domingo, 29 de diciembre de 2024
Pelirroja enl lapland 2
### **La niña pelirroja y lapland
La **niña pelirroja de brazos biónicos** llegó lapland con un estruendoso **splash**, salpicando nieve al aterrizar. Su localizador marcaba un punto claro y fuerte, pero frente a ella solo se extendía un **páramo helado y desolado**. El viento azotaba su rostro mientras observaba el horizonte.
*"El punto está aquí..."* murmuró, ajustando sus ojos biónicos. Cambió de espectro a espectro: infrarrojo, térmico, ultravioleta, pero no detectó nada. La tormenta se intensificaba, obligándola a cerrar los ojos por un momento mientras reflexionaba:
*"¿Cómo esconderías una fortaleza en lapland Norte para que nadie la encuentre?"*
Un **ruido sordo** interrumpió sus pensamientos. Siguiendo su instinto, su brazo biónico se transformó en un taladro y comenzó a perforar la nieve. Después de descender unos **diez metros**, un *clank* metálico resonó. Tocó la estructura con su mano, generando una lectura de resonancia. Los datos revelaron una **estructura masiva** debajo del hielo, junto con la ubicación de una posible entrada.
Excavó con rapidez hasta encontrar una rendija lo suficientemente grande para entrar. Al deslizarse por el túnel, un **aroma dulce y cálido** la envolvió, contrastando con el gélido exterior. Siguió avanzando hasta llegar a un espacio iluminado: eran **vestidores**. Allí, algunas **elfitas** se cambiaban, sus pequeñas proporciones humanas destacaban junto a sus orejas puntiagudas. Unas tenían una capa de vello fino y brillante, otras lo mantenían cuidadosamente recortado.
La pelirroja esperó pacientemente hasta que se marcharon. Entró a los vestidores y comenzó a buscar algo para cubrirse. Encontró ropa de duende, pero estaba **sucia y empapada de sudor y caramelo**. A pesar de su disgusto, notó que incluso las prendas interiores tenían un **dulce aroma a galletas y chocolate**. Con resignación, se vistió y salió, cubriendo sus orejas con su cabello.
Con su localizador en mano, se dirigió al **almacén principal**. Al entrar, quedó atónita: el lugar era del tamaño de **tres hangares**, repleto de **dulces, juguetes, árboles y adornos navideños**. Cientos de duendes trabajaban en perfecta sincronía, ensamblando, armando, cosiendo y decorando, moviéndose con una **agilidad y precisión sobrehumana**.
Entre el tumulto, la pelirroja identificó a la **duendecilla del localizador**. Esta cargaba cajas de regalo, completamente ajena a la presencia de la niña. La pelirroja se acercó silenciosamente y la llevó tras un montón de cajas para obtener privacidad.
*"Te encontré,"* dijo con determinación.
La duendecilla, sorprendida, la miró con ojos grandes y curiosos. Antes de que pudiera reaccionar, la pelirroja agregó:
*"¿Cómo funciona todo esto? ¿Dónde está Santa?"*
La duendecilla agitó sus cascabeles, haciendo gestos rápidos. La niña comprendió:
*"Oh... eres muda."*
La duendecilla asintió emocionada y sacó una tarjeta con su nombre: **Qiqik**.
*"¡Qué bonito nombre!"* dijo la pelirroja, acariciando la cabeza de la pequeña elfa. Qiqik reaccionó con alegría, saltando y dando suaves palmaditas.
*"¿Sabes dónde está Santa?"* preguntó. La duendecilla sonrió ampliamente y señaló un **balcón en la distancia**.
*"Gracias,"* dijo la niña, dirigiéndose hacia allí.
Esquivó duendes, cajas y regalos con una destreza casi olímpica. Sabía que un solo tropiezo podría delatarla. Al llegar al balcón, subió unas escaleras que conducían a un **gran despacho**, lleno de **cartas y servidores interconectados**. Avanzó hacia una **oficina decorada como una acogedora casa navideña**: con una chimenea encendida, hornos de cobre relucientes y un majestuoso árbol de Navidad adornado con cascabeles dorados.
Frente a la chimenea, sentado en un sillón forrado en terciopelo rojo, estaba el mismísimo **San Nicolás**, revisando una lista interminable. La niña pelirroja respiró hondo. Había encontrado el corazón e lapland.
La niña pelirroja de brazos biónicos se encontraba frente al mismísimo Santa Claus. El hombre, una figura imponente, medía al menos dos metros y medio. Su cuerpo era musculoso pero compacto, emanando una presencia tan sólida como las montañas que rodeaban Lapland. Su barba blanca, espesa y perfectamente cuidada, caía sobre un abrigo rojo bordado con runas doradas que brillaban débilmente bajo la tenue luz del lugar. Sus ojos, profundos como un cielo invernal, observaban a la niña con una mezcla de curiosidad y gravedad.
Se levantó de su enorme sillón, tallado en madera de pino ártico con detalles intrincados de renos y copos de nieve. Con pasos firmes, cruzó la habitación, cada movimiento resonando en el suelo de piedra como si el peso del mundo lo acompañara.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó, su voz resonando como un trueno en un día tranquilo.
—Seguí a una duendecilla muda —respondió la niña, su voz afilada como un cristal quebrado, sin apartar la mirada.
Santa alzó una ceja, intrigado, mientras una leve sonrisa se asomaba en su rostro. —Ah, Qiqik. Ella siempre ha sido curiosa con el mundo humano. Es joven aún, y su espíritu la lleva a lugares que no debería explorar. Aun así, me sorprende que hayas podido seguirle el paso. No cualquiera llega hasta Lapland.
—Sep —murmuró la niña, cruzando los brazos biónicos que reflejaban la luz como un espejo helado.
Santa inclinó la cabeza ligeramente, su mirada se volvió más intensa. —Muy bien. Ya que estás aquí, imagino que vienes a preguntarme por qué no te he concedido lo que llevas pidiéndome en los últimos 35 años.
La niña mantuvo la mirada fija, sus ojos fríos como el hielo. —Vaya… así que de verdad eres Santa.
Él dejó escapar una risa baja y grave que llenó la sala. —Lo soy. Pero vayamos al grano. Lo que me has pedido puede hacerse, no lo voy a negar. Sin embargo, ¿entiendes el peligro que eso implica? Cada monstruo, cada espanto, cada cosa que has enfrentado desde entonces vendría por ti. Y estarías completamente indefensa.
—¿Y la magia de Santa no podría protegerme? —replicó la niña, alzando una ceja con tono desafiante.
Santa asintió lentamente, sus dedos acariciando la punta de su barba. —Sí, supongo que si usara apenas un uno por ciento de mi poder, podría crear una barrera de nulidad. Todo aquello que te ataque se convertiría en polvo de menta, inofensivo…
—Pero… —interrumpió la niña, adelantándose a sus palabras.
—Pero… —repitió Santa con un tono más grave—, ¿crees que sería justo para todos aquellos a los que decidirías no salvar? ¿Dejarías que los espantos vagaran libres mientras tú vivieras protegida?
Una punzada de culpa atravesó el pecho de la niña, tan afilada que casi la obligó a encorvarse.
—Aun así, no es justo —murmuró con un hilo de voz, apretando los dientes—. Yo quiero una vida normal. Tal vez necesite unos padres adoptivos, pero…
Santa la interrumpió con un gesto lento de su mano. —Tu vida normal terminó aquella noche de diciembre de 1988.
—No te atrevas… —exclamó la niña con furia, olvidándose por un instante de quién tenía delante.
Se corrigió rápidamente, bajando la mirada. —Lo siento.
Santa suspiró profundamente, como si llevara el peso de mil inviernos en su pecho. —Muy bien, iré al punto. En el momento en que aceptaste someterte a ese procedimiento, dejaste atrás toda normalidad.
La niña apretó los puños. —¿Y qué esperabas que hiciera? —gritó, con los ojos encendidos de rabia—. ¡Era una niña inocente, estaba quemada, y no iba a…!
—Eso no lo sabes —interrumpió Santa, su tono severo pero controlado.
—¡Oh, vamos! —replicó ella con frustración—. ¡Sabes tan bien como yo los registros médicos! Te envié todo.
Santa asintió con una seriedad solemne. —Sí, vi tu cuerpo desnudo y quemado en esos registros. Vi cómo estabas al borde de la muerte. Pero superaste eso. Mírate ahora: eres un millón de veces más de lo que podrías haber sido.
—¿Ah, sí? —respondió la niña con sarcasmo mientras extendía ambos brazos biónicos. El metal brillante, frío e inhumano, se reflejaba como un eco de su ira—. ¿Esto es lo que soy?
Santa la miró fijamente. —El procedimiento no fue perfecto. Lo sé.
La niña bajó la cabeza, su voz temblando entre el dolor y la rabia. —Ni siquiera puedo sentirme a mí misma. Lo que siento es precisión, sí, pero… no es igual.
Santa avanzó un paso hacia ella. —Lo sé.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Santa la envolvió en un abrazo cálido. La niña, rígida al principio, se resistió, pero pronto sus barreras cayeron. Lágrimas silenciosas comenzaron a rodar por sus mejillas, y sollozó como una niña pequeña mientras el hombre que era símbolo de esperanza para millones sostenía su dolor en silencio, sin juicios, solo compasión.
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