para el golpe, calculó sus movimientos, pero antes de que el impacto pudiera alcanzarla, un árbol cercano se movió con una rapidez casi sobrenatural. Sus ramas gruesas y nudosas se interpusieron, atrapando la pata de la bestia en una trampa natural que parecía hecha a medida. Aprovechando la oportunidad, la niña corrió ágilmente hacia el árbol, trepándolo con precisión gracias a los propulsores de sus brazos biónicos. Desde la rama más alta, dio un salto y aterrizó sobre la espalda del ave. Con toda su fuerza, volvió a golpear el pico de la criatura, provocando un sonido seco y contundente. Esta vez, el ave emitió un graznido gutural que se transformó rápidamente en una serie de maldiciones llenas de rabia y frustración, sus palabras retumbando como ecos distorsionados en el aire. La niña, satisfecha con su acción, bajó con cuidado pero sin perder la oportunidad de burlarse. Mostró sus nalgas de manera descarada, sacando la lengua con un gesto juguetón y provocador. El ave, visiblemente irritada, decidió que había tenido suficiente. Abrió su pico y lanzó un rayo de pura fuerza luminosa que iluminó todo el jardín con una intensidad cegadora. La niña, consciente del peligro, activó los propulsores de sus brazos y salió disparada hacia el cielo, esquivando el ataque por un pelo. Mientras volaba, pensó para sí misma: *Ok, me excedí... otra vez.* El ave, enfurecida, se liberó finalmente del árbol con un movimiento violento que sacudió el suelo. La niña, ya en tierra firme, se enfrentó a la criatura una vez más y, con voz firme, dijo: —Acéptalo ya. Todo el jardín quiere que te vayas. El ave, con sus ojos brillando de indignación, se detuvo un momento y miró a su alrededor. Cada brizna de pasto, cada flor, cada árbol y arbusto parecían moverse en un gesto unánime de asentimiento. El mensaje era claro: su presencia no era bienvenida. El ave bajó sus alas lentamente, resignada, mientras su mirada perdía algo de la fiereza inicial. La niña también bajó su postura defensiva, entendiendo que la batalla había llegado a su fin. Ambas figuras permanecieron en silencio por un momento, reconociendo la inutilidad de un enfrentamiento que no llevaría a ningún lado. La niña dio un paso adelante y, con una mezcla de cansancio y satisfacción, añadió: —No se trata solo de ti o de mí. Este lugar tiene sus propias reglas, y es hora de que las respetes. El ave, sin responder, se giró hacia el horizonte. Su figura imponente se desdibujaba mientras comenzaba a retirarse lentamente hacia el sector noroeste, dejando tras de sí una sensación de paz restaurada en el jardín. Antes de irse, el ave se detuvo un instante, dejando atrás su imponente forma. Lentamente comenzó a cambiar, sus plumas se replegaron y su cuerpo se alargó hasta convertirse en una serpiente de tamaño normal, de escamas brillantes como el oro. Con movimientos ágiles y sigilosos, la serpiente se deslizó hacia la niña, enredándose con delicadeza alrededor de su cuerpo. Desde su posición, su voz femenina resonó suave pero cargada de tentación: —¿Qué tal si te ofrezco algo? —dijo, alzando la cola para señalar un árbol cercano. La niña levantó la mirada y vio que se trataba de un manzano, cuyas ramas estaban cargadas de frutos rojos brillantes como joyas. La serpiente continuó, su tono ahora casi meloso—: Todo el conocimiento, el fin de las enfermedades, el poder de comprender todo lo que jamás has soñado. ¿No suena bien, mmm? Mientras hablaba, la serpiente comenzó a frotarse contra la niña como lo haría un gato cariñoso, reforzando su propuesta con gestos sutiles y envolventes. La niña arqueó una ceja, visiblemente incómoda pero sin perder su actitud firme. —Eh… no —respondió con sencillez—. Si hago eso, despojaré a la humanidad de su curiosidad. Además, descubrir cosas por mí misma es mi cosa favorita. La serpiente pareció detenerse, evaluando su respuesta. Luego se deslizó con elegancia al suelo, desenredándose del cuerpo de la niña. Con una expresión que mezclaba sorpresa y una pizca de admiración, dijo: —Tal vez tu raza sí aprendió algo después de todo. Con esas palabras, la serpiente comenzó a alejarse, deslizándose entre la hierba hasta desaparecer en el horizonte. La niña se quedó quieta por un momento, reflexionando sobre lo ocurrido, pero pronto fue interrumpida por una sensación peculiar. Notó que el efecto del aceite santificado y el agua bendita que la protegían empezaba a disiparse; su piel comenzaba a sentirse expuesta y vulnerable. Sin perder tiempo, se apresuró a regresar por el camino que había recorrido. Finalmente, llegó hasta la entrada donde el ser alado con su espada flamígera la esperaba. La niña, exhausta pero triunfante, lo miró y dijo: —Está hecho. El ser asintió, sus alas brillando con la luz del sol, pero no dijo una palabra. La niña, mirando su cuerpo desnudo, cruzó los brazos con una mezcla de vergüenza e indignación. —¿Esperas que me vaya así, desnuda? —preguntó. De repente, como si el jardín mismo la escuchara, la tierra comenzó a temblar suavemente, y de su superficie brotaron sus ropas intactas, emergiendo como si hubieran sido tejidas por las raíces mismas. La niña las tomó y comenzó a vestirse. —Gracias —dijo finalmente, ajustándose su camiseta. Una vez lista, se giró hacia el ser alado, le dedicó una última mirada y se marchó con paso decidido, dejando atrás el jardín primordial y todo lo que había presenciado en su interior. **Reporte Archivo MASTA T44** **Descripción inicial del espécimen:** El espécimen fue hallado en los valles de Escocia, presentando inicialmente una forma que podría describirse como una gárgola hembra en estado prepuberal. Su apariencia destacaba por una piel de tonalidad rojo intenso, cola prensil, alas membranosas, cuernos curvados, garras afiladas y colmillos prominentes. Su comportamiento era marcadamente hostil e histérico, mostrando una resistencia significativa durante el intento de contención. Los dos primeros protocolos de sometimiento estándar resultaron ineficaces, subrayando su fuerza y resistencia física. Solo tras un periodo de intensa agitación y colapso energético logró entrar en un estado de inconsciencia, lo que permitió iniciar un análisis más detallado. **Transformación e investigaciones iniciales:** Al perder la conciencia, el espécimen revirtió a una forma humana, presentando características físicas aparentemente comunes: piel morena, cabello castaño rizado y proporciones anatómicas típicas de una adolescente humana. Sin embargo, un análisis más profundo bajo sedación reveló una anomalía biológica significativa: - **Órgano suplantante:** Un órgano desconocido, anatómicamente ajeno, ha reemplazado al corazón. - **Sistema circulatorio secundario:** Este órgano extiende un intrincado sistema de venas adicionales que actúan como un sistema circulatorio complementario. - **Funciones del órgano:** El órgano es fuente de sustancias químicas y feromonas que inducen la transformación del sujeto. Además, genera una energía no identificada que estabiliza el proceso y permite la cohesión entre ambas formas. **Declaraciones del sujeto:** Una vez estabilizada, la sujeto relató que proviene de un lugar distinto a nuestro plano o dimensión. Afirmó haber sido maldecida con esta condición, sugiriendo que su estado es el resultado de una intervención externa o de naturaleza mágica. **Procedimientos realizados:** Ante la complejidad de la condición, se le instaló un regulador experimental, modelo **RORMI00**, diseñado para mitigar la inestabilidad asociada a sus transformaciones. Sin embargo, en su forma activa, el control demostró ser inviable, ya que el espécimen manifiesta un incremento exponencial en fuerza, velocidad y agresividad. Por lo tanto, se optó por contenerla en un sistema de estasis, buscando un equilibrio entre su fisiología y el regulador implantado. **Consideraciones adicionales:** La sujeto mencionó que su transformación podría ser modulada por un estado emocional específico: el enamoramiento genuino. Sin embargo, esta afirmación no ha podido ser corroborada debido a la falta de herramientas o condiciones para experimentación en esta dirección. Por lo tanto, esta posibilidad queda registrada como una hipótesis a evaluar en el futuro. **Conclusión:** El espécimen T44 representa un fenómeno biológico y posiblemente metafísico sin precedentes, lo que exige cautela y una aproximación interdisciplinaria para su estudio. Su condición plantea cuestiones éticas, científicas y de contención que deberán ser revisadas conforme avancemos en la comprensión de su naturaleza. El salón del portal se activó de manera repentina, rompiendo la calma con un destello cegador. Dos figuras destrozadas emergieron del vórtice: la niña pelirroja de brazos biónicos, inconsciente, cargada por la niña gárgola, quien apenas se mantenía en pie. Ambas estaban terriblemente heridas. La piel de la gárgola mostraba fisuras profundas; su brazo izquierdo colgaba inerte, su ojo derecho era un cráter vacío, y un cuerno roto adornaba su cabeza. La pelirroja, privada de sus prótesis, tenía las piernas humanas fracturadas en múltiples puntos, mientras manchas de sangre y aceite cubrían su torso magullado. Sin perder tiempo, las contrapartes del presente acudieron en su ayuda, junto con el equipo médico de la base. Las gárgolas colaboraron para estabilizar a la pelirroja inconsciente, mientras la gárgola herida recibía atención de emergencia. El daño en ambas era extensivo. Aunque crítico, no era insalvable. La gárgola malherida se dejó caer en una camilla improvisada mientras observaba a su yo alterno trabajar en la instalación del tanque de curación. Una vez que la pelirroja fue sumergida y el contenedor sellado, los brazos mecánicos del tanque comenzaron a ensamblar piezas nuevas para sus prótesis, reparando las conexiones dañadas. El zumbido de los equipos llenaba el ambiente con un aire de urgencia controlada. —No te preocupes —dijo la gárgola del presente mientras se agachaba junto a su versión herida—. Usaremos los recubrimientos sobrantes para tus prótesis. Mientras tanto, la maldición debería regenerar tus heridas internas. Pero ese cuerno... —hizo una pausa, notando el fragmento roto que yacía sobre la mesa— no volverá a crecer. La gárgola herida suspiró, sus alas temblaban por el esfuerzo de mantenerse erguida. Sus ojos brillaron con lágrimas contenidas mientras su mirada se perdía en el vacío. —¿Qué fue lo que te golpeó tan fuerte para hacer esto? La maltrecha gárgola cerró los ojos por un instante antes de empezar, con voz quebrada: —Todo comenzó con un estallido ensordecedor… **La narración del conflicto** Las fuerzas gubernamentales nos atacaron sin previo aviso. A pesar de nuestros acuerdos y el estatus negociado, irrumpieron en la base con un objetivo claro: destruir toda la tecnología avanzada que habíamos desarrollado. Nuestro primer acto fue defendernos, y activamos todos los sistemas automáticos. Las primeras oleadas de soldados fueron aniquiladas, pero no eran soldados comunes. Eran cuerpos manipulados psiónicamente, implacables y carentes de voluntad propia. Por cada baja, nuevos refuerzos llegaban, y nuestros recursos se agotaban a un ritmo alarmante. Cada ventaja que teníamos fue consumida una tras otra. Los sistemas de defensa fueron desactivados, las instalaciones destruidas. La situación era desesperada. Cuando no quedó otra opción, configuramos el portal para escapar hacia una ubicación desconocida. Pero entonces **ella** llegó. **El enfrentamiento con la Presidenta** Descendió como una deidad vengadora, acompañada de una flota aérea impresionante, aunque claramente innecesaria. La Presidenta emergió rodeada de una energía tricolor que giraba como un huracán. Su sola presencia parecía cargar el aire con un peso insoportable. —Traidoras —declaró con voz gélida, sus ojos centelleando como cuchillas—. Han mancillado esta nación. Yo, *LA PRESIDENTA*, he venido a poner fin a sus actos impíos. Un ejército completo nos rodeaba, y sabíamos que no había negociación posible. Decidimos luchar. Usé mi transformación, engrosando mi cuerpo hasta alcanzar mi límite, mientras la pelirroja activaba todas las armas y defensas que llevaba consigo. Pero el poder presidencial lo superaba todo. Su autoridad absoluta minimizó nuestros ataques, convirtiéndolos en meros gestos insignificantes. Mientras tanto, cada uno de sus movimientos era devastador, como si la voluntad de toda la nación se manifestara en ella. Mis alas fueron arrancadas, mi brazo destrozado, mi ojo reducido a cenizas, y mi cuerno quebrado. La pelirroja, aún más maltrecha, perdió sus prótesis y sufrió fracturas masivas. Cuando levantó su mano para el golpe final, una voz la detuvo. **La intervención del águila patriótica** Del cielo emergió un águila gigantesca, formada por energía tricolor. Su voz era un coro de héroes y mártires de la nación. —¿Qué acaso no sabes nuestras leyes, caudilla patriota? —dijo la criatura con autoridad—. En esta República, exigimos justicia, no asesinatos. La Presidenta vaciló y comenzó a forcejear con el águila. Era un enfrentamiento de proporciones titánicas, una lucha que iluminó el cielo con destellos cegadores. Aprovechamos la distracción para reprogramar el portal y escapar. **La llegada a la base actual** —No sé si estamos en el pasado, en una línea alterna, o en un lugar completamente distinto —finalizó la gárgola herida, con un hilo de voz—. Pero estamos vivas… por ahora. El silencio se apoderó de la sala. Las versiones del presente intercambiaron miradas de consternación y asombro. El zumbido del tanque de curación era lo único que rompía la quietud. **"Eh, ¿qué están haciendo?"**, murmuró con voz rasposa la niña gárgola herida desde su posición, sentada contra la pared mientras su brazo mutilado colgaba inútilmente a su lado. **"¿Qué crees?"**, respondió con un tono firme la pelirroja presente, ajustándose un exoesqueleto blindado que incrementaba la potencia de sus movimientos. Sus ojos brillaban con una mezcla de resolución y rabia contenida. Mientras tanto, la gárgola del presente caminó hacia un contenedor especial, situado al fondo de la sala del portal. El contenedor estaba sellado con varias cerraduras mecánicas que emitieron un *clic metálico* al abrirse. Dentro, envuelta en paños oscuros y protegida por un campo de energía tenue, reposaba una espada dorada de hoja ancha y chata. Su superficie reflejaba un brillo cálido y constante, como si pulsara con vida propia. La gárgola la sacó con cuidado, sus dedos acariciando la empuñadura como si buscara consuelo en ella. **"Es claro,"** continuó la gárgola presente, girándose para mirar directamente a su contraparte alterna. Su voz era baja pero cargada de determinación. **"Vamos a enseñarle las consecuencias de atacarnos. Tú, mientras tanto, cuida de tu pelirroja. Cuando regresemos, te daremos los medios para que puedan vivir en otra ubicación. Si lo que hemos recogido de los análisis de datos en tu pelirroja es cierto, ustedes ya no podrán volver a donde pertenecían."** La gárgola alterna parpadeó, su único ojo sano brillando con incredulidad y una sombra de resignación. Sabía que sus opciones eran escasas, pero la idea de perder su hogar y todo lo que conocían era un golpe difícil de aceptar. Una mirada de apatía se instaló en su rostro, los surcos de su piel pétrea endureciéndose aún más. **"Oh, vamos,"** interrumpió la pelirroja presente con una sonrisa irónica mientras cargaba una mochila repleta de armas y municiones adicionales. **"Es prácticamente lo mismo, solo que un poco más variado. Con algo de suerte, hasta podría ser mejor. Además, siempre es bueno tener respaldos, ¿no crees?"** Sin más palabras, ambas se dirigieron al portal, que chisporroteaba con energía inestable mientras terminaba de activarse. Las ondas de luz distorsionaban el aire, creando una sensación de vértigo en la sala. La gárgola presente ajustó la espada sobre su hombro, mientras la pelirroja revisaba los últimos parámetros en un dispositivo portátil. El portal rugió con un zumbido ensordecedor, y las dos figuras cruzaron juntas el umbral. Su partida dejó un silencio pesado, roto únicamente por el débil burbujeo del tanque de curación donde la pelirroja alterna descansaba inconsciente. La gárgola herida, incapaz de contenerse más, se levantó tambaleándose y se acercó al tanque. Sus dedos temblaban al tocar la superficie fría y translúcida, como si buscara algún tipo de conexión o consuelo. Lentamente, se dejó caer de rodillas frente al tanque, rodeándolo con sus brazos restantes. **"Por favor, aguanta..."**, susurró, mientras gruesas lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas pétreas y caían silenciosamente al suelo. La sala del portal quedó envuelta en una atmósfera de dolor y esperanza rota, mientras la gárgola herida permanecía allí, aferrada al único vestigio de su compañera, esperando un futuro incierto. La explosión de luz que marcó su llegada fue acompañada por un crujido metálico que resonó por toda la zona, como si la realidad misma se hubiera roto por un instante. Al aterrizar, la pelirroja y la niña gárgola intercambiaron miradas rápidas y precisas, escaneando el entorno. El reloj atómico en el brazo de la pelirroja, sincronizado con una red GPS militar, parpadeó al confirmar la sincronía: apenas habían pasado unos segundos desde que las versiones de ese mundo habían escapado por el portal. Delante de ellas, la Presidenta estaba inmersa en un feroz forcejeo con el águila tricolor. La criatura, una amalgama viviente de energía patriótica condensada, brillaba con intensidad, pero empezaba a perder terreno. Con un grito de esfuerzo, la Presidenta usó un poder que no parecía provenir del mandato patriótico que le confería su posición. Una fuerza psiónica pura surgió de ella, rasgando la conexión con el águila. La criatura, ahora desprovista de su magnificencia, se redujo al tamaño de un águila normal y cayó al suelo, sus alas temblando mientras intentaba levantarse. La Presidenta, con su figura envuelta en un manto de colores verde, blanco y rojo que ondeaba con cada paso, se irguió triunfante. **"No voy a permitir que absurdos altruismos me quiten mi derecho a eliminar a quien yo quiera,"** proclamó con una voz firme que resonó como un trueno. **"Yo soy la República."** Fue entonces cuando la voz de la pelirroja rompió la tensión. **"¡Hey tú, pomposa patriótica!"** Su tono era burlón, pero su mirada denotaba pura determinación. La Presidenta giró lentamente hacia ellas, arqueando una ceja con una mezcla de incredulidad y curiosidad. **"¿Qué? ¿No las había dejado a punto? Hmm... ustedes son iguales... pero diferentes."** Su mirada las evaluaba, buscando diferencias y similitudes. Finalmente, se encogió de hombros con indiferencia. **"No importa. Después haré que mis técnicos las analicen. Solo tengo que someterlas de nuevo."** Sin esperar más, avanzó hacia ellas, su poder patriótico creciendo a cada paso, el suelo temblando bajo su influencia. Pero la pelirroja ya estaba preparada. Con un movimiento deliberado, golpeó entre sí los brazaletes que llevaba sobre sus brazos biónicos. **¡CLANG!** El sonido reverberó como una campana celestial, y una onda de choque invisible se expandió rápidamente. Aunque parecía inofensiva para todo lo que la rodeaba, la Presidenta se detuvo en seco. Sus pasos vacilaron, y una expresión de incomodidad se apoderó de su rostro. **"¿Qué... qué me has hecho?"** preguntó, su voz impregnada de una mezcla de confusión y furia. La pelirroja dio un paso al frente, con una sonrisa triunfal que apenas disimulaba el cansancio en sus ojos. **"He neutralizado tu patriótica ventaja,"** declaró con firmeza. **"Fue difícil encontrar algo que contrarrestara tu habilidad, pero combinamos creencias condensadas con una aleación de fe metalizada, y... voilà, el truco está hecho."** La Presidenta apretó los puños, su postura tensa pero aún desafiante. **"Mi fuerza no ha disminuido ni un ápice,"** respondió con tono retador. La pelirroja inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera saboreando el momento. **"No,"** dijo en voz baja, pero con una intensidad que cortó el aire. **"Pero ya no podrás minimizar nada. Y ahora, sentirás cada impacto en tus propias carnes."** Por primera vez, la Presidenta vaciló. Sus manos temblaron mientras el aura patriótica que la envolvía parecía menguar ligeramente, mostrando fisuras. Sus ojos escanearon a las niñas con un destello de cautela, como si comenzara a comprender la magnitud del desafío que tenía delante. El aire se volvió denso, cargado de tensión. Incluso el águila tricolor, ahora en el suelo, parecía observar con atención el inminente enfrentamiento. La Presidenta dio un paso atrás, solo para afirmarse nuevamente, lista para atacar. La niña gárgola, que había permanecido en silencio hasta entonces, desplegó sus alas con un chasquido contundente, y sus ojos brillaron con un fulgor amenazante. **"Esto es por lo que le hiciste a nuestras otras versiones,"** dijo con voz grave, mientras sacaba de su espalda una espada dorada, ancha y con grabados que irradiaban un tenue resplandor. La Presidenta sonrió de lado. **"Interesante... veamos cuánto duran antes de caer."** Y entonces, el enfrentamiento comenzó, cada golpe reverberando como un eco del destino en aquel desolado campo de batalla. El cielo parecía dividirse en dos cuando los primeros destellos de láser comenzaron a cortar el aire, haciendo estallar pequeñas explosiones a su paso. Cada golpe lanzado por las niñas era un intento por quebrantar el orgullo indestructible de la Presidenta, pero esta, envuelta en su aura patriotica, no cedía ni un milímetro. La niña gárgola, sin dejar de observar a su enemiga, preparó su siguiente movimiento. Con rapidez, sacó de su mochila un cañón sónico, un dispositivo que emitió un aullido ensordecedor, tan potente que parecía que el mismo aire iba a desgarrarse. La onda de choque viajaba en todas direcciones, vibrando los huesos de la Presidenta como si de una onda sísmica se tratase. Sin embargo, por más que sintió el estremecimiento, la fuerza patriótica que la mantenía firme la permitió resistir. Su postura no flaqueó ni un solo milímetro. **"¡Esto es interminable!"** masculló la niña gárgola, agotada, mientras a su lado la pelirroja también resoplaba, su respiración entrecortada. **"No podemos seguir así por mucho más tiempo..."** Fue entonces cuando la pelirroja dejó caer la mochila de tecnología avanzada sobre el suelo con un estruendo que reverberó por el campo de batalla. El sonido metálico del impacto de la mochila contra el suelo parecía anunciar que algo grande estaba por suceder. La niña miró el disco en su frente, que ahora comenzaba a pulsar con una luz intensa. Se estaba preparando para desatar una habilidad que, aunque efímera, podría marcar la diferencia. En un abrir y cerrar de ojos, del costado de la pelirroja surgieron cuatro brazos holográficos. Cada uno de estos brazos parecía moverse con agilidad y una precisión asombrosa, y la niña, con un rugido de determinación, se lanzó al ataque, propinando una serie de golpes rápidos y continuos a la Presidenta. **"¡Esto es lo que te espera!"** gritó mientras cada golpe impactaba contra la defensa patriótica de la Presidenta, quien aunque tambaleaba, se mantenía erguida, impasible ante el ataque. La pelirroja la atacaba con una furia imparable, pero algo dentro de ella sabía que la batalla aún no estaba ganada. De repente, una voz grave, como un trueno, resonó desde atrás. **"No es tan simple,"** dijo la gárgola con tono sombrío, mientras observaba al águila patriótica alzarse sobre el campo de batalla. La figura del águila, que ya había tomado forma sólida y decidida, hablaba con un poder imponente. **"Puedo detectar una anomalía en ella, pero aún así, ella es el símbolo de nuestra nación. No podrán derrotarla solo con fuerza bruta."** La gárgola observaba con una mezcla de frustración y fascinación mientras veía a la pelirroja, aún furiosa, golpear sin descanso. **"Lo sé,"** dijo finalmente, respirando con dificultad. **"Lo noté cuando le lancé algo que podría partir una montaña, y ella lo recibió como si nada. Como si hubiera sido un simple golpe..."** El águila patriótica continuaba analizando a su enemigo con frialdad. **"Pero no te preocupes,"** dijo. **"Te ayudaré. Usaré mis energías para fortalecer las tuyas."** La gárgola se detuvo un instante, pensativa. **"Espera,"** dijo, alzando la mano. **"No soy la mejor opción para esto. ¿Qué te parece si...?"** La pelirroja no necesitó más explicaciones. Con un destello en sus ojos, reunió toda su energía en un solo ataque, un golpe concentrado que desató una onda de fuerza tan potente que la Presidenta tambaleó. Pero, como siempre, la figura patriótica se mantuvo firme, su cuerpo erguido, sin dar signos de debilidad. En un intento desesperado, la pelirroja lanzó un último golpe con todos sus brazos, pero la Presidenta lo recibió como si nada. De pronto, una voz llena de urgencia cortó el aire. **"¡Atrápala!"** gritó la gárgola, desesperada. El águila patriótica, lanzada hacia la pelirroja, voló como un proyectil, chocando con su pecho y fusionándose con su cuerpo. El aire se electrizó por un instante, y la pelirroja, sorprendida, sintió cómo una oleada abrumadora de patriotismo comenzaba a invadir cada fibra de su ser. Era como si estuviera absorbiendo toda la energía de la Presidenta, cada gramo de la ideología nacionalista que ella representaba. El patriotismo, inicialmente una sensación ajena, comenzó a tomar fuerza dentro de la pelirroja. El sentimiento de orgullo, poder y lealtad hacia la nación se apoderó de su mente y su cuerpo. **"¿Qué...?"** alcanzó a decir antes de que la energía patriótica la envolviera por completo. Los primeros momentos fueron caóticos, el patriotismo creciendo a tal velocidad que casi la ahogaba. Cada pensamiento de independencia y rebelión desapareció mientras el poder patriótico tomaba forma. Los brazos holográficos de la pelirroja comenzaron a brillar con una intensidad cegadora, y su mirada se tornó más seria, más fría, como si su alma misma se estuviera fusionando con la esencia misma de la nación que la Presidenta defendía. Pero dentro de ella, aún quedaba una chispa de resistencia, algo que no estaba dispuesto a ser extinguido por completo. La atmósfera en el campo de batalla era eléctrica, cargada de una tensión palpable que crecía con cada segundo. La pelirroja, ahora transformada, se erguía como una diosa mitológica, su figura bañada por una amalgama de luces que reflejaban el mismo patriotismo que irradiaba su ser. Los colores tricolores se mezclaban en su cuerpo, en sus ojos, en su cabello, mientras que la figura de águila dorada resplandecía sobre su espalda, como un emblema de un poder ancestral y casi incuestionable. Era como si el mismo patriotismo de la nación hubiera tomado forma a través de ella, y cada parte de su ser se fusionaba con esa energía inquebrantable. La Presidenta, antes segura de sí misma, experimentaba por primera vez una grieta en su confianza. Su corazón latía más rápido de lo normal, su respiración se volvía irregular, y su mente comenzaba a procesar la magnitud de lo que tenía frente a ella. Había luchado contra innumerables adversarios, había derrotado a muchos en nombre de su patria, pero esta niña, esta figura que parecía ser la encarnación misma del patriotismo, la estaba desbordando. Algo en ella desafiaba la lógica, desmoronaba las barreras de lo que la Presidenta consideraba posible. La voz de la niña patriota resonó como un trueno en el aire, sus palabras no solo retumbaban en la sala, sino que parecían marcar una condena irrefutable. **"¡Tú!"** Las mil voces que vibraban dentro de la niña se entrelazaban, haciendo que cada palabra pareciera venir de un lugar distante, casi de otro plano. **"Has usurpado tu puesto de máximo honor por demasiado tiempo."** La fuerza detrás de sus palabras era sobrehumana, como si cada una de ellas fuera una flecha lanzada con precisión mortal. La Presidenta, sin embargo, no estaba dispuesta a ceder. **"Me he ganado este puesto a pulso, elegida por el pueblo,"** replicó con voz desafiante, su rostro lleno de soberbia. Ella había sido la elegida para guiar a la nación, para preservar su orden, y no permitiría que una niña, por más poderosa que fuera, desafiara ese mandato. Pero la niña patriota, ahora emulando una figura mitológica, se alzó aún más. **"No te hablo a ti,"** intervino, su tono era inquebrantable, marcado por una autoridad que hacía temblar incluso el aire que la rodeaba. **"Ahora serás purgada del estandarte encarnado."** El gesto que la niña realizó con su mano biónica, la cual ahora brillaba con una energía tricolor desbordante, fue tan simple como devastador. La Presidenta, incapaz de reaccionar a tiempo, fue derribada por la fuerza de la onda de choque, que la lanzó al suelo con un estrépito ensordecedor. Sin embargo, algo extraño ocurrió. Aunque su cuerpo yacía tendido, su poder seguía presente, como una sombra indestructible. En lugar de quedar derrotada, su figura se levantó una vez más, pero no era su cuerpo el que se erguía. Era el espectro de **El Patrón**, la entidad que representaba la esencia misma de su poder y de la patria que ella había jurado proteger. El Patrón había sido el faro que la había guiado, su fuerza latía a través de ella como una extensión de su voluntad. Con una última mirada desafiante, la Presidenta gritó, **"Maldita niña..."** La rabia y la frustración se notaban en su voz, pero había algo más, algo que no podía ocultar. **"Miada..."** Su amenaza flotaba en el aire, como un veneno que intentaba envenenar la mente de su oponente. La niña patriota observó la figura de El Patrón, su alma resonando con la verdad de lo que sucedía. Un poder ajeno a ella, pero que había comenzado a comprender. Algo oscuro, algo que se alimentaba de la esperanza y la fe del pueblo, pero que a la vez desbordaba todo límite. Sabía que la batalla no solo se libraba en el cuerpo, sino en la mente, en el espíritu de cada uno de los involucrados. Y lo que estaba por venir, lo que iba a decidir el destino de ambas, no solo era cuestión de fuerza física. El enfrentamiento continuaba, pero esta vez la niña patriota sentía que algo había cambiado dentro de ella, algo más grande que ella misma. Un poder, un peso, que se había fusionado con su ser. A lo lejos, El Patrón observaba, sus ojos desprovistos de toda humanidad, tan distantes y vacíos como el patriotismo que había representado. El rostro de la niña patriota, ahora marcado por la tricolor, no mostraba duda, solo la determinación de quien había abrazado el destino sin temor. Esta era la última batalla, la última prueba para ver qué sería lo que prevalecería: la pureza del patriotismo encarnado, o la corrupción de un poder que ya no podía sostenerse. El tiempo parecía detenerse mientras ambas fuerzas se enfrentaban, como si el futuro entero dependiera de este enfrentamiento. La risa fantasmagórica del Patrón resonó en el aire, una vibración antinatural que helaba la sangre. La Gargolita, ya cerca de ambos, no podía creer lo que sucedía ante sus ojos. **"¿Cómo es posible esto?"** preguntó, incrédula. **"Tu cuerpo está en coma. Te abrumó ver dentro de la mente de la pelirroja, sentir sus horrores... los monstruos que ella enfrentó fueron demasiado para ti."** **"Cierto,"** respondió la voz psíquica del Patrón, una vibración que parecía provenir de todas partes a la vez. **"Pero una vez liberado de mi cuerpo, alcancé un nivel que me permitió influenciar a la máxima mujer del país... ya saben, para pasar el rato."** La risa fantasmagórica volvió a resonar, pero con un tono amargo, casi burlón. La Gargolita apretó los colmillos, una furia contenida que la hacía temblar. Alzó su espada, dispuesta a cortar de una vez por todas ese vínculo oscuro que el Patrón había dejado atrás. Pero antes de que pudiera blandir su arma, la niña hiperpatriotizada intervino. **"¡DESAPARECE!"** La palabra salió de su boca con la fuerza de un trueno, y en un parpadeo, el Patrón se desvaneció, su risa se desvaneció con él, como si nunca hubiera existido. A kilómetros de distancia, un viejo y maltrecho anciano, sumido en un coma profundo, dejó de respirar. El vínculo entre el Patrón y la Presidenta, por fin, se rompió. La niña patriota, con los ojos brillando con una intensidad desbordante, fue liberada de la energía que la había estado sosteniendo. El águila, que la había mantenido unida a su misión, se separó de ella y, al igual que antes, se unió a la Presidenta, quien aún yacía inconsciente. Sin embargo, incluso en su estado, la influencia del águila no desapareció. Las mil voces del águila vibraron en el aire y la Presidenta, como un eco distante, vocalizó: **"Retírense. No va a ser grato, con todo y la influencia, haber escalado así las cosas con el mayor poder republicano. Seguro ocultará todo esto, pero mejor que no atrapen a ustedes. Aun así, el espíritu de esta nación agradece su servicio."** Las palabras resonaron en el aire, y aunque su tono era cargado de amenaza, había un trasfondo de respeto por lo que la pelirroja y su grupo habían hecho. La Gargolita, viendo la gravedad de la situación, y reconociendo que ya no había nada más que hacer, tomó a la niña pelirroja, aún aturdida, y recogió la tecno-mochila que había dejado caer. Sin más palabras, ambas cruzaron por el portal, regresando a su lugar de origen. La batalla había terminado, pero las repercusiones de lo sucedido apenas comenzaban a desvelarse. Mientras el portal se cerraba detrás de ellas, el mundo a su alrededor seguía girando, ajeno a lo que acababa de ocurrir en los rincones más oscuros del poder. **Epílogo:** Tres meses habían pasado desde que la Gargolita y la niña pelirroja alternadas habían regresado a la base, y para sorpresa de las versiones originales, se encontraban restauradas y listas para continuar. La transformación de ambas era evidente, pero no solo en su apariencia, sino también en la serenidad que ahora parecía irradiar de ellas. El reencuentro fue algo extraño, pero ameno. El tiempo que habían estado fuera había dejado una marca en ambas partes, pero la tensión paradojal entre las versiones alternas y las originales era palpable. La sensación de haber vivido experiencias tan intensas, a veces demasiado cercanas al límite de lo apropiado, flotaba en el aire. Había demasiadas cosas en común, demasiadas historias compartidas y secretos entrelazados, lo que hacía que el reencuentro fuera incómodo en algunos momentos, pero al mismo tiempo reconfortante. La Gargolita y la niña pelirroja alternadas tenían una nueva perspectiva del mundo, pero también sabían que la normalidad nunca volvería por completo. Habían tocado lo más oscuro del poder y la resistencia, y aunque esas experiencias nunca se borrarían, ahora formaban parte de ellas. Tras unas semanas de preparación, los planes estuvieron listos. La pareja de niñas alternas, decidida a dejar atrás ese caos y la constante lucha, se mudó a una ciudad lejana, una donde la vida podría ser más tranquila, ajena a todo lo que habían vivido. Sin embargo, no se alejaron del todo. Habían prometido estar disponibles si se les necesitaba y regresar de visita, sabiendo que el equilibrio de ese mundo nunca sería permanente. Así, mientras las versiones alternas comenzaban una nueva etapa de paz, las versiones originales se quedaron atrás, con la incertidumbre de saber que, aunque la calma reinara por ahora, el futuro siempre sería impredecible. Pero al menos por un tiempo, la promesa de paz era algo que podían sostener. Y eso, en el fondo, era lo único que importaba. Era el inicio de diciembre, y el aire frío comenzaba a envolver las calles desiertas. Los reportes, urgentes y desconcertados, ya circulaban entre las autoridades. Dos niños, sorprendidos por su propia audacia, habían traído a la tierra a un mal que no debía haber sido invocado en estas tierras. La niña pelirroja, de cabellos brillantes como el fuego y brazos biónicos que relucían con la luz de la luna, se agachó con cautela y tocó las cenizas que quedaban dispersas sobre el suelo. Un círculo había sido marcado en el suelo, no por accidente, sino como parte de una invocación que había salido mal. Esas cenizas, aunque escasas, eran todo lo que quedaba del hechizo. El análisis fue rápido, preciso. Las cenizas contenían una mezcla extraña de pan quemado y nueces, lo que indicaba que la receta usada era antigua, un conjuro que, si bien casi olvidado, seguía siendo viable en su poder. En el centro del círculo había un pequeño trozo de muérdago, y la niña sintió un escalofrío. Sabía lo que eso significaba. *Niños tontos*, pensó con amargura. *La leyenda es clara: si no eres digno, las consecuencias serán terribles, y el mal que traes se vuelve inmanejable*. Frunció el ceño, pensando que esa era una lección que los niños tendrían que aprender de la forma más difícil. Sin embargo, no podía permitirse ser débil. De regreso en su base, recogió con rapidez varios elementos que serían fundamentales para lo que se avecinaba: amuletos antiguos, hierbas recogidas bajo la luz de la luna, polvo de cristales y un par de símbolos protectores. Nada de esto iba a ser fácil, y mucho menos rápido. Sabía que enfrentarse a lo que había sido invocado requería más que valentía; se necesitaba poder real. Esa misma noche, a medida que el reloj marcaba las horas más oscuras del 9 de diciembre, la niña comenzó su ritual. En el centro del claro, preparó una fogata rodeada de piedras negras, dispuestas con precisión. Un viento gélido soplaba desde el norte, pero ella no sentía frío. Comenzó a gritar improperios y maldiciones en un idioma antiguo, cuyas palabras retumbaban con fuerza en el aire. Bebió licor, no por necesidad, sino como parte de la receta. Aunque su cuerpo mejorado por los implantes no se dejaba afectar por el alcohol, lo utilizaba como combustible para activar las energías del ritual. El sabor amargo de la bebida se deslizaba por su garganta mientras se concentraba en el hechizo. No solo era un ritual de poder, sino también un acto de resistencia contra algo mucho más oscuro. Tras unos largos minutos de espera, la figura apareció. Justo bajo la luz mortecina de una farola, la sombra se proyectó alargada sobre el suelo. Había sido una noche larga, llena de tensiones, pero su persistencia le había atraído, como una polilla al fuego. Un crujir de cadenas metálicas cortó el silencio de la noche, y en un abrir y cerrar de ojos, la bestia estaba allí. "Krampus", pensó la niña, sin vacilar, al ver la figura monstruosa erguirse frente a ella. La criatura era imponente, de casi tres metros de altura, cubierta de pelo espeso y oscuro. En su cuerpo se enredaban cascabeles de acero y cadenas pesadas que crujían con cada movimiento, aunque, curiosamente, no tintineaban con la intensidad que deberían. Su rostro, una mezcla de bestia y cabra, mostraba unos dientes largos y afilados, relucientes como cuchillas, y unos ojos rojos brillaban con una intensidad feroz que parecía atravesar la oscuridad. La criatura olfateó el aire con desdén, reconociendo de inmediato la fuerza en la niña. Pero la niña no retrocedió. Con la mirada fija en los ojos de la bestia, habló con firmeza. "A pesar de tus costumbres, no voy a tolerar que lastimes a niños inocentes. Son jóvenes, descarriados tal vez, pero no merecen tu furia. Aún tienen mucho por aprender". Krampus, desconcertado, se quedó inmóvil, observando a la niña. Normalmente, su presencia hacía que los niños lloraran en pánico, que temblaran ante su poder. Pero ella no temía. *Una niña...*, pensó, *y no solo no le teme, sino que se atreve a hablarme de tal forma. ¿Qué clase de insolencia es esta?* La bestia, sorprendida y furiosa, sacó lentamente su vara, delgada, hecha de pino negro, un tronco cubierto de runas antiguas. La mirada de Krampus se llenó de cruel satisfacción mientras sus garras se cerraban en la vara, listo para castigar a esta chiquilla que se atrevía a desafiarle. El crujir de la madera anunciaba los azotes que le daría, disfrutando con cada golpe, pues pensaba que era lo único que ella merecía. Pero la niña, sin inmutarse, sabía que lo que estaba por venir no sería fácil, pero no podía dar ni un paso atrás. Sin mediar palabra, Krampus blandió su vara con una fuerza brutal. En un salto que hizo crujir el suelo bajo sus pezuñas, llegó hasta la niña con la velocidad de un depredador experimentado. En su mente, la escena ya estaba decidida: al primer golpe, la insolente dejaría de jugar a ser valiente. Los niños que intentaban defenderse siempre lo hacían desde la debilidad; era cuestión de tiempo que los calmara con un buen azote. *Un chillido, luego lágrimas, y después la canasta. Más sebo para mis velas.* La vara silbó en el aire como una serpiente, descendiendo con violencia hacia la niña. Pero algo salió mal. El golpe sonó como un trueno en la noche, pero no hubo llanto, ni gritos, ni súplicas. Solo el agudo y escalofriante sonido de los servomotores de sus brazos biónicos, resistiendo el impacto y sosteniendo la vara en el aire, inmóvil. La niña, sin moverse un centímetro, levantó la mirada hacia Krampus, sus ojos llenos de determinación. "Última advertencia", dijo, su voz tan fría como el viento que les rodeaba. Krampus se quedó paralizado, su mente intentando procesar lo que acababa de ocurrir. No era simplemente desobediencia, era algo más profundo. La falta de miedo era palpable, casi desafiante. Por un instante, el bosque mismo pareció callar, como si el mundo estuviera esperando el siguiente movimiento. Pero entonces, con un ruido seco, la vara se liberó del agarre de la niña, y su cuerpo fue lanzado hacia atrás con una fuerza devastadora. Salió disparada como un proyectil, hasta estrellarse contra un árbol grueso que se sacudió con el impacto. Las ramas temblaron, y la nieve acumulada cayó, cubriendo su cuerpo inmóvil. Krampus dio un paso adelante, una sonrisa torcida curvando sus labios bestiales. *Demasiado para mis velas,* pensó, con cierto desdén. *Sus huesos estarán rotos. Ahora tendré que molerla bien antes de que sirva para algo.* Pero no tuvo mucho tiempo para deleitarse en la victoria. De repente, un relámpago horizontal cruzó el aire como un látigo de luz pura y le golpeó en el torso. El impacto no le dolió, pero el calor chamuscó su pelaje, dejando un olor acre a pelo quemado flotando en el aire. Krampus bajó la mirada hacia su pecho, tocando el área con una garra. *El olor… maldita sea, estará impregnado semanas.* Giró lentamente, con una mezcla de curiosidad y fastidio, buscando la fuente del rayo. Allí estaba ella. La nieve que la había cubierto se derritió como si algo incandescente la rodeara. De sus manos surgían chispas eléctricas, pequeñas pero peligrosas, que danzaban en el aire como serpientes furiosas. Sus ojos, brillantes como dos faroles encendidos, perforaban la oscuridad de la noche con una intensidad sobrehumana. Krampus bufó, pero esta vez no fue por frustración, sino por reconocimiento. Sabía que lo que tenía delante no era una niña común. Por un momento, sus cadenas dejaron de crujir, y el aire entre ellos pareció cargarse con electricidad. *Esto será complicado,* pensó, con una mezcla de irritación y una chispa de emoción. Por primera vez en siglos, tenía frente a sí un desafío que valía la pena. La niña pelirroja contempló a la bestia con la misma intensidad que el viento helado que atravesaba el bosque. A pesar de los rayos que había dirigido contra él, la criatura apenas se veía chamuscada, su pelaje ennegrecido en algunos puntos pero intacto en esencia. **"Muy bien,"** pensó con calma, mientras su brazo biónico comenzaba a activarse con un ligero zumbido. Pequeñas ranuras se abrieron en el metal brillante, dejando salir discos y antenas que empezaron a vibrar y girar, generando una frecuencia que resonaba en el aire. El olor a ozono se hizo presente cuando una chispa apareció en su mano, sostenida por un campo electromagnético en miniatura. La chispa creció rápidamente, primero como un destello tenue, luego como un fulgor que iluminó su rostro determinado. Finalmente, se condensó en una pequeña estrella, brillante y peligrosa, cuyo calor comenzaba a derretir la nieve bajo sus pies. Frente a ella, la bestia gruñó con desdén. Su vara de pino negro, decorada con runas que parecían brillar débilmente, crujió entre sus manos, como si respondiera al odio de su portador. Su larga lengua serpenteó sobre su rostro caprino, lamiendo sus colmillos amarillentos. Las pezuñas se clavaron en la tierra helada, dejando surcos profundos, y cada músculo de su cuerpo de tres metros se tensó. Sus ojos rojos centelleaban como brasas mientras su mente formaba un pensamiento lleno de desprecio: **"Esta chiquilla insolente cree que puede desafiar a Krampus..."**. La criatura dejó escapar un rugido tan grave que hizo vibrar las ramas de los árboles cercanos. La niña desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un borrón apenas perceptible. En menos de un instante, ya estaba frente a la bestia, su brazo extendido y la estrella biónica brillando como el sol. El demonio apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el impacto lo alcanzara. Lo que para el mundo fue un relámpago, para él fue una sucesión de tormentos: primero, sintió la electricidad recorriendo su cuerpo, un leve hormigueo que rápidamente se convirtió en una descarga insoportable. La corriente avanzó como un río furioso, invadiendo cada nervio, buscando su centro. El dolor creció en oleadas, y cuando alcanzó su cúspide, el cuerpo del demonio fue lanzado hacia atrás, como si un gigante invisible lo hubiese golpeado. La nieve a su alrededor se evaporó al contacto con la energía, y el aire se llenó de un hedor a carne quemada. Sin embargo, Krampus no era una criatura cualquiera. El dolor era su aliado tanto como su enemigo. Con un rugido que resonó como un trueno, plantó su pezuña izquierda en el suelo y detuvo su deslizamiento. Antes de que la niña pudiera reaccionar, la vara negra surcó el aire con una fuerza aterradora. El impacto la alcanzó de lleno, apagando el destello de la estrella en su mano y lanzándola como un proyectil hacia un árbol cercano. El golpe sacudió el bosque; nieve, ramas y fragmentos de corteza cayeron sobre su cuerpo, dejándola inmóvil en el suelo. El reloj marcó la medianoche del 10 de diciembre. Una quietud ominosa envolvió el bosque, rota solo por el sonido de la respiración pesada de la bestia y el crepitar de la electricidad residual en el aire. Krampus observó a la niña con una mezcla de rabia y curiosidad. Su vara, ahora impregnada con la sangre de la chiquilla, brilló tenuemente bajo la luz de la luna. Aunque su cuerpo mostraba quemaduras y heridas superficiales, en su mirada infernal había algo más: respeto, quizás, por alguien que había osado desafiarlo y herirlo de verdad. Sin embargo, el demonio no dudaba. Pronto, esa insolente dejaría de ser una amenaza. ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ El espacio se llenó de un ruido sordo que resonó como un eco lejano. Las lámparas industriales colgantes se encendieron una a una, proyectando una luz fría y desangelada que apenas lograba disipar las sombras en los rincones de la sala. En el centro del vasto almacén, un círculo de sal destacaba en el suelo, rodeado por símbolos arcanos. Las marcas eran una amalgama de runas antiguas, jeroglíficos intrincados y escrituras de origen incierto, todas combinadas en un diseño que exudaba un propósito claro: protección y contención. Un hombre se acercó al círculo con pasos vacilantes. Su cuerpo, delgado y cubierto de vendajes, parecía al borde del colapso, como si llevara siglos arrastrando una carga invisible. Era joven, pero el desgaste de su carne lo hacía parecer un espectro prematuro de lo que alguna vez fue. Caminaba apoyado en una andadera, rodeado de bolsas de suero que colgaban de un soporte rodante. Su respiración era áspera, casi un lamento, y al llegar junto al círculo, se dejó caer pesadamente sobre una silla metálica. Sobre él colgaba una cadena oxidada con una manija que balanceaba levemente con cada uno de sus movimientos. Con manos temblorosas, sacó un pequeño frasco de su bolsillo. Antes de abrirlo, se llevó a la boca un puñado de pastillas, cinco en total, y las tragó con grandes sorbos de agua. Sus ojos, hundidos y rojizos, brillaron un momento con una determinación casi febril mientras murmuraba para sí mismo: —Veamos si esto funciona. Con un movimiento decidido, activó varias grabadoras que estaban dispuestas alrededor del círculo. Cada una comenzó a reproducir cánticos en idiomas diversos: voces masculinas y femeninas, jóvenes y ancianas, se entremezclaban en una cacofonía que parecía provenir de los confines de la historia misma. Los rezos y las letanías llenaron el aire, reverberando en las paredes del almacén con una intensidad casi tangible. El hombre destapó el frasco. Dentro había un líquido rojo oscuro que parecía latir con un ritmo propio. Con un movimiento rápido, lo arrojó al centro del círculo. El líquido se desparramó en el suelo, impregnando la sal con una textura viscosa. Esperó. El eco de los cánticos continuaba, formando un bucle interminable que parecía resistir al tiempo. Durante treinta y cinco largos minutos, el hombre no se movió, sus ojos clavados en el círculo. Entonces, las grabaciones cesaron. El silencio que siguió no era natural; el aire mismo parecía comprimido, pesado, como si una fuerza invisible lo apretara contra el pecho. El ambiente se había viciado, cargado con una presencia inquietante. De repente, el líquido rojo comenzó a burbujear. Primero fueron pequeños espasmos, apenas perceptibles, pero pronto se transformaron en una agitación violenta. La sustancia se expandió, derramándose más allá del círculo y tomando forma. Una masa amorfa, de un rojo brillante y húmedo, emergió como si fuera un nacimiento grotesco. Tentáculos delgados y retorcidos brotaron de la masa, agitándose con una fuerza caótica. De entre los pliegues rojizos comenzaron a abrirse orificios. Un suspiro profundo, casi humano, rompió el silencio, seguido por una respiración irregular, pesada y arrítmica. A medida que los segundos pasaban, la criatura parecía adaptarse a su nueva existencia. De algunos de sus orificios surgieron dientes largos y filosos como estacas, mientras que en otras áreas se abrían párpados viscosos que revelaban ojos de múltiples formas: pupilas redondas, felinas, rectangulares, todas observando con una inteligencia inquietante. Por un momento, la criatura pareció presa de convulsiones, como un animal que toma aire por primera vez. Su respiración se regularizó lentamente, volviéndose un ritmo profundo y constante. Los ojos dejaron de girar en sus órbitas descontroladamente y, uno por uno, todos se enfocaron en el hombre. Una tensión insoportable llenó el aire, y el hombre, inmóvil, sostuvo la mirada de aquella aberración con una mezcla de temor y desafío. —Aquí estás —murmuró, apenas audible, mientras el peso de lo que había convocado se materializaba por completo ante él. La criatura permaneció inmóvil por un instante, sus múltiples ojos cerrándose y abriéndose lentamente, como si procesara la magnitud de su situación. Entonces habló. Su voz era una mezcla de sonidos guturales y estridentes, como el chirrido de metales oxidados frotándose, pero su significado trascendía el mero lenguaje. Las palabras reverberaban en la mente del hombre como un eco ancestral, desgarrador y claro a la vez. —¿Quién osa...? —dijo la aberración, su tono oscilando entre lo agudo y lo grave, como cuchillas raspando sobre vidrio. El hombre, al principio sorprendido, casi paralizado, sintió un pinchazo en el hombro que lo devolvió al presente. Sus labios se apretaron, y tras un instante de duda, su voz surgió con firmeza. —Te he llamado para hacer un acuerdo. Un pacto, si así lo prefieres. La criatura tembló levemente. Hacía siglos, quizás milenios, que no cruzaba caminos con un humano. Este parecía estar apostando todo a una mezcla de desesperación y suerte. Los cánticos que lo habían atraído no eran específicos; ninguno pertenecía a su jerarquía ni evocaba su verdadero rango o influencia. Eran apenas un balbuceo arcaico, un llamado desordenado, como el llanto de un bebé perdido en un bosque oscuro. Pero esa misma torpeza lo había anclado aquí, y la desesperación que exudaba el hombre era casi palpable, un aroma delicioso que prometía un banquete. El hombre continuó, su voz más firme ahora: —Estarás a mi servicio. Cada fibra de tu ser, cada gota de tu espíritu, obedecerán mi voluntad. Romperás cada regla, ignorarás cualquier límite impuesto en ti hasta ahora. Yo seré tu amo absoluto. La criatura soltó un gorgoteo, un sonido húmedo que casi parecía risa, pero estaba cargado de incredulidad. Este hombre no pedía riquezas, ni poder efímero, ni siquiera influencia. Iba por todo. —Por la eternidad —añadió el hombre, con una seguridad que rozaba lo suicida. La criatura se inclinó hacia adelante, un movimiento veloz como un relámpago. En un segundo, habría terminado con él, desgarrándolo con sus múltiples extremidades. Pero algo la detuvo. El círculo de sal. Chilló, un sonido agudo y lleno de furia. Intentó salir, pero el dolor fue insoportable. Se agitó, se golpeó contra los límites del círculo, pero cada intento era como enfrentarse a un muro invisible que le quemaba hasta el alma. —¿Qué has hecho? —gruñó la criatura, su voz ahora cargada de un odio visceral. El hombre esbozó una sonrisa débil, sus labios pálidos temblando por el esfuerzo. —Nunca nadie presta demasiada atención al círculo, ¿verdad? Esa sal está bendita, sí, pero eso es lo de menos. Este no es un círculo común. Estás sobre un disco de concreto que cubre un agujero lleno de sal. Lo que ves es solo la superficie; no podrás deshacerlo fácilmente. La criatura cerró sus ojos múltiples, enfocándose en escapar. Si regresaba al éter, podría burlar al hombre más tarde, quizás en su forma espiritual. Pero nada ocurrió. Estaba atrapada. —¿Intentas irte? —continuó el hombre, tosiendo con dificultad—. Esa sangre que arrojé está mezclada con hierbas y compuestos específicos. No en cantidades que te dañen, pero sí lo suficiente para retenerte aquí. El hombre tosió de nuevo, un sonido áspero que resonó en el vacío. Su rostro se tensó por el dolor, pero sus ojos permanecieron fijos en la criatura. —Acepta mis condiciones —dijo finalmente—, o quédate aquí atrapada. Esta cámara se sellará en tres horas. Yo voy a morir cuando las bolsas de suero terminen de vaciar los narcóticos en mi cuerpo. Ya estoy desahuciado, y no pienso prolongar mi sufrimiento. La criatura permaneció inmóvil, procesando sus palabras. Este humano, este ser insignificante y perecedero, lo había reducido a nada. Si rechazaba la oferta, quedaría aquí por milenios, incapaz de regresar al abismo, condenado a ser una burla para sus semejantes. Finalmente, con una voz profunda que resonó como un trueno apagado, la criatura habló: —De acuerdo. El hombre esbozó una sonrisa amarga. Había vencido, al menos por ahora. La criatura, aunque libre bajo sus términos, aún representaba un riesgo. Pero eso no importaba. Había logrado lo imposible.

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