domingo, 22 de diciembre de 2024

Lolineitor

Era una tarde vibrante en el Giganto Mall. Las familias paseaban entre risas, disfrutando de las atracciones y las ofertas. Entre el bullicio, nadie sospechaba lo que estaba a punto de suceder. En un baño fuera de servicio, un zumbido eléctrico rompió la calma. Unas chispas danzaron en el aire, convergiendo en una brillante esfera de plasma. Esta creció rápidamente, desintegrando parte del inodoro con un destello cegador. Un olor metálico inundó el espacio. La puerta del baño se abrió lentamente, revelando a una niña de unos 12 años. Su cabello rubio platino caía en mechones lisos sobre su piel pálida, perfecta como la porcelana. Estaba completamente desnuda, con una expresión imperturbable y fría que contrastaba con el caos tras de sí. En el espejo, un grupo de niñas retocaba sus labios con brillos cuando la recién llegada apareció. Sus risas se congelaron en sus gargantas al verla. Una de ellas dejó caer su maquillaje. La niña rubia las ignoró por completo. Sus ojos, que emitían un tenue resplandor rojizo, escaneaban el entorno con precisión mecánica. En su visión, múltiples datos se desplegaban, identificando estructuras, objetivos y rutas óptimas. Fijó su atención en una tienda cercana, donde prendas destacaban como prioridad. Entró con determinación, tomando ropa interior, un vestido rosa, una chaqueta azul pastel y unos tenis rojos. Sin importarle la presencia de empleados o clientes, se vistió ahí mismo. Cuando se dirigía a la salida, una dependienta intentó detenerla. —Cariño, tienes que pagar eso —dijo con una sonrisa tensa. La niña rubia la miró con indiferencia, sin detenerse. La mujer, sorprendida, retrocedió un paso, pero luego llamó al guardia. —¡Hey! ¡Esa niña no ha pagado nada! El guardia, un hombre fornido de uniforme azul, interceptó rápidamente a la niña, sujetándola por el brazo. —Escucha, pequeña, no puedes llevarte esto sin pagar... No terminó la frase. La niña levantó la vista, y sus ojos brillaron con un fulgor intenso. En un movimiento rápido y preciso, torció su brazo para zafarse y lo empujó con una fuerza anormal. El guardia salió despedido hacia un mostrador, derribando un exhibidor de ropa. Los presentes observaron, atónitos, mientras ella continuaba caminando con calma. Frente a una vitrina, vio unos lentes de sol con forma de corazón. Los tomó y se los puso con un gesto casi teatral antes de salir del lugar. Mientras caminaba por el centro comercial, su visión escaneaba cada rostro, cada movimiento. Los datos fluían en su mente como un torrente organizado. Sin embargo, ninguno coincidía con su objetivo... hasta que la vio. A pocos metros, una niña pelirroja, con cabello rizado y brazos biónicos de diseño elegante, sostenía una malteada de vainilla. La rubia se detuvo, fijando su mirada en ella. Un torrente de información inundó su visión: **"Objetivo probable identificado. Analizando..."** La pelirroja, aparentemente distraída, sintió un leve zumbido en su cabeza. Alzó la vista, y sus ojos biónicos se encontraron con los de la rubia. Un frío análisis recorrió su mente al instante. **"Identificación: Lolicorp Sistemas Electrónicos. Serie Z-001. Estado: Activo. Nivel de amenaza: Crítico."** Dejó el vaso en una mesa cercana y adoptó una postura defensiva. Sus brazos biónicos emitieron un suave zumbido mientras placas de defensa se desplegaban. La rubia avanzó con pasos calculados, los lentes de corazón reflejando las luces brillantes del mall. La tensión era palpable, como si el aire hubiera cobrado peso. —¿Qué quieres? —preguntó la pelirroja con voz firme, aunque en su interior estaba alerta y lista para actuar. La rubia se detuvo a unos metros, inclinó la cabeza ligeramente y, con un tono monótono, respondió: —Tú. El silencio se hizo absoluto en ese instante, como si el mundo contuviera la respiración. A su alrededor, las familias seguían comprando, ajenas al enfrentamiento inminente que estaba a punto de estallar en el corazón del Giganto Mall. Los ojos de la pelirroja brillaron intensamente, mientras los de la rubia proyectaban datos a un ritmo frenético. La primera movió sus brazos biónicos, lista para defenderse; la segunda calculó con precisión milimétrica su primer movimiento. La batalla estaba a punto de comenzar, una lucha silenciosa entre inteligencia, tecnología y poder. Ambas niñas se observaron en silencio, evaluándose con precisión casi quirúrgica. La tensión era tan densa que parecía resonar en el aire. Finalmente, la niña rubia rompió el silencio con voz fría y monótona: —¿Rominova Kalashnikoff? La niña pelirroja reaccionó al escuchar ese nombre, su rostro revelando una mezcla de sorpresa y alerta. Dio un paso atrás, con los ojos biónicos brillando. —Shhh... Ya no uso ese nombre. ¿Quién o qué eres? La rubia esbozó una sonrisa sutil, pero en sus ojos no había rastro de emoción. Era una expresión calculada, vacía, que solo aumentó la inquietud de la pelirroja. Sin mediar palabra, la rubia se lanzó hacia adelante con una velocidad y fuerza que desafiaban toda lógica. Cada paso resonaba con un sonido pesado y metálico, como si un gigante estuviera corriendo por el centro comercial. La pelirroja apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el puño de la rubia se dirigiera hacia su rostro. Con un movimiento rápido, atrapó el golpe, sintiendo la densidad y el peso que había detrás. —¿De qué demonios estás hecha...? —murmuró la pelirroja, con esfuerzo. La rubia intentó atraparla por el pecho, pero la pelirroja bloqueó el movimiento. Ambas quedaron en un forcejeo, sus manos firmemente entrelazadas mientras sus cuerpos tensos parecían inmóviles. El suelo bajo ellas comenzó a agrietarse, incapaz de soportar la presión de su fuerza combinada. Sus miradas se mantuvieron fijas, cargadas de intensidad. Ninguna cedía, pero la pelirroja sabía que debía romper el empate. Con un movimiento ágil, levantó su pierna derecha y lanzó una patada directa a la entrepierna de la rubia. Un **"clang"** metálico resonó en el centro comercial, apagando por un instante todo sonido ambiental. La rubia bajó la mirada hacia el punto de impacto, como si analizara lo ocurrido, y luego volvió a alzarla con fría indiferencia hacia la pelirroja. Sin previo aviso, la rubia contraatacó con un potente golpe en el abdomen, proyectando a la pelirroja hacia un puesto de nachos y palomitas. El impacto fue brutal; el mostrador se derrumbó bajo el peso de la pelirroja, mientras una nube de polvo, palomitas y salsa de queso volaba por los aires. La rubia, con una calma casi inquietante, miró su ropa interior y notó un delgado hilillo de sangre que apenas se extendía. Nada grave. Sin prestar mayor atención, comenzó a caminar hacia el local de nachos. La gente, que había estado observando la escena en un aterrador silencio, finalmente reaccionó. Los gritos se desataron, y una estampida se formó mientras los clientes corrían despavoridos hacia las salidas. En cuestión de segundos, el Giganto Mall quedó en un silencio casi sepulcral. Solo los pasos metálicos y calculados de la niña rubia resonaban en la inmensidad vacía del lugar. Los ojos violeta de la niña pelirroja resplandecieron con intensidad, cargados de rabia y determinación. Se levantó con esfuerzo, cubierta de nachos, palomitas, jalapeños y queso que goteaban por su ropa y hasta sus muslos. Un mechón de cabello rojizo estaba pegado a su frente, empapado en salsa. —Zorra Lolineitor... —murmuró entre dientes, mientras escaneaba rápidamente los alrededores. El mall estaba vacío de civiles. Los ecos de pasos apresurados y gritos se habían desvanecido, dejando solo la música ambiental que continuaba sonando, indiferente al caos. Cada nota ligera y melódica contrastaba brutalmente con la tensión palpable en el aire. La pelirroja activó su sistema de análisis una vez más, sus ojos violeta emitiendo un destello frío mientras procesaban los datos de la rubia. Los resultados la hicieron detenerse por un breve segundo. Allí, en la profundidad de sus lecturas, descubrió algo aterrador: bajo la fachada de niña inocente, la rubia ocultaba un arsenal de armas avanzadas, entre ellas un sistema de compartimentos de metal líquido capaces de transformar su cuerpo en una máquina de guerra letal. —No puede ser... —susurró, con un escalofrío recorriendo su espalda. Pero no tuvo tiempo para vacilar. Con un grito de rabia, corrió hacia la rubia, desplegando dos pistones que se extendieron con un sonido mecánico desde sus antebrazos. Los cilindros metálicos brillaban con energía acumulada, listos para descargar toda su fuerza. Cada paso de la pelirroja hacía vibrar el suelo. Al llegar a la rubia, comenzó a golpear con precisión devastadora. Su primer impacto resonó como un martillazo, haciendo retroceder ligeramente a la rubia, que intentó bloquear con sus brazos. Los golpes siguientes fueron implacables: uno tras otro, cada impacto retumbaba como un tambor metálico. La rubia mantenía la compostura, pero las grietas en el suelo bajo ellas evidenciaban la fuerza colosal del forcejeo. Con cada golpe recibido, su cuerpo se tambaleaba ligeramente, aunque su expresión permanecía inmutable. Finalmente, un impacto directo en el pecho la hizo caer de rodillas, dejando un sonido metálico que reverberó por todo el centro comercial. La pelirroja, jadeando, no bajó la guardia. Se preparó para un nuevo ataque, pero la rubia levantó la cabeza con lentitud, escupiendo un delgado hilo de sangre por la comisura de sus labios. Luego se puso de pie, como si nada hubiera pasado, con una calma que resultaba casi inhumana. Con movimientos fluidos y precisos, extendió sus brazos hacia atrás. Dos antenas delgadas emergieron de sus palmas, zumbando con una frecuencia eléctrica que parecía hacer vibrar el aire. En un instante, las antenas se conectaron, formando una pistola de riel electromagnética que brillaba con un resplandor azul intenso. —¡No! —gritó la pelirroja al ver la carga de energía. Antes de que pudiera reaccionar, la rubia disparó. La ráfaga de energía atravesó el brazo derecho de la pelirroja como una lanza ardiente, enviando chispas y fragmentos de metal volando por el aire. El linóleo bajo ellas quedó marcado con un surco oscuro, humeante por el calor del disparo. La pelirroja cayó al suelo, soltando un grito desgarrador mientras la ausencia de su brazo derecho le provocaba un dolor insoportable. Su sistema interno intentaba compensar, pero la pérdida era evidente. —¡Maldita sea! —maldijo entre sollozos y respiraciones entrecortadas. La rubia, ahora con su arma retraída y sus manos de vuelta a la normalidad, avanzó con pasos lentos y seguros. Su expresión permanecía impasible mientras se lanzaba hacia la pelirroja con un salto preciso. Esta vez, su puño impactó directamente en el estómago de la niña pelirroja, que salió volando como un proyectil. El impacto la hizo atravesar el escaparate de una tienda de peluches, derribando estanterías y sepultándola bajo una montaña de conejitos, ositos de felpa y unicornios de colores pastel. Trozos de vidrio roto brillaban entre los muñecos, y un hilo de sangre recorría la frente de la pelirroja. La rubia detuvo su avance justo frente al escaparate destrozado, ajustando sus lentes de sol con un gesto que irradiaba frialdad. Los conejitos de peluche caían lentamente sobre la pelirroja mientras la música ambiental continuaba sonando, una melodía alegre que parecía burlarse de la devastación a su alrededor. Sin decir una palabra, la rubia giró la cabeza ligeramente hacia un lado, como evaluando si su adversaria aún representaba una amenaza. La batalla estaba lejos de terminar. La niña pelirroja yacía aplastada bajo una montaña de peluches desbordados y fragmentos de vidrio roto. Sus sistemas internos reportaban múltiples fallas críticas, la más grave la pérdida de su brazo derecho, cuyas heridas los nanobots en su sangre comenzaban a sellar con una precisión meticulosa. Aunque la herida se cerraría, necesitaba tiempo para sanar, mientras esperaba un reemplazo. El último golpe de la niña rubia robot había sido devastador, sacudiendo todos sus sistemas internos, pero en medio del caos, los protocolos de emergencia se activaron. La energía se redirigió rápidamente hacia el brazo izquierdo, compensando la pérdida parcial. El protocolo colosal se activó, estabilizando su núcleo. Los ojos biónicos de la niña pelirroja brillaron con una intensidad cegadora, destacándose entre los peluches dispersos, como dos faros en la oscuridad. Desde afuera, la niña Terminator observaba cómo la pelirroja se levantaba. Su figura ahora era casi irreconocible, más parecida a un robot que a una niña, con una presencia mucho más amenazante que la suya. En la pantalla de análisis de su sistema, por primera vez, apareció el mensaje: "Peligro". De repente, una mano enorme la alcanzó y la estrelló contra el piso de linóleo, aplastándola con una fuerza brutal. Los golpes resonaron a través del mall: uno, dos, tres, hasta que el impacto la dejó incrustada en el suelo, su cuerpo temblando por la violencia del ataque. El sonido de los impactos retumbó por todo el centro comercial, como un eco macabro. La tienda de peluches, ahora una zona de guerra, se convirtió en el escenario de la transformación de la niña pelirroja. Su muñón derecho chisporroteaba mientras los restos de su brazo se desintegraban, reemplazados por un nuevo brazo, musculoso y robusto. La piel metálica que recubría su nuevo miembro brillaba bajo la luz artificial, y a medida que el metal se extendía, cubría su hombro y parte de su pecho, formando una estructura casi imponente. El brazo, descomunal y fuera de proporción para su pequeño cuerpo de ocho años, parecía más propio de una máquina de guerra que de una niña. La niña Terminator, derrotada pero no vencida, se levantó del suelo. Sus lentes de corazón rotos colgaban de su rostro, sangre cayendo en hilos desde su frente, y un fleco de cabello rubio caía sobre sus ojos. Sin embargo, algo había cambiado. Ahora sus ojos azules brillaban con un tenue resplandor rojo, como si algo dentro de ella se hubiera activado. Por primera vez, frunció el ceño, mostrando una expresión que parecía real, como si finalmente hubiera alcanzado una consciencia completa. Al instante, la niña Terminator corrió hacia la pelirroja, con una velocidad que parecía imparable. Su objetivo era claro: asestarle un golpe mortal. Pero, contra todo pronóstico, la pelirroja, con su único brazo ahora enorme y musculado, la atrapó en el aire antes de que pudiera llegar a su objetivo. Con una fuerza abrumadora, la pelirroja comenzó a azotar a la niña rubia contra el suelo una y otra vez, como si fuera una simple muñeca de trapo. Cada impacto retumbaba en el suelo, enviando ondas de choque a través del mall. Al caer, la niña rubia rebotó violentamente, y con un giro de su brazo, la pelirroja la volvió a impactar con toda la fuerza de su poderosísimo miembro, rompiendo sus extremidades con un crujido metálico que resonó en el aire. El brazo derecho de la niña rubia se rompió en múltiples partes, mientras sus piernas quedaban dobladas en ángulos imposibles, dejando un rastro de cables expuestos y líquido negro. De los dedos de la pelirroja, ahora gruesos e imponentes, brotaron cuatro láseres, cada uno disparado con precisión quirúrgica. Los láseres atravesaron limpiamente las extremidades rotas de la niña rubia, desintegrando sus brazos y piernas en una explosión de chispas y fragmentos metálicos. La niña rubia, ahora completamente indefensa, cayó al suelo con un ruido sordo, su cuerpo inmovilizado y fuera de control. Su rostro, una vez impasible, ahora mostraba una expresión de total vulnerabilidad. Solo podía emitir leves movimientos involuntarios, como si estuviera atrapada en un sistema que ya no respondía a sus órdenes. La pelirroja, sin prisa, se acercó a ella. Observó los restos metálicos de la niña rubia con una calma inquietante. "Veamos de dónde vienes", dijo en voz baja, y con un gesto preciso, introdujo un dedo en la oreja de la niña rubia, conectándose directamente con su sistema central. La niña rubia no reaccionó, sus ojos vacíos se fijaron en el vacío, mientras su rostro permanecía inmóvil, solo volviendo lentamente su cabeza hacia la pelirroja. Su mirada era completamente blanca, desconectada, como si ya no quedara nada dentro de ella. La pelirroja, al notar la extraña actividad en el sistema, miró alrededor y vio una compañía observando, desde la distancia, como si esperaran un rendimiento o una evaluación. Parecía claro que estos individuos deseaban probar su prototipo, y que, si la niña rubia recibía un ataque directo, no habría consecuencias inmediatas para ellos. "Otra empresa oculta", pensó la pelirroja, comprendiendo la situación con rapidez. Mientras tanto, los protocolos de emergencia de la niña rubia se activaron. Los compartimentos de metal líquido dentro de su cuerpo se abrieron automáticamente, reparando de inmediato los sistemas dañados. Los hilos de metal líquido, brillantes y flexibles, comenzaron a desplazarse por sus extremidades rotas, conectando las piezas dislocadas y formando una red de reparación. Los sistemas internos se reiniciaron, enviando impulsos eléctricos por sus circuitos, mientras la estructura metálica comenzaba a fusionarse nuevamente. En un parpadeo, la niña rubia se recuperó parcialmente. Con un golpe violento, apartó a la pelirroja de encima de ella, su exterior abollado pero funcional. El metal líquido reparaba los daños, y ahora, aunque su aspecto estaba dañado, la niña rubia estaba lista para atacar de nuevo. Su cuerpo, aunque golpeado, estaba preparado para seguir la lucha, con una furia renovada y un sistema listo para defenderse.

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