jueves, 26 de diciembre de 2024

60 millones

El consultorio estaba cargado de un silencio tenso cuando observé al oso frente a mí. Su mera presencia me revolvía el estómago, pero la ley era clara: debía atenderlo. —Señor Oso —dije, ajustándome los lentes con un aire de profesionalismo—, revisé sus resultados. Su "condición" sigue siendo problemática. Él asintió, nervioso, como esperando alguna señal de esperanza. Pero yo no tenía intención de dársela. —No hay cura para lo suyo. Es terminal. Una enfermedad que, tarde o temprano, lo hará sucumbir. Y cuando eso pase —lo miré directamente a los ojos—, el mundo no será indulgente. Algo o alguien se encargará de usted antes de que siquiera lo note. El oso tragó saliva, sus garras temblorosas descansando en su regazo. Deslicé la receta hacia él, sin molestarme en ocultar mi desdén. —Esto es lo único que haré por usted. La ley me obliga, pero no espere más. Ahora salga y pague su consulta. Tomé el comunicador en cuanto él salió del consultorio. —Dafne, ven, por favor. Cobra al señor Oso su consulta completa y asegúrate de incluir el suplemento para casos terminales —dije con un tono neutro, aunque cargado de cinismo. —Claro, doctor, ahora mismo voy —respondió la cervatilla, siempre profesional. Antes de cortar, solté la broma que bullía en mi mente. —Ah, y no te preocupes, Dafne. Aunque tienes unas encantadoras posaderas, su condición asegura que no le provocarán ni un escalofrío. Algo bueno tenía que tener ser un caso perdido, ¿no crees? Hubo un breve silencio antes de su respuesta, tensa pero contenida. —Entendido, doctor. Corté la comunicación con una risilla y me recosté en la silla, satisfecho. Sin embargo, sabía que Dafne se sentiría obligada a intentar suavizar las cosas. En la recepción, la cervatilla forzó una sonrisa mientras atendía al oso. —Disculpe cualquier incomodidad, señor Oso. Espero que el doctor no haya sido… demasiado brusco —dijo, inclinándose un poco hacia él, ajustándose el escote de forma sutil. El oso, envuelto en su propia humillación, apenas levantó la mirada. Tomó el recibo sin una palabra y salió lentamente del consultorio. Dafne lo observó irse, sintiéndose extrañamente vacía. Bajó la mirada hacia su propio cuerpo, sus manos ajustando instintivamente su blusa. —Ni siquiera tendrían… ¿vello púbico? —susurró para sí misma, confundida. Sus dedos rozaron sus senos mientras pensaba en lo absurdas que eran las preferencias de alguien como él. —No serían demasiado diferentes unas de otras, tan planas, tan… sin forma —continuó, mirando sus curvas con cierta incredulidad. Dio un pequeño apretón a sus pechos y murmuró: —¿Y luego están estas? ¿Cómo puedes resistirte conscientemente a algo así? Sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos mientras regresaba a su escritorio. Pero mientras se sentaba, el eco de las palabras del doctor resonó en su mente. —El mundo no será indulgente… Por primera vez, sintió una mezcla de lástima y desasosiego por el oso, y un leve pesar por haber creído que podía cambiar algo con un simple gesto.

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